La desigualdad y el COVID-19: Combinación mortal

Esa frase de que la pandemia del COVID-19 ha golpeado a todos por igual, sin importar clases sociales, nivel de ingresos, o el sector donde vives, no es tan cierto. La CEPAL asegura que esta  pandemia está impactando a través de factores externos e internos a los países de la región y será la peor contracción de la actividad económica que la región haya sufrido desde que se tiene registro, en el año 1900. Sin embargo, y a pesar de lo dura que es esta realidad, la crisis durante la pandemia y post-pandemia está golpeando de forma diferente.

A nivel de los países, si bien es cierto que la CEPAL ha afirmado que la contracción del Producto Interno Bruto de Latinoamérica será de un -5,3%, esta afectará menos a países como Paraguay (-1,5%), Colombia (-2,6%) o Bolivia (-3%), frente a otros como Venezuela (-18%), Argentina (-6,5%) o Ecuador (-6,5%). Como vemos, la desigualdad se empieza a observar en las cifras nacionales, pero es tristemente necesario hacer un “zoom” a estas desigualdades.

Este tipo de efectos económicos diferenciados a nivel de países en realidad disfrazan lo que está sucediendo a nivel de las ciudades, los barrios y las familias de cada una de las naciones latinoamericanas. El hashtag #Quédateencasa que se comenzó a popularizar en nuestros países en el mes de marzo y que acompañó de forma paralela a las medidas formales de confinamiento y de distanciamiento social, si bien ha sido pensado desde un inicio por parte de los gobiernos como la más importante acción en la lucha contra el COVID-19 y los miles de víctimas que ha generado a su paso, también ha sido un factor de profundización de las brecha pre-existentes entre los que, por ejemplo, viven en la comodidad de su vivienda dotada de todos los servicios básicos, que tienen más de una tarjeta de crédito con la cual comprar alimentos a domicilio, un trabajo estable y bien remunerado, frente al más del 50% de las familias latinoamericanas que viven muy probablemente en una sola habitación, sin un trabajo estable y con la imperiosa necesidad de salir a buscarse el diario, porque “si no trabaja, no come”.

Sumada a esta desigualdad medida por ingresos, está la que se ve definida por factores étnicos. Por ejemplo, en una de las ciudades más golpeadas del país latinoamericano con más casos de contagios por COVID-19, Sao Paulo, mientras el 30% de los contagiados se trata de personas afrodescendientes, el 70% de los fallecidos a causa del COVID-19 pertenecen a este grupo étnico; las cuentas no cuadran, debería ser proporcional el número de decesos con el número de infectados, pero una vez más se puede observar que la desigualdad étnica, que también se está presentando con los grupo indígenas de la Amazonía en varios países, es evidente.

Otro factor de desigualdad es la brecha centro-periferia y urbano-rural. Se ha venido diciendo que el COVID-19 es una enfermedad de las ciudades, y más específicamente de las grandes ciudades. Los primeros contagios registrados e inicios de marzo en la región se presentaron justamente en nuestras grandes ciudades, y de forma más acentuados en personas de clase media alta o alta que retornaban de viajes provenientes de Europa o Estados Unidos. Tal es el caso de Guayaquil, donde Samborondón presentó al inicio un gran número de casos que luego se expandió en el resto de la ciudad, o en el sector de Providencia y Las Condes en Santiago de Chile, donde sucedió algo muy parecido. Sin embargo, con el pasar del tiempo se ha podido observar que si bien los primeros contagios se dieron en este tipo de sectores, con el pasar del tiempo el mayor número de infectados se registra en los sectores populares, donde habitan justamente las personas con mayores niveles de hacinamiento, con menos cobertura de salud y con menor calidad de vida en general. Esto también se refleja en las zonas rurales, donde si bien hay mucha menos presencia del virus, cuando entra a una de estas zonas lo hace con mucha fuerza, justamente por la precarización de las condiciones de vida de muchos de sus habitantes y la carente infraestructura, especialmente en el área de la salud.

Es por esto que se precisan acciones puntuales, no generalizadas, por parte de las autoridades, para seguir luchando contra este enemigo, que si bien es común, se está ensañando con los grupos más vulnerables de la sociedad. Las crisis redistribuyen influencia, redistribuyen poder, es por esto que se debe tratar de equilibrar el riesgo y las oportunidades, para que el efecto negativo no golpee tan fuertemente a los más desfavorecidos. Será necesario repensar nuestros contratos sociales como sociedad latinoamericana, pensar, porque no, en un contrato social regional, donde las líneas de acción en la post-pandemia sean diferenciadas y fomenten los sectores productivos comenzando con los que menos tienen.

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