La hija de Olokun

Cuenta la Oralidad del Pacífico Sur que, cuando Sara no pudo soportar tanto sofoco, se puso alerta porque pensó que le había llegado muy temprano el climaterio. Ante la displicencia continua de su marido Jacobo para tener hijos, decidió que era el momento del «ahora o nunca». Investigó en la Santería y en la mitología yoruba para ver a que Orisha se encomendaba con el fin de quedar preñada. Invocó a Yemayà la diosa del mar, representante de la fertilidad; le rezó a Olokun el Orisha del océano, ser andrógino mitad pez y mitad hombre, representante de las riquezas del lecho marino y la salud, pero, sus oraciones no fueron escuchadas.

Acudió donde los maestros vicheros y las sabias guisanderas del Pacifico Sur, para que le dieran la receta de cómo motivar a su consorte en la recarga de energías. Siguiendo sus consejos, el primer día sirvió en el desayuno una copa de arrechòn, y a la mañana siguiente suministró un vaso de tomaseca. Desesperada, el fin de semana le dio de beber una totuma de curao con pimienta negra, y tampoco el hombre se puso sabrosón. Los amigos santeros de Jacobo, creyeron que éste había invocado a Shangó, porque pasó durante esos días en una sola rumba de viche y baile, pero de aquello de la virilidad, nada. Entonces, Sara optó por cambiar el menú y cocinar con otra sazón: hoy seviche de piangua, mañana sancocho de ñato, y traspasado mañana caldo de reculambay, y vuelva y repita, pero al final, todo fue tiempo perdido.

En su soledad, con el deseo de tener un hijo, Sara fue todas las tardes a la playa a meterse al mar para calmar la ansiedad. A sus cuarenta años no tuvo pudor para nadar desnuda, y varias veces se quedó dormida soñando que un ser del océano la poseía. Fueron muchos los días que cumplió este ritual. En el puerto se regó el rumor que estaba desvariada, pero su marido no lo creyó aquel día que le contaron. Decidió él mismo averiguar el asunto, hasta que una vez la encontró con toda la hermosura de su cuerpo al aire libre, y apoderado de una calurosa pasión la convidó a hacer el amor. Para evitar chismes, se metieron desnudos al mar, y después de unos cuantos minutos de consumado el idilio, tuvieron que salir del agua porque comenzaron a picar las aguamalas y las ortigas.

A las cuatro semanas, tuvieron la feliz noticia que habían engendrado un bebé, y durante todo el tiempo del embarazo, Jacobo se dedicó a cuidar a Sara con brebajes inventados y comidas balsámicas. A los nueve meses nació la niña. Al principio todo era felicidad. Con el transcurrir de los días, notaron que la criatura tenía la cabeza grande y redondeada, cara graciosa, brazos y piernas muy corticos, en la nariz aparecían dos huequitos; las demás partes del cuerpo eran las de una niñita normal, pero no se podía parar, sino que sus movimientos los hacía acostada.

El desaliento total se presentó la primera vez que llevaron la niña al consultorio del médico Manosalva, para que diagnosticara dicha anormalidad. El médico les explicó que era una rara enfermedad llamada Focomelia, que causaba en los bebés un desarrollo deficiente de los huesos largos de las extremidades, lo que hacía que estas fueran más cortas de lo normal y, en casos extremos, que las manos, el pie o incluso los dedos surgían directamente del tronco y que era muy dada en las mujeres de la costa que tomaban el medicamento Talidomida, para soportar las náuseas en los tres primeros meses del embarazo. La madre no entendió nada de ese concepto científico, y más bien recordó que en aquel momento de éxtasis en el mar, sintió que un tizón se le introducía hasta las entrañas, como si el dios andrógino Olokun la poseía al mismo tiempo que lo hacía Jacobo. Al salir de la consulta, fueron la burla de todos, y en la algarabía les gritaron que habían engendrado una niña andrógina.

La madre, avergonzada, resolvió criar a su hija un poco alejada de los otros niños, y se conformó con verla en la playa en donde se divertía «como pez en el agua». El padre fabricó una tina de madera y la llenó con agua salada para reemplazar la cama, en donde ella pasaba la mayor parte del día, puesto que tenía dificultad para caminar, y para integrarse con los amigos de la escuela. Nadie, excepto la niña, se percató que ella sólo jugaba con los Ibeyis, los Orishas menores que la protegían de las aflicciones.

Al cumplir los diecisiete años, la joven habló con sus padres sobre la posibilidad de irse del puerto hacia una isla muy distante, en donde nadie la conociera, y poder vivir con tranquilidad el infortunio de haber sido engendrada mitad humano y mitad cetáceo. Los padres aceptaron su decisión ya que ella no tenía la culpa de haber nacido así; más bien, se echaron la responsabilidad por fornicar desnudos dentro del mar. Una mañana, zarpó en una canoa adaptada con motor fuera de borda y bastantes provisiones y gasolina para el viaje sin retorno, y… desapareció.

Durante días, los vientos impulsados por la Orisha Oyá la acompañaron hasta llegar a una isla desconocida. Con la destreza que tenía pudo armar su bohío, y disponer de los frutos tropicales para sobrevivir. Cierta noche, cayó un fuerte aguacero acompañado de vientos huracanados, sintió que por la ventana la estaban observando. Con todo el sigilo, prendió una vela, salió al exterior, y tomó por sorpresa al hombre desconocido. Asustada, pensó en correr, pero el tipo aquel era más ágil y fuerte, y de una manera amable la persuadió para que se tranquilizara, y comenzó a explicar quién era: “Soy Salvador, un marino desaparecido tres veces en los mares del mundo. Vivo al otro extremo de la isla. Llegué aquí tratando de olvidar a mi mujer Policarpa, a quien abandoné por andar embarcado. El destino me castigó con vivir solitario, después de que fui el más enamorado en todos los puertos”.

Pasado cierto tiempo, y ante el asedio despiadado a que fue sometida por Salvador, decidieron convivir como pareja. Con el devenir de los años no tuvieron hijos. Fundaron un pueblo al que llamaron «San Marino». El pueblo tuvo un progreso inusitado debido al arribo permanente de barcos del Lejano Oriente, que hacían tránsito en su ruta hacia el Pacifico Sur, y que influyeron para crear una zona libre para vender todo tipo de mercancías.

A los años, sus ancianos padres, Jacobo y Sara, decidieron ir a comprar electrodomésticos a la zona libre de «San Marino», gracias a que un pescador amigo les informó haber reconocido a su hija en ese sitio, donde ella tenía una bodega. Al encontrarse, la felicidad fue total, salvo, por la preocupación manifestada sobre su esposo Salvador, quien no había regresado desde hace un año, cuando zarpó hacia la China a comprar mercancía barata, y con el pretexto de buscar un viejo amigo llamado Singa, quien le enseñó a conocer los secretos del alma, cuando navegaron por los siete mares.

De Salvador, jamás se tuvo noticia alguna. El día que se le agotó la paciencia de tanto esperar al que nunca llegó, sin despedirse de sus familiares, la mujer se introdujo al mar. Acompañada por un cortejo de anfibios, nadó muchos kilómetros hasta llegar a la línea que delimitaba el horizonte, y ahí, en el profundo fondo marino, en donde absolutamente nadie sabe que hay, encontró las huestes del Orisha Olokun, su verdadero padre biológico, a quien acompañó en su reino para siempre.

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