La lectura es la fuente de palabras que anima la conciencia

Aníbal Arévalo Rosero

Los estudios que han hecho entidades como el Dane o el Cerlalc (Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe) sobre los índices de lectura en Colombia y su relación con otros países, se concluye que tenemos bajos niveles, y se lee más por necesidad que por placer.

Aunque las mediciones no necesariamente arrojan cifras iguales, sí se aproximan y constituyen un referente importante a la hora de establecer un diagnóstico de lectura. Según el periódico Portafolio, países de la región como Argentina, Brasil, Colombia, Chile, México y Perú, más de la mitad de los habitantes no lee. En Colombia se lee en promedio 2,9 libros al año (según medición de 2018), cifra que debe ser incrementada mediante políticas estatales e institucionales.

La importancia de la lectura radica en que es el camino para que la persona asuma su conciencia plena; sabiendo tomar decisiones por su propia convicción. La lectura es el patrimonio intangible de una nación; no vamos a decir que es un valor agregado, como se acostumbra. Al contrario, se debe considerar como la principal riqueza que puede desarrollar un país.

Es corriente escuchar la expresión “yo pienso”. ¿Usted piensa qué? Usted no piensa nada, usted repite como loro mojado. Lo que usted dice se lo escuchó a otro, porque el sistema educativo no está diseñado para otorgarnos la capacidad de discernimiento. No tenemos la capacidad de refutar lo que otros dicen, y por ello nos imponen políticas de las cuales nos vivimos quejando, pero somos los mayores responsables de que ello ocurra.

No tenemos la capacidad de decir esto me gusta, esto no me gusta. El problema está que tragamos entero. Y vivimos admirando a países como Finlandia, que han alcanzado grandes niveles educativos, logrando unificar la educación sólo en pública, es decir no hay disticiones. Para que Colombia tenga un mejor desarrollo en su potencial intelectual, debe dejar de consolarse con decir que estamos superando a países de la región con unas décimas, y mostrar que por eso se ha hecho un buen gobierno, cuando, muchas veces, las cifras están establecidas por conveniencia.

Uno de los problemas que viven las nuevas generaciones es que en el hogar no hay buenas prácticas de lectura; si sus padres no leen, los hijos no van a escoger la lectura frente a otras alternativas como la televisión, los juegos electrónicos, el celular, la tablet, o el computador, y con mayor razón si esas prácticas se refuerzan con expresiones como “a mí no me gusta leer”.

En una opinión darwiniana diría que son los ambientes los que determinan a los individuos. Si hay un ambiente que estimule a la lectura, seguramente los niños y los jóvenes se inclinaran por la lectura, de lo contrario, se convierten en unos obsecuentes esclavos de la magnificencia del bombardeo de la información, que hoy por hoy, es un gran distractor del propósito central.

Muchas personas afirman que antes de centrarse en el documento que es objeto de lectura, emplearon entre una cuarta parte y hasta la mitad del tiempo que estuvieron frente al computador, leyendo información de la cual no era su propósito, pero se sintieron halagados por lo atractivo o por la novedad.

Se debe considerar el proceso lecto-escritor como una pirámide, donde su base corresponde a la lectura. Es decir hay que leer en una amplia proporción, debemos tener información variada (este es el sustrato), debemos ser mayoritariamente lectores; en un siguiente nivel piramidal somos escritores, pero de una parte más reducida, donde confluye una mixtura de ideas y de palabras de varios autores; y en la cúspide se encuentra el pensamiento, resultado de discrepar, aceptar, asociar y reprobar (sin repetir lo que el otro dijo), siendo propositivos y proactivos.

Entonces, la lectura es nuestra fuente de palabras que anima la conciencia, es una manera de concebir el mundo. El pensamiento y el don de la palabra es una oportunidad maravillosa que abre puertas por doquier.

Comentarios

Comentarios