La marea literaria del Pacífico

Por: J. Mauricio Chaves

Cuando empecé a leer literatura en serio, hace ya muchos años, es decir con sentido crítico y de pertenencia, me asombraba cada vez más la ignorancia con que mis profesores de literatura nos trataron en el colegio. Ahí no se leía a los escritores nariñenses, Chambú era el nombre de una canción y Aurelio Arturo una lejanía que no nos correspondía. Fue gracias a mi padre que conocí a muchos escritores regionales, eran sus amigos, sus contradictores, pero se leían con la devoción que existía entre el lector y el libro, independientemente de la doctrina que se profesara.

Pero del Pacifico nariñense poco sabíamos en cuanto a literatura se refiere. Creo que las endogamias sumadas al centralismo nariñense, que se replica en regiones y sub-regiones, no permitieron que se conozca la cultura pacifica, haciendo que dentro de nuestro propio territorio creciéramos intelectualmente como extraños. Además, los escritores que nos llegaban parecían transmitir un sentir occidental europeizante más que un sentimiento literario apropiado con y desde el entorno Pacifico; era más de añoranza antes que un encantamiento, lo que poco a poco fuimos descubriendo cuando nos adentramos por guandales, ríos y esteros.

Cuando viví en el Pacifico, comprendí que yo era también parte de él. Ese mar y esos ríos me eran comunes y propios. Entendí que yo era una humanidad más en las marejadas de hombres y mujeres afrocolombianos, indígenas y mestizos que hicieron suyo ese territorio. Poco a poco fui comprendiendo mi ánimo lleno de pujas y mareas, porque allá uno no se mueve sin saber cómo está el agua, es ella quien ordena la vida de los habitantes, a ella nos debemos, y la palabra se vuelca desde el potrillo, avanzando y dando curso con los improvisados remos de la impaciencia.

Gracias a la iniciativa de algunos escritores, surge una marea literaria en y desde el Pacífico. Moro Manzi, Medardo Arias Satizabal, Fabio Martínez, Oscar Seidel Morales y William Vega Fernández, entre otros, fueron convocados ante el llamado generoso que hicieron Jefferson Sánchez Cifuentes y José Carabalí. Fue así como del 13 al 15 de abril de 2018 se reúnen en la hermosa ciudad de Tumaco para iniciar la primera marea literaria. La Cámara de Comercio y el Hotel Villa del Sol fueron el escenario desde donde arrancó este flujo académico, donde se habló de la literatura Pacifica, de los ritmos salseros, de la memoria histórica que es necesaria rescatar, sin olvidar esa África que es mucho más que una añoranza, es una saudade que evocan los herederos de sus hijos traspuestos a esta parte del planeta.

En el Pacifico nariñense habitan cientos de cultores de las letras y las artes, quizá la mayoría evocan la herencia africo-hispánica de la literoralidad, tan presente también en los pueblos indígenas originarios, pero manifiesta de diferentes maneras: la primera más festiva y algo trágica, la segunda más introvertida y con algo de aflicción, los une la tragedia de el acabose y la persecución, de la huida y la esclavitud. La oralidad siempre manifiesta, siempre actuante ante cualquier escenario, la décima cimarrona que pervive desde hace ya casi cinco siglos en el territorio y que nos sigue asombrando por la capacidad de composición repentista y que se han llamado tanto la atención, a fines del siglo XIX Rufino Gutiérrez recoge, entre muchas otras, estas estrofas:

Una vej perí pojada;

Me la rieron muy ligero,

Pocque jiempre e joratero

De rormí tiene en la sala.

Tuavía yo no pejtañaba,

Porque jiempre me presino

Róbame en la pejtañaa

Una vela re la altá.

Yo, pues, era hombre daniño,

Yo, que la taba encendiendo,

Je alevanta e rueño e casa:

Amigo, que que ta hajiendo:

Hora verá lo que pasa.

Yo me taba perjuadiendo

Que me rejía si so vo

Que te robá tan veló

La vela del Redentó.

Hoy en el Pacífico están, entre muchos otros más, Carlos Rodríguez “El Diablo”, Telmo Angulo Caicedo “El decimero menor”, Santiago Silva “Moncho el poeta de La Tola”, quienes recogen y mantienen esta hermosa tradicional de la literoralidad. Han tomado el testigo de cientos de liter-orales que han forjado un sentimiento y una razón desde lógicas diferentes, a las de la sierra, por citar un ejemplo; aquí lo oral es consustancial a la cultura, es la antesala que se vuelve recinto importante donde habita la palabra, que se vuelca también en escritura. Katherine Quiñones vuelve a la vida a la Tunda del Telembí, sus letras rastrean la historia de su pueblo en arrullos y alabaos. Félix Domingo Cabezas recrea la historia del sincretismo hispánico, afro e indígena. Jenny Tenorio hace de sus palabras denuncia de olvido y renueva la esperanza en una tierra que no es sólo dolencias. En la Guayacana está el poeta campesino Carlos Palma, quien con su palabra sublima la estancia que lo cobija, su palabra se vuelca sobre la mirada encendida de un territorio transido de belleza y de dolor, pero que se funda en la esperanza de mejores días vividos y por vivir.

La Marea Literaria, como su nombre, es inclusiva, ahí todos tienen cabida para vencer el garete de las individualidades. Sus palabra recogen lo heredado por Payán Archer, Faustino Arias, Vicente Paz, Piedad Ayora de Quiñones, Helena Jiménez, Leonor Medina, Leonor Gutiérrez y muchos otros más que han hecho de sus vidas un escenario donde la palabra cobra fuerza sustancial para decir lo que son, forjados en un pasado común y en un futuro que buscamos sea lo menos incierto posible.

Por ello la Marea Literaria del Pacifico es mucho más grande, incontables son los gestores y creadores de palabras que se vierten por ríos, esteros, mares y playas; los bosques de guandales están cargados de esas voces que cantaron y anunciaron nuestros ancestros originarios y llegados de otras latitudes. Sin embargo, es muy triste encontrar que los cánones literarios oficiales no recogen esas voces. Muchas están invisibilizadas, tras del espejo, como en Alicia que debe recurrir al mundo onírico para forjar un ser ahí, un lugar donde las lógicas se revierten y las complejidades son otras. Esa es en general la historia del Pacifico colombiano, hemos sido blanqueados bajo los preceptos de la razón occidental, desconociendo de tajo nuestro verdadero Dasein.

Es fundamental reconocer el importante trabajo que hace la Marea Literaria del Pacífico, que hace parte de la Fundación de Escritores del Pacífico Colombiano –Fuespacol-, cuyos frutos ya están en las estanterías de las librerías del país; pero aún más, esa marea que están forjando Jefferson Sánchez Cifuentes y José Carabalí junto a otro sinnúmero importante de escritores, llega como una oleada fresca a una realidad que requiere de la palabra para anunciar y denunciar; la violencia que siempre ha estado presente y que se recrudece cada tanto, debe ser ahuyentada con los ecos vivos de los escritores y narradores que hacen de la palabra su arma más eficaz.

Este año se tiene programado un segundo encuentro, sin embargo al andamiaje administrativo público poco o nada le importan ahora sus escritores. Ya el amauta no tiene la preponderancia de antes, quizá conviene más la enfermedad de la desmemoria, como en Macondo, para olvidar el peso de la historia. Nos hemos enterado que la Alcaldía de Tumaco, quien había prometido unos recursos para este encuentro, los ha negado. Y no se los niega a sus gestores, no se los niega al grupo de escritores que hoy conforma la Marea Literaria del Pacífico, se los está negando al conglomerado social que busca dejar registro de su existencia, se los está negando a los jóvenes que encuentran en la palabra un solaz para sus existencias, se los está negando a las mujeres que evocan voces milenarias mientras cocinan y conchean, se lo está negando al Pacifico nariñense y con ello a todo Colombia, a toda la humanidad.

Desde esta página desde donde escribo, me sumo a Ustedes apreciados amigos de la Marea Literaria del Pacífico, me uno a ese grupo de voceadores que trata de mostrar lo que somos y lo que tenemos en nuestro territorio, me uno esperando que la Marea llegue a todos los municipios que conforman la región: Pie de monte costero, Telembí, Pacífico Sur y Sanquianga. Ahí, en cada rio o quebrada, en cada playa o guandal, en cada camino o estero, con seguridad hay una voz que busca forjar esta marea.

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