La operación pupo y otras anécdotas

Por: Aníbal Arévalo Rosero

Si bien el Carnaval de Pasto es de gran atractivo en toda su esencia, el goce del que se arropan  las familias y los grupos de amigos es muy singular. Para ello, mis queridos amigos, les voy a invitar a que viajemos en el tiempo y nos situemos en los años setenta del siglo pasado.

Los carnavales de Pasto se organizaban apenas con tres meses de anticipación por una Junta de Carnavales, que la designaba el alcalde de Pasto con gente “prestante” o que pertenezcan al ‘glorioso’ Partido Conservador o seguidores del ‘trapo rojo’, dependiendo a qué partido pertenecía el gobernante de turno. Recordemos que para aquel tiempo no se elegían ni gobernadores ni alcaldes; estos eran nombrados por el Presidente de la República de las lides conservadoras y liberales. Entonces, mis amigos, ustedes ya se imaginarán como era el tejemaneje de los carnavales de Pasto.

Los días de carnaval, en ese tiempo eran tres (4, 5 y 6 de enero). Es decir, no había tanto evento como lo hay hoy, que ya no se sabe para dónde coger. La familia Castañeda era organizada generalmente por la gente del sector rural que salía con sus corotos, yunta de bueyes y unos ‘quilicos’ caballos. El 5 de negritos y sólo negritos. El 6 desfile de murgas, comparsas y carrozas, no existían los colectivos coreográficos, ni tanta organización como hoy la tenemos, y menos pensar que pudiera tener tan altos honores de parte de la Unesco.

El verdadero disfrute sucedía en los barrios y en las casas. Desde el 28 de diciembre con las bromas y disfraces de espantos. Eso era lo bonito. Recordemos que si uno le hacía la visita a la tía y le ofrecía cafecito,  te podías llevar tremenda sorpresa de que ese café estaba con sal; o le servía unas apetitosas empanadas rellenas de algodón.

No faltaba el vecino divertido que ataba un billetico de 10 pesos con un hilo negro, lo tiraba sobre el andén mientras él se escondía, y cuando pasaba doña Berta –una vieja de esas bien rezanderas- se agachaba a recogerlo, el vecino lo halaba y ella detrás intentando detenerlo. Los muchachos y el vecino se toteaban de la risa al ver a la angurrienta señora desesperada de no poder atrapar el billete.  ¡Ah! Pero el día de inocentes echábamos mucha agua a la gente y hasta lodo en unos fangosos pozos que los muchachos hacían en las polvorientas calles del barrio Obrero o en Pandiaco.

Después del día de inocentes nos dedicábamos a recorrer las carpinterías para pedir que nos regalen aserrín para el relleno de los años viejos que se quemarían a la media noche del 31. Cosa tan bárbara para llenarles de pólvora, eso era impresionante las explosiones: nos dejaban sordos y espantaban a los perros.

Por ese tiempo empezaron a distribuir un testamento que lo entregaban durante el desfile de años viejos que le pusieron de nombre ‘El Perrero’, como inspiración de un brillante jurista, militante del Partido Comunista Colombiano: Ignacio Coral Quintero. Era una crítica sarcástica a los gobernantes de turno, era tan genial que la gente lo pedía.

De los días de mayor diversión en esta temporada festiva era el 5 de enero: desde la mañana, muy temprano, salíamos a pintar a la gente. Si bien los adultos eran moderados en el juego, entre chicos la cosa era a otro precio. Cogíamos un cosmético de color negro y lo frotábamos en las manos, y a pintar se ha dicho, lo hacíamos a dos manos. Jugar a los negros era una diversión única.

Una vez todos estaban negritos la cara, y como ya no había a quién echarle, no querían dejar una partecita sin negrearle, entonces le daban rienda suelta a untar de cosmético el cuello. Pero no contentos con esto, empezaba la extendida práctica de la ‘operación pupo’. Parece que esta la iniciaron las señoras con sus maridos, y consistía en que a alguien se la tenían que dedicar a manera de venganza, lo tumbaban en el piso y entre todos los amigos le levantaban la camisa y le untaban de cosmético la barriga. Era motivo de mucha diversión y nadie se enojaba; era divertido ver a los adultos verlos jugar como niños. Y finalmente, todo el mundo terminaba negrito, negrito, que resplandecía la sonrisa y los ojos blanquecinos.

El antiguo parque de Nariño (hoy plaza de Nariño) siempre ha sido el epicentro del disfrute de las orquestas locales e invitadas. Allí la gente llegaba de todos los barrios, y por supuesto había que buscar una buena ubicación para poder mirar las orquestas. En un costado del parque y frente a la iglesia de San juan había un árbol marchito. Las galladas de amigos que se citaban para libar licor, ya bien entonaditos y negros por todo lado, empezaban a quitarle las medias a su compañero y lanzarla a dicho árbol. Ellos le llamaban el árbol de Navidad porque quedaba plagado de medias.

El 6 de enero de esos años el desfile no tenía un recorrido definido, por lo tanto todo el mundo andaba despistado preguntando por dónde va a pasar el desfile. Había que estar desde bien temprano cuidando el puesto. Como en ese tiempo no existían las vallas de protección, las señoras ponían a los niños a delante. Pero como era difícil para la policía evitar que la gente invadiera la calzada, a los pobres policías les tocaba con los bolillos empujar a la gente hacia atrás.

Cuando el desfile se aproximaba, aparecía la caballería de la Policía, y, ante el temor de ser pisado por un caballo la gente de adelante empujaba a los de atrás y así se despejaba la vía para el paso del desfile. Pero eran tremendos agarrones con los policías. Las señoras les gritaban: “¡hola, no me vas a pisar al guagua!”.

Las carrozas no eran resultado de una selección previa, por lo tanto algunas se desbarataban en pleno recorrido. El eterno problema que ha tenido el desfile del seis, es los benditos cables. Por lo tanto, a la figura central le tenía que quitar la cabeza para que pueda pasar o llevar al gigantesco muñeco acostado. Nunca ha faltado la carroza que por falta de previsión la hicieron muy grande y no alcanza a pasar por las calles; la que no la alcanzaron a terminar, y en la concentración del desfile aún continúan montando muñecos y echando cola y pintura; y -la que nunca puede faltar en un desfile de seis de enero-, la que se varó por usar un destartalado camión e hizo que se cortara el desfile.

Eran tiempos en los cuales no se lanzaba talco en exceso, la espuma de carnaval (que sólo había de la marca carioca) era de reciente aparición, pero era muy costosa; quien la compraba echaba de a poquitos para hacerla durar todo el día. Se jugaba con serpentina, a tal punto que los cables de energía quedaban con un cúmulo de esas tirrillas de colores. Así se jugaba a los carnavales en tiempos inmemorables y se seguirá jugando al estilo de quien lo vive.

Comentarios

Comentarios