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Las confecciones en Pasto: de la abundancia a la nostalgia

Por: Aníbal Arévalo Rosero

Era el 16 de diciembre de 1973, mientras en todos los hogares se disponían a celebrar el primer día de la novena de aguinaldos, en la sastrería de don Otto Belacázar, ubicada en el barrio Obrero, no daban abasto con las confecciones contratadas para ser estrenadas el 24 y el 31. En aquel día se hacía las pruebas para ultimar detalles, pues, para la época era usual lucir en las festividades especiales vestido de paño y corbata. La acogida era tan grande que desde los meses de septiembre y octubre daban turnos, porque al que llegaba en noviembre ya no le hacían el vestido.

Época dorada

Para los años 70 el auge de la sastrería estaba en su furor. Los grandes sastres vinculaban a toda la familia y contrataban obreros y aprendices. Era una estampa típica observar las carreras 23 y 24 de la ciudad de Pasto que en su mayoría de locales comerciales eran ocupados por confeccionistas prestigiosos, quienes exhibían sus obras en rígidos maniquíes ubicados en ventanales y puertas.

Fue una época dorada para la sastrería en la ciudad. Si se trataba de bautizos, primeras comuniones, matrimonios, grados o cualquier celebración, había que pensar en el vestido de paño que se lo confeccionaba a la medida. Eran décadas en las que la elegancia se traducía en paño inglés.

Los grandes maestros

Otto Belalcázar Benavides (hijo del gran maestro de la sastrería) recuerda con gran nostalgia aquellos grandes momentos cuando los sastres se daban el “gusto” de decirles ‘no’ a los clientes. Eran los tiempos donde los padres les decían a sus hijos: “mijo, hágase sastre, que eso es bueno”.

Otto Belalcázar Benavides, narra con gran nostálgia los buenos tiempos cuando ser sastre era un privilegio.

De Otto Belalcázar (padre) aprendió el oficio su hermano Franco Belacázar, quien puso en práctica el viejo adagio que el alumno debe superar al maestro. Franco logró especializarse en México, alcanzó gran prestigio con su sastrería Arte y Lujo, y a quién los demás sastres literalmente le tenían miedo por la exigencia, era un perfeccionista.

Diploma de don Otto Belalcázar, otorgado por Polimex Schols de México, que lo acredita como sastre.

En la carrera 24 se ubicaban maestros como Luis F. Hidalgo, Luis Andrade de la sastrería Ecuador, un ecuatoriano que prácticamente llegó con una mano adelante y la otra atrás. En la carrera 23 estaba Luis Santander con la Moda al Día; también estaba Guillermo Moreno de la Moda Inglesa, ubicada en la Esquina del Movimiento (calle 18 con carrera 23).

De igual forma, es de gratas recordaciones el maestro Manuel Montenegro con su sastrería de la carrera 24, frente al Palacio Episcopal, a quien le gustaban las puntadas finas. Se recuerda asimismo los maestros Gonzalo Eraso; Luis Heladio Herrera, fundador de la sastrería Quito; Luis Molina, quien trabajaba frente a la Casa Mettler; don Alfredo Montenegro, en el barrio Obrero; Bernardo González, de la sastrería Lord; el maestro Timaran, un gran maestro. También en el barrio Obrero estaban: don Carlos Chaves con su apelativo de ‘Caballo Grande’, connotado sastre; Eduardo Villota, junto con sus hijos, un gran símbolo de la sastrería. Y cómo no recordar a Mario Enrique Miranda, locutor de profesión, voz comercial de Caracol Radio, pero de gran renombre con su sastrería Las Tres Coronas. Todos empezaron como oficiales y luego se convirtieron en grandes maestros.

Capítulo aparte se merece el señor Jorge Edgar Chaves Paz, quien desde los 20 años hasta y hasta la edad de 77, cuando se produjo su deceso en 2016, trabajó de manera incansable con la familia Belalcázar. Fue uno de los mejores sastres que tuvo Pasto; ejerció su profesión con decoro y calidad. También trabajó para la sastrería Ecuador, de Luis Andrade.

El maestro Jorge Edgar Chaves Paz trabajó con la familia Belalcázar hasta poco antes de su fallecimiento

Las mejores marcas de paños

El mercado de las confecciones de Pasto se surtía con las mejores marcas de paños ingleses como León y Campana o Morris; sólo se los conseguía en los almacenes de Manuel Montenegro y Franco Belacázar. Ellos los compraban a un importador en Bogotá, que era la sastrería Récord. También la marca London fue muy solicitada. Luego aparecieron en Colombia marcas de paños peruanos -teniendo en cuenta que el algodón más famoso del mundo es peruano-, de allá empezó a llegar el dacrón-lana, muy similar al paño. En Colombia se empezaron a crear fábricas de paños como Distrilana con La Fayette.

La llegada de las grandes marcas

El mercado local de las confecciones empieza a sentir la incursión de grandes marcas como Valher, de los hermanos Valencia de Pereira, que crearon almacenes de cadena en todo el país y con oferta de todo tipo de ropa para damas, caballeros y niños. Hoy por hoy esta empresa, después de ser la más exitosa del país está sumida en la ruina con demandas laborales y un estado de insolvencia. Sin embargo, los sastres de la ciudad –para ese tiempo- siguen siendo preferidos porque los precios del almacén de cadena eran elevados.

Otras marcas como Everfit, Jhorman, Luber, Hernando Trujillo, Arturo Calle, Carlos Nieto, Luis Uribe, Hugo Boos, Emidio Tucci, entre otros, llegaron a conquistar a los clientes de las confecciones, pero con algunas reformas laborales implementadas por el gobierno han tenido tropiezos, y algunos han salido del mercado por llegar al estado de quiebra.

Luber, líder en confecciones

Una incursión muy importante la tuvo la marca Luber, que hoy en día tiene un gran liderazgo en el país con confecciones de ropa elegante y casual. Para orgullo de los nariñenses se convierte en una de las más importantes del ramo de las confecciones, junto con otra se disputan el mercado de las grandes superficies. Adquirida en estado crisis financiera, hace algunos años, por el empresario nariñense Hernando Suárez Burgos.

En la actualidad Luber cuenta con infraestructura propia y un gran número de almacenes en las principales ciudades, ofreciendo productos de alta calidad a la altura de las más grandes del país. En su planta de producción se confeccionan prendas de vestir tanto para damas como caballeros. La marca ha trazado una trayectoria, puesto que varias generaciones se han vestido con ella a través de más de 50 años.

Del paño al jean

Para los años 60 y 70 entra en furor la contracultura, un movimiento pacifista que se oponía a la Guerra del Vietnam y que promovía ciertos cambios sociales como la liberación femenina, la promoción de los derechos humanos, el uso de la píldora anticonceptiva, entre otros. Expresiones como “prohibido prohibir” impulsan al movimiento hippie, primero en Estados Unidos y luego por toda Latinoamérica, con ellos se impone el uso de una prenda emblemática como es el jean, fabricado en índigo.

Esta prenda entra con fuerza en todos nuestros países. Inicialmente era una prenda informal, para obreros, estudiantes, pero poco a poco el jean se empieza a meter en diferentes formas de la moda: como dicen que la moda no incomoda, se combina con blazers de paño. El exalcalde de Medellín Sergio Fajardo es un ícono en el uso de estas prendas, al hacerlo de manera permanente y combinarlo con un saco de paño.

En los años 70 se alcanzaron a fabricar en Pasto prendas con tela de jean, cuando la moda era el uso de la bota ancha y el zapato de plataforma o las botas texanas del calzado Don Juan del señor José López. Para que la bota del pantalón alcanzara a cubrir completamente el zapato, la hacían de 40 centímetros; y para que alcanzara la tela le ponían un fuelle de color vistoso.

Cuando el hábito sí hace al moje

Otto Belalcázar (hijo), a su regreso de Bogotá, donde estaba radicado, regresa a Pasto con un gran ímpetu y monta Play Boy, la mejor Boutique de los años 70; a su vez fue contratado por los artistas para hacer sus uniformes. Memo Suárez tenía por aquel tiempo su orquesta Los Ángeles, a quienes les confecciono unas impactantes ‘pintas’ en azul fuerte; eso le sirvió de modelo para las demás orquestas, como la Unidad Seis, Los Betters, Alma Nariñense, Trio Los Románticos. En alguna oportunidad vino Eduardo ‘Lalo’ Maya de Aruba, y contrató cuatro esmoquin de una sola vez. A todos los puso a lucir colores fuertes, que hoy nuevamente están de moda. Así fue como los Belalcázar se hicieron renombrados en el ámbito de las confecciones.

Recuerda a algunos personajes que les gustaba lucir muy elegantes como Carlos Albonoz, exgobernador de Nariño; Eduardo Romo Rosero, exalcalde de Pasto; Arcesio Sanchez, exsenador; Hernando Suárez Burgos, empresario; Fabio Arévalo, médico; Eduardo Mazuera del Hierro, arquitecto y exalcalde  de Pasto; El Chato Guerrero, compositor; y a otros tantos que se escapan de la memoria y que les gusta la elegancia.

Mauro Belalcázar con su padre, don Otto.

Lo que el viento se llevó

Las confecciones no se escapan al fenómeno de la globalización. La llegada de mercancías chinas han acabado con toda posibilidad de sobrevivencia a los sastres, por ello todos se vieron obligados a retirarse del oficio y dedicarse a otras actividades para subsistir. Los grandes maestros de la época del apogeo de la confección de vestidos ya han abandonado este mundo y otros se dedican a reparar ropa.

Don Otto Aquiles Belalcázar y doña Helena Benavides de Belalcázar, elegantemente vestidos en el centro de la ciudad.

Ahora lo que hay es las clínicas de ropa, lo que antes se le denominaba hacer una “chisga” (hacer un arreglo): cambiar un cuello, cambiarle el forro al saco, un vestido cruzado volverlo redondo, dejarlo a la moda. La sastrería se ha ido a pique, hoy ya nadie se pone un vestido de paño inglés.

Los hermanos Carlos y Mauro Belalcázar aún tienen su sastrería en el barrio Obrero, pero sólo se dedican a la reparación de prendas. Curiosamente la sastrería se llama D’Sastres.

Ahora ya nadie puede sobrevivir de la sastrería, los viejos tiempos de la abundancia quedan atrás; con nostalgia recordamos las épocas que no volverán y que fueron arrasadas por políticas equivocadas como la globalización y los tratados de libre comercio en condiciones de desigualdad. Ya nadie puede decir que en su closet tiene una prenda hecha en Nariño.

Fuente: Otto Belalcázar Benavides.

En ell local que ocupó la sastrería de don Otto Belalcázar, en el barrio Obrero, funciona el taller D’ Sastres, dedicado a la clínica de ropa.

 

 

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