Las fronteras humanas

Por: Aníbal Arévalo Rosero

Vivimos en un mundo tan cambiante que cuando queremos hacer uso de una innovación, ésta ya ha sido reemplazada por una nueva. Así sucede, prácticamente, en todo, no es un asunto exclusivo de los medios tecnológicos. El campo jurídico, si bien tiene que ajustarse a la dinámica social y desarrollo tecnológico, también tiene sus cambios; los más frecuentes son los que se dan a nivel jurisprudencial.

Teniendo en cuenta que todo está encaminado a suplir las necesidades más inmediatas del ser humano, este no puede pasar por encima de aquellos aspectos que incumben directamente con la ecología en su contexto y el respeto por la vida de los animales y la utilización apropiada de las plantas.

Al respecto, Tomás de Aquino, haciendo uso de los postulados de Aristóteles, cree en la pertinencia de prohibir el maltrato de los animales. Es de tener en cuenta que si bien la naturaleza está al servicio del ser humano, ésta no le pertenece, sino que el ser humano pertenece a ella.

Entonces, si hablamos de fronteras, estas estarían delimitadas por un estado de equilibrio, que deslinden el actuar del ser humano. Tendríamos que considerar que la naturaleza nutre material y espiritualmente a la humanidad, por lo tanto, el derecho establece unas determinantes, una regulación del comportamiento y la convivencia.

Ahora que está en discusión temas tan controversiales como la minería extensiva, el fracking en la explotación petrolera, el uso de alimentos transgénicos, el empleo de seres vivos, tejidos y órganos con propósitos de preservar la salud, tenemos que reflexionar en que si bien encontramos una gran ayuda para mitigar el dolor de un paciente, también la práctica extensiva de cualquier actividad, a largo plazo, puede traer unas implicaciones que no justifican el canje de lo uno por lo otro.

Un caso muy particular que evidencia estas fronteras de las intenciones humanas se ven manifiestas en la búsqueda de la cura para una enfermedad catastrófica como el cáncer. Para ello en Cuba, fruto de las investigaciones científicas con el empleo del escorpión azul, se obtiene un medicamento que mejora las condiciones de vida del paciente.

Pero también aparecieron los opositores a tal procedimiento científico, por cuanto el empleo de material biológico hace que se maltrate a los escorpiones, porque para la obtención del veneno (sustancia terapéutica) se los tiene que ordeñar con choques eléctricos de bajo voltaje. Ellos arrojan el veneno como una medida defensiva ante tal agresión. El permanente ordeño conlleva a que los escorpiones pierdan la cola y su periodo de vida se reduzca o quizá mueran en el procedimiento.

De esto podemos inferir que, lo que en un principio fue una noble causa, queda en entredicho por la desmedida práctica. Por eso, acudiendo al pensamiento aristotélico, debemos preservar un estado de equilibrio, determinante a la hora de establecer unas normas que regulen la explotación, sea en uso terapéutico, comercial o industrial.

Ahora bien, en el aprovechamiento de los recursos biológicos se tiene que tener en cuenta que se emplean técnicas que permiten su reproducción intensiva, lo que trae otras implicaciones como el desequilibrio, pues lo que alcanza mayor desarrollo implica que tenga un impacto sobre otro.

De ello se desprende que la técnica prescribe lo que es factible, mientras que la ética le pone limitantes. No podemos cambiar una cosa por otra, eso nos enseña la dialéctica social. El mundo es un devenir histórico cambiante, que como lo decía Heráclito: “nunca nos bañamos dos veces en el mismo río.”

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