Las infamias del poeticidio

A la memoria de Arturo Cisneros

Un poeticidio es una hecatombe, inclusive puede llegar a considerarse un magnicidio. La palabra, que puede ser un neologismo, alude al asesinato de un poeta; y puede ser una hecatombe en la medida que en esa muerte no sólo deja de cesar el impulso del poeta, sino el de todo un pueblo, el de una comunidad, la destrucción es material y espiritual, es el aniquilamiento de la memoria de ese colectivo, no entendido este en el sentido de ofrenda en el ánimo religacional, sino como la desaparición de la memoria; y así mismo se sucede como un magnicidio, en atención a que el poeta siempre ha detentado un papel importante dentro de la comunidad, más allá que tener un poder político, el poeta se arroga el poder del chamán, capaz de ver el pasado en el hoy y de predecir el futuro, capaz de sacrificar el presente por mostrar las quimeras de la historia.

Es el poeta sacrificado en razón a lo que dice o a lo que calla. El poeticidio por ello silencia, pero no para siempre, a muchos no les conviene que exista un Corifeo dentro de las sociedades, sobre todo en aquellas donde la memoria se vende al mejor postor, en donde las conciencias se contrabandean como si fuesen piezas de mercado, el Corifeo es quien dirige la voz del pueblo. Esquilo, en el Prometeo encadenado, pone en voz del Corifeo está angustia: “Entrañas tiene de hierro y hecho está de roca quien ante tus tormentos, Prometeo, no se indigna. Pues no hubiera yo querido mirar esto y al haberlo contemplado, en mi corazón he sentido el dolor”[1], en el poeticidio el poeta pasa a ser actor principal de la tragedia, de ahí que la angustia prime sobre el sujeto que es voz, pero que aquí pasa a ser lamento.

Una infamia, en su acepción más pura, es la degradación del honor civil, y en este sentido una sociedad que permite el asesinato de sus poetas, es ni más ni menos una sociedad infame. Infame porque se pierde la credibilidad al no generar las condiciones necesarias para que la vida del poeta se salvaguarde como un preciado tesoro –caso contrario la libre y formidable auto determinación del suicidio -, al no asegurar su vida como se asegura el más sagrado de los libros, como aquel que contiene todos los secretos del universo, como una cosmogonía viva.

Infame fue Atenas cuando se obligó a Sócrates a beber la cicuta, arrastraron a la infamia los 360 de 501 de quienes lo condenaron a muerte, infame toda Grecia por acusar a su máxime poeta de corruptor de menores y de impiedad, él que dedicó su vida a la educación y a comprender mejor al hombre puesto en el cosmos, a ver al hombre como a un Dios. Con esta sentencia termina la Apología de Sócrates escrita por su discípulo Platón: “No tengo ningún  resentimiento contra mis  acusadores, ni contra  los que  me han condenado,  aun cuando  no haya  sido  su  intención hacerme un bien, sino por el contrario  hacerme  un  mal, lo  que  sería  un  motivo  para  quejarme de ellos. Pero sólo una   gracia   tengo que pedirles.  Cuando  mis  hijos  sean  mayores,  os  suplico  los  hostiguéis,  los   atormentéis,  como yo  os  he  atormentado á vosotros, si  veis que  prefieren  las  riquezas  á  la  virtud,  y  que  se creen algo  cuando  no son nada;  no dejéis  de sacarlos á la  vergüenza,  si  no  se  aplican  á. lo  que  deben  aplicarse,  y creen ser  lo que no son; porque así es como yo he obrado con vosotros. Si me concedéis esta gracia, lo mismo yo que mis hijos no podremos menos de alabar vuestra justicia.  Pero ya es tiempo de que nos retiremos de aquí, yo para morir, vosotros para vivir. ¿Entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.”[2]

Infame fue la Inglaterra isabelina que dejó morir al más grande poeta de su renacimiento, a Christopher Marlowe, la voz y el pensamiento de Shakespeare según algunos entendidos; acusado de homosexual –como si los gustos divinos pudiesen condenarse por los hombres- , y de ateo – en una sociedad donde los dioses eran pretexto para afianzar los más virulentos poderes terrenales-, su propia daga, en manos del asesino, le atravesó su cerebro, sí, aquél que fue capaz de producir el más perfecto teatro de la época, aquel que fue capaz de decirle a su sociedad:

¡Maldición para quien la guerra inventó!

No supieron, ¡ah!, no supieron, los hombres sencillos,

cómo, aquellos a quienes aporrearon a punta de cañonazos

se tambaleaban cual trémulas hojas de álamo,

¡temiendo la fuerza de las estrepitosas explosiones de Bóreas!

¡Muy lamentable sería

que la naturaleza no me hubiese dado erudición y sabiduría!

Los reyes son descargas que cada hombre dispara;

nuestra corona, el alfiler al que miles buscan ensartarse:

por lo tanto, en política lo pienso bien

para esconderme; gracioso estratagema,

lejano de cualquier hombre tonto:

de tal manera que no deba ser conocido; o si lo soy,

que no pueden llevarse mi corona primero.

La esconderé aquí, en este simple agujero.[3]

Infame fue la España de los papistas, godos y ambiciosos Fernando e Isabel, así como la de Carlos V y de los Felipes, infame al auspiciar el exterminio de un Continente, de miles de pueblos, de miles de poetas que se sintieron abandonados por sus dioses, la palabra entonces dejó de ser consustancial para sumarse a los rezos repetitivos y livianos a la Cruz y a mujeres que se ufanaban de ser yermas, religiones que pregonaban y exaltaban vírgenes en una total contradicción contra la vida, así sus cantos se ocultaron en sus tumbas, sus voces se silenciaron con los ecos de fusiles y de cruces. Infame fue silenciar la voz de los amautas, los sabios que así pregonaron su dolor, voz que se recoge en la elegía Apu Inka Atawallpaman:

Sus dientes crujidores ya están

mordiendo

La bárbara tristeza;

Se han vuelto de plomo sus ojos que

eran como el sol,

Ojos de Inca.

Se ha helado ya el gran corazón

De Atahualpa,

El llanto de los hombres de las Cuatro

Regiones

Ahogándole.

Las nubes de los cielos han bajado

Ennegreciéndose;

La madre Luna, transida, con el rostro

enfermo,

Empequeñece.

Y todo y todos se esconden,

desaparecen,

Padeciendo.

La tierra se niega a sepultar

A su Señor

Como si se avergonzara del cadáver

De quien la amó

Como si temiera a su adalid

Devorar.[4]

Infame la España de Franco, que silenció la voz del poeta niño, el poeta azul, del poeta gitano Federico García Lorca, su obra abarcará siempre la complejidad social de su tiempo; en ese especialísimo manejo estético, donde lo popular se torna profundo y complejo, y en donde lo singular se universaliza. La usurpación del poder por parte de Franco, no fue sino ley motiv para quitar de paso a quienes se mostraban marcadamente republicanos, y entonces surge el español en su raigambre más horrible, la del conquistador a la fuerza, la del ortodoxo católico convencido e inquisidor, la del machista homofóbico, la del trabajador burdo que no cree en reivindicaciones sociales y culturales, y se convierte en el hombre capaz de profanar lo más sagrado, de irrumpir no sólo en el templo deifico, sino de asesinar al mismísimo sacerdote de la lírica y el histrionismo, a aquel que trató de buscar las honduras de los español más allá de lo puramente descrito, así cayó, víctima de sus convicciones, el poeta andaluz, el cantaor, Federico García Lorca.  La sangre derramada fue la de los poetas, la de los intelectuales, la de los trabajadores, la de los campesinos, la de los que no soportan el mundo horrible de los totalismos. La Muerte de Antoñito el Camborio, pareciera la premonición de esa España que se iba a desangrar, y en donde la naturaleza toma matiz de presagio:

Bañó con sangre enemiga

su corbata carmesí,

pero eran cuatro puñales

y tuvo que sucumbir.

Cuando las estrellas clavan

rejones al agua gris,

cuando los erales sueñan

verónicas de alhelí,

voces de muerte sonaron

cerca del Guadalquivir.[5]

Infames. Infames. Infames los pueblos que asesinan a sus poetas. Infames los pueblos que ignoran a sus poetas. Infames los pueblos que olvidan a sus poetas, porque el olvido es una forma de asesinato.

[1] Esquilo (1982). Prometeo encadenado. En: Teatro Griego. Barcelona: Círculo de Lectores, p. 67,

[2] Platón (1871). La Apología de Sócrates. Madrid: Edición Patricio Azcárate, p. 86,

[3] Marlowe, C (2007). Poemas. Casa del Tiempo, México, 97, 20-26.

[4] La elegía Apu Inka Atawallpaman (2014. octubre). Chasquí, Boletín cultural del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú, 12, 23 (Traducción de José María Arguedas)

[5] García-Lorca, F. (1986) Obra completa.  Madrid: Aguilar.

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