Las retretas de mi memoria

Por: Moro Manzi

Los días domingo nos reuníamos en la Plaza de Nariño algunos paisanos y amigos que estudiábamos en la universidad. La cita en la Plaza era previa a la retreta que en pocos minutos se llevaría a cabo en el edificio de la Gobernación. Sentados unos en una banca y de pie la mayoría, conversábamos sobre nuestro transcurrir de la semana. La estatua del prócer Antonio Nariño asumía un poder y altura intelectual. Hacia a un lado de la banca se posesionaba del lugar un vendedor de raspados quien mitigaba el ardor esofagial de los enguayabados.
Los domingos como cosa rara, amanecían resplandecientes, cuya iluminación penetraba las rendijas que dejaban los árboles aún no florecidos de los alisos, alcaparros, encenillos y otros como el pino pàtula que conserva su figura triangular. Algunos de los paisanos recababan información, no se sabía de dónde, pero, insistían con datos que más parecían sacados de la misma fuente de la adivinación; elucubraban sobre lo transitorio de la existencia de los otros y al seguir espigando en más fuentes, se enredaban como los bejucos. Otras veces, alguno de ellos, antes de encender un cigarrillo, sosteniéndolo en el rictus izquierdo de la boca, bromeaba al comparar el resplandor de un astro con el esfuerzo inane de un deportista afín a su temperamento.
La Plaza de Nariño conserva el ornato cultural dentro de la ciudad por cuanto ahí se encuentran bancas para descansar, árboles de especies diferentes que florecen en meses erráticos, y la estatua del héroe en el centro rodeada de jardines florecidos, donde prevalece el amarillo y el rojo engarzado con un morado casi inexistente.
El paisano que siempre estaba más afanado en asistir cumplidamente a la retreta, por tener algún compromiso sentimental, nos urgía de que ya era hora de acercarnos al edificio de la gobernación, habida cuenta de que la misa había terminado y la gente se dirigía hacia allá. Se observaba muchos jóvenes, señores con sus esposas, profesores, intelectuales y gente del común que se apresuraban en llegar para lograr una buena ubicación. Este hermoso edificio de estilo republicano fue albergue religioso, formó parte de la cultura popular y finalmente se convirtió en la sede del gobierno departamental. En su interior el edificio es de una belleza romántica, cuya claridad de sus elementos arquitectónicos la hacen sugestiva, llena de emociones y de total libertad. Llamaba mi atención sus tres niveles rectangulares con hermosos arcos sostenidos por columnas redondas como centinelas, y sus molduras y sus amplios pasillos para el tránsito de la mente. En su interior se destaca el patio y las escaleras en madera que conducen a los tres niveles. Y hacia atrás, las puertas y ventanas que guardan secretos jamás revelados. Por fuera luce una elegante fachada tallada en piedra.
A las 11 a.m., comenzaba la retreta festiva interpretada por la Banda departamental integrada por músicos estudiosos y verdaderos íconos de la época. Mientras afinaban los instrumentos, la gente, especialmente los jóvenes, se acercaban como a una gran fiesta sin licor. Alrededor de los balcones volados se acomodaban todos y era una fotografía casi sideral al enfocar desde arriba la cúpula juvenil de rostros risueños. La Banda al iniciar sus interpretaciones, abría con un bambuco sureño que no podría ser otra que “La Guaneña”         (Guay que sí, guay que no, la guaneña me lo juró, me recibió la platica y con otro se la gastó ( bis ). // Guay que sí, guay que no, la guaneña me engañó, Ñapanga pa mentirosa, en Pasto jamás se vio (bis)… Tonada que representa un símbolo de unidad e identidad; otras veces, eran temas como el “Miranchurito”, o “Chambù”, o “Sandonà”; en fin, un repertorio de pasillos, cumbias, joropos, boleros y madrigales.
Estas melodías con sus notas y pentagramas se trepaban por los balcones, por los arcos, por los ventanales para quedarse en los oídos de los asistentes. Estas reuniones musicales cada domingo servían de cómplice pretexto para que los jóvenes pudieran intercambiar saludos, abrazos, miradas, coqueteos, y para los más adelantados, la reafirmación de un atractivo dual. De la misma manera era una ocasión propicia para reencontrarse los amigos y conocidos en un fraterno saludo dominical.
Nosotros nos colocábamos en el tercer nivel, y desde ahí contemplábamos como en una cápsula espacial, el movimiento gravitacional de los instrumentos musicales que brillaban con el reflejo armónico de los movimientos. Sobresalían los saxofones, las trompetas, los platillos, los clarinetes, los trombones, las flautas, los redoblantes, los timbales, en fin, instrumentos que avivan las expresiones musicales de la región.
Los músicos dirigidos por un director, lucían uniformes de saco cruzado azul, con botonadura clásica y kepis al mejor estilo marcial. Y el director, con saco y corbata y pañuelo en el ojal izquierdo del mismo saco. Las interpretaciones eran magistrales sobre todo, me parecían a mí, cuando abrían después de un intermedio, con el madrigal de mi pariente: “Alma tumaqueña”, cuya letra y música es un gratísimo ensalmo. En otros momentos y con el mismo tenor y gusto, interpretaban con gran alegría: “Noches de Bocagrande”, aquel bolero de besos enamorados. Eran melodías traídas desde lo más guardado del gusto musical compartidas por los jóvenes que emocionados aplaudían con cariño y reconocimiento. Era costumbre siempre que interpretaban la última pieza musical, cerrar con una melodía alegre y vibrante como la “Pollera colorà” o con el currulao “La muy indigna”.
De esta manera, hasta donde mi memoria me empuja, terminaba el concierto dominical abierto al público y de manera especial, abierto a la juventud que gozaba de un ambiente festivo y autóctono de nuestra región.
Nosotros nos dirigíamos siempre a una Fuente de Soda de cuyo nombre siempre quiero acordarme: “La Italiana”, a un costado de la plaza de Nariño. Pedíamos cervezas mientras otros suspiraban por los pasteles y más confituras. La charla giraba puntualmente sobre las interpretaciones musicales que dejaban impreso en la mente imágenes auditivas cuya armonía, ritmo y tono, fluían en música como algo orgánico dándole sentido a los sentimientos.
El amigo Franz, se levantó y nos dijo: esta es la última tanda que pago; tómensela despacio. Nos vemos el próximo domingo en la Plaza de Nariño.

 

 

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