Lo mágico de Tumacondo

Las historias son muy parecidas, y sólo el estilo del narrador le da ese toque mágico para contarlas. Entre Tumaco y Macondo hay un embrujo que los hermana, y que nos hace ver como si lo acontecido en un pueblo hubiese sucedido de igual manera en el otro. Gabriel García Márquez atribuía a su abuela materna muchas de las historias sobrenaturales que le habían contado, y cómo estas encajaban perfectamente en el relato normal, cotidiano. El escritor afinó este mecanismo en que la literatura se sirve de la realidad para trascenderla.

La propaganda

“…Y allí estaba la vaca, seria, filosófica, inmóvil, como la simbólica estatua de un ministro plenipotenciario. Gracias al cine y a la propaganda de los productos lácteos, los niños de la ciudad están capacitados para diferenciar una vaca de un tigre. Y hasta de un toro. Por eso cuando el agente de tránsito se acercó al animal, físicamente sembrado al pavimento, como un árbol de cuatro patas (y cola) y trató de persuadirlo por todos los medios conocidos de que prosiguiera la marcha, los chicos se esforzaban en los balcones por evitar que las autoridades echaran a perder el único espectáculo vivo que se ha ofrecido en muchos años. Y como la vaca parecía estar radicalmente de acuerdo con los niños, el profundo desprecio con que respondió a las sugerencias del agente de tránsito marcó el principio en una hora de fiesta brava, improvisada, que aplazó para el día siguiente la reapertura de las actividades comerciales”. Cuento “No era una vaca cualquiera” de Gabriel García Márquez.

Un día, nace en su ser la que era para entonces una idea fantástica, una idea asombrosa por decirlo menos, una quijotada: crear una emisora en Tumaco en donde no había fluido

eléctrico, ni existían radios, pero, el propietario Luis Antonio “El Cuco” Biojò y el locutor improvisado Leandro “Chamaco” Sinisterra crearon Radio Manglaria. Ninguno de los dos eran periodistas radiales porque el primero se desempeñaba como profesor del Liceo Nacional Max Seidel y el segundo fungía de sindicalista.                                                                                                                                        Era a la sazón el año 1960.

La emisora empezó operando con una vieja batería de camión, y sus tres parlantes fueron colocados en los árboles de zapote y aguacate más altos que habían en los patios a la redonda. La programación se emitía de 7.0 a 9.0 de la noche, y a esa hora el público se aglomeraba a escuchar las noticias locales del día, porque las noticias nacionales eran sacadas del periódico El Tiempo, que llegaba con retraso de dos días desde Bogotá, y era vendido por los muchachos voceadores como “El Tiempo de ayer”.

No tardaron los comerciantes de Tumaco en darse cuenta del poder de penetración comercial de la emisora y comenzaron a pautar sus mercancías:

—Señor campesino, ¿Está aburrido con su machete pompo? Vaya al almacén de Ernesto Lizcano que se lo venden afilado.                                                                                                           —Señora, ¿No se ve como debería verse? Asista a la óptica de Arturo Burbano y saldrá viendo más de la cuenta.                                                                                                                                             —Joven, ¿No encuentra el remedio que necesita? Entre a la miscelánea de Euclides Vallejo que ahí se lo tienen.                                                                                                                             De igual manera, Radio Manglaria fue la primera tribuna pública, donde la gente ponía sus quejas de convivencia:                                                                                                                             —Señor Alcalde, por favor, construya un excusado en el puente “El Progreso” que a veces no podemos más.                                                                                                                                                           —A Hispano le mandamos a decir que está tocando la “marcha” antes de la hora para empezar la película en el Teatro Municipal.                                                                                          De esta manera, “Manglaria” fue la primera emisora de Tumaco, hasta que se le acabaron las energías para continuar a Biojò y a Sinisterra, quienes después de un acalorado debate radial con revolver en mano decidieron separarse; la batería del camión se agotó; y en el puerto se quedaron sin escuchar el único programa radial que los entretenía.

El buque fantasma

    

“…El trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer y ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océano se encontraba…Cuento” El último viaje del buque fantasma” de Gabriel García Márquez.

En el Pacifico sur de Colombia hubo un buque fantástico: El Maravelí. Navegaba desde la Isla de la Gorgona tripulado por demonios, y su carga eran las almas de los difuntos que habían hecho pacto con el diablo. Cada noche arrimaba a las poblaciones costeras de Guapi y Tumaco. Narra la oralidad que…«La noche que falleció el marinero Rodríguez en la Isla del Gallo, el Maravelì vino por él. Para su asombro, el buque fantasma iba sin rumbo fijo, porque en el puente de mando los espíritus de los Capitanes Pizarro y Almagro no se ponían de acuerdo hacia dónde ir.

Preocupado por la ingobernabilidad del buque fantasma, a las pocas semanas el espíritu del marinero Rodríguez se dirigió al espíritu de Pizarro:

— ¿Quiere Capitán, que le de las ordenes a los marineros para atender el embate de la

brisa?

—Ayúdeme, porque con el tuerto Almagro a mi lado no puedo decir nada, ya que siempre da una contraorden.

El Maravelì, perfectamente apoyado, y a la vez que dejó de soplar el viento, navegó con bastante velocidad, muchas veces cubierto con una lona de extremo a extremo porque el mar se puso borrascoso de un momento a otro, y obligó al Capitán a proceder con la mayor precaución para que el embarque de la ánimas no fuera a naufragar»

El burdel

                                               

 “…Hasta donde me acuerdo tenías una tranca de galeote”, le dijo la matrona cuando lo condujo a la habitación de la niña que estaba dormida por una mezcla de bromuro y valenciana. Y así se quedó con ella, mirándola, tocándola suavemente, como lo hacía el viejo Eguchi con las bellas durmientes narcotizadas de la obra de Kawabata…“Aquella noche descubrí el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin los apremios del deseo o los estorbos del pudor…”.La casa como todo burdel al amanecer, era lo más cercano al paraíso. Salí por el portón del huerto para no encontrarme con nadie. Bajo el sol abrasante de la calle empecé a sentir el peso de mis noventa años, y a contar minuto a minuto los minutos de las noches que me hacían falta para morir…” Novela “Memoria de mis putas tristes” de Gabriel García Márquez.

Era una casa de diversión hechizada, saturada de música, colmada de voces, llena de putas,  con olor a perfume barato, aguardiente y a cerveza fermentada, más el olor a coito reciente. El burdel se llamaba “El Embrujo”, resplandecía plenamente iluminado con concurrencia inagotable; quedaba en una casa de color verde esperanza de dos plantas, con balcón de pretil español en donde las “mujeres fáciles” (aunque Gabo decía que era el trabajo más difícil que existía) como las llamaban las señoras de la sociedad de Tumaco, se asomaban a mostrar la exuberancia de sus tetas ligeramente vestidas.                                                                                      A “El Embrujo” no se iba por rutina ni por frustración, se iba por placer, en donde la vida no empezaba al amanecer, si no con las primeras sombras iluminadas con la luz fulgente de las nutridas bombillas eléctricas, y que por el goce pagano parecía que la oscuridad comenzaba como en los veranos europeos, a las 10.0 de la noche, hora en que se iniciaba el comercio carnal.                                                                                                                          Adentro, alguien tocaba un bombo con platillos siguiendo el compás y el ritmo de la música que despedía la vitrola que preferentemente era de Cortijo y su Combo, o de la Sonora Matancera, y el amacice no se era de esperar. Cuando se separaban las parejas, no bailaban para ellos si no para el público presente, con pasos extravagantes de camaján que iban desde la “caída de la hoja” hasta el “paso de la mosca”, con lo que parecían que levitaran.

   Pero este paraíso tenía que llegar a su fin, y una noche lo destruyó un incendio. Aprovechando la situación, algunas damas de la sociedad, para preservar sus matrimonios, presionaron a los curas carmelitas, y estos al Alcalde, para terminar de una vez con todos los lupanares, y de esa manera se fueron tristes de Tumaco el dueño del burdel apodado “El Brujo” y sus rutilantes putas: Mariela, Francia, Mercedes, Alba “La Lentejita”, Emérita, y la Costeña.

El circo

   

“…Tenía cinco años cuando mi abuelo el coronel me llevó a conocer los animales de un circo que estaba de paso en Aracataca. El que más me llamó la atención fue una especie de caballo maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa. “Es un camello”, me dijo el abuelo. Alguien que estaba cerca le salió al paso. “Perdón, coronel”, le dijo. “Es un dromedario.” Puedo imaginarme ahora cómo debió sentirse el abuelo de que alguien lo hubiera corregido en presencia del nieto, pero lo superó con una pregunta digna:
— ¿Cuál es la diferencia?
—No la sé— le dijo el otro—, pero éste es un dromedario.

  “Los cuentos de mi abuelo el coronel “de Gabriel García Márquez

Aquella tarde calurosa cuando los habitantes de Tumaco se dedicaban a hacer la siesta, escucharon un sonido estridente de trompetas oxidadas, parecido a la fanfarria que les había pronosticado el cura carmelita que se oiría el día del Juicio Final. De un momento a otro, las calles se llenaron de leones despelucados, tigres con  rayas desdibujadas, elefantes sedientos y monos tristes. Igualmente aparecieron acróbatas con fracturas en los huesos, el hombre bala con la pólvora mojada, el tragasables que se había atorado con una picuda, y payasos con maquillaje chorreado que no hacían reír a la población. Fue el alboroto general dado que nunca habían presenciado un desfile así, y menos en condiciones tan deplorables.        A los pocos días, el Circo levantó la carpa llena de retazos, y con tarimas de madera elaboradas por un carpintero nativo, programaron la primera función para el fin de semana. Esa noche del estreno jamás será olvidada por los habitantes del pueblo. Fue tan mala la función que ningún acto artístico provocó asombro, salvo la carcajada general originada por la defecada del elefante, cuyo excremento embadurnó al Alcalde que se encontraba sentado en primera fila.

Fue así como después de muchos años de soledad y olvido, Tumaco y Macondo se unieron en uno solo: Tumacondo. Desde entonces, los sobrevivientes narran una sola historia.

Referencia

—Libro “Divertimento”. Relatos “El Cuco” y “El Embrujo” de  Gustavo Escrucerìa D.

  —Libro “En el mar de sus recuerdos”. Relatos “Los buques fantásticos” y “Llegó el circo” de Oscar Seidel

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