Lo que no ocurrió en medio siglo

Ecosofía

Aníbal Arévalo Rosero

Lo que empezó el 21 de noviembre con las marchas convocadas en todo el país por las centrales sindicales, desbordó cualquier pronóstico. Era un paro por un solo día, pero transcurridos varios días se siguen programando actividades que nunca se vieron. Una banda sinfónica convocó a todos los músicos para entonar Colombia tierra querida en la plaza de los Hippies en Bogotá. Llegaron cientos de músicos con violines, chelos, violas, contrabajos, percusión y vientos. El resultado fue maravilloso.

El sentimiento de rabia e impotencia frente a un gobierno que hace mal las cosas había desbordado lo meramente sindical. La gente se siente indignada con un gobierno cínico que no le da pena justificar los hechos más atroces, o rendirle un homenaje público a un exministro con perfil sanguinario.

Ciertamente que en un principio eran razones como las reformas laborales, pensionales y tributaria, pero las mayores motivaciones estaban en el empleo de los jóvenes, el asesinato de los líderes sociales y, sobre todo, la gota que rebosó la copa fue el bombardeo de un campamento donde, finalmente, se supo que murieron despedazados 18 niños.

Ante esto el pueblo marchó en una apoteosis de música y demandas al gobierno nacional, y este busca minimizar las cosas refiriéndose a los actos de vandalismo que fueron ejecutados por grupos marginales. Cero respuestas a los reclamos de la población colombiana. El vandalismo fue exaltado por los medios de comunicación como si hubiese sido lo principal o lo mas grandioso.

Los medios de comunicación poco hablan de las ‘tamboradas’ que se convocaban a través de las redes sociales, y que llegaban cientos de personas con redoblantes, bombos, timbales, o simplemente con tarros plásticos para entonar melodías latinoamericanas y colombianas. O las marchas de los indígenas caucanos hacia la capital en ‘chivas’ ataviadas con banderas de sus comunidades. O los cacerolazos que se convirtieron en el símbolo de la resistencia pacífica en Chile y que se extendió por todo Latinoamérica.

Estos hechos de indignación en paz y con creatividad nos indican que la sociedad colombiana cambió de rumbo. Enhorabuena que se realizó un proceso de paz imperfecto para que nos hiciera caer en cuenta que el verdadero problema de Colombia no eran las guerrillas, sino la corrupción. El país abre sus ojos y pone su frente al sol para ver que la crisis social y política está en un gobierno títere que dócilmente obedece ordenes de presidente Trump.

Los pueblos del continente, para marchar con tanto entusiasmo, comprendieron, de una vez por todas, que el problema fundamental está en el endeudamiento de nuestras naciones con organismos de financiamiento mundial; la venta de los recursos naturales a multinacionales que desplazan y dejan en la ruina a la población indígena a cambio de un súbito enriquecimiento. Esa indignación ha hecho que esas cacerolas retumben más alto por todos los rincones.

Pero también nos indigna que el empleo informal en nuestro país esté por el orden del 44 por ciento; que el 60 por ciento de los jóvenes no puedan acceder a una carrera universitaria y que muchos de los que logran ingresar a la universidad tengan que desertar por falta de recursos económicos para su manutención o porque tienen que trabajar, como es el heroico ejemplo del alcalde Quintero de Medellín que tuvo que soportar hambre varios días consecutivos para poderse educar.

La mayor ganancia en este momento de marchas y agitación social es la esperanza que ha recobrado el pueblo colombiano: hemos sabido perder el miedo. Lo que no ocurrió en medio siglo de confrontación armada, se lo está logrando en pocos días de violín y de melodías y sonsonetes de cacerolas, porque el pueblo no está dispuesto a dar marcha atrás, por eso nos reafirmamos en que esto es histórico.

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