Los mercaderes de la muerte

«El hombre que no siente ningún género de armonía, es capaz de todo engaño y alevosía, fraude y rapiña; los instintos de su alma son tan oscuros como la noche, tan lóbregos como el Tártaro. ¡Ay de quién se fie de él!»

William Shakespeare

“En cierto modo (William Shakespeare), tenía una ventaja: su vida estuvo marcada por la peste. Apenas unas semanas después de que lo bautizaran en la Iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford-upon-Avon en 1564, el registro decía ya “Hic incepit pestis” (Aquí comienza la plaga). La tasa de mortalidad en la ciudad fue ese año cuatro veces mayor que la del anterior, en el que no hubo peste. Hijo del guantero del pueblo, Shakespeare sobrevivió a ella y a muchas otras epidemias. Gran parte de su obra fue compuesta, si bien no en el encierro, al menos al acecho de una enfermedad altamente infecciosa sin cura conocida”.

Pero para Shakespeare la plaga mayor siempre fue la ambición humana. Producto de ello escribe una de sus obras más memorables y humanista EL MERCADER DE VENECIA, que deberían leer por decreto, ya que no por cultura, todos los mercaderes que en pleno siglo XXI siguen actuando como ese miserable comerciante que inspiró su novela. Hoy vemos estupefactos como irrumpen cientos de canallas que comercian con la angustia, el sufrimiento y el dolor humanos, ofreciéndoles todo tipo de menjurjes que prometen protección para la gran peste que nos azota en estos tiempos.

Y hoy, como ayer, somos presa de esos mismos despiadados seres que encuentran en la desesperanza una de sus mejores oportunidades para aumentar sus arcas. Seres sin escrúpulos, salidos del tártaro y dueños de una moral muy próxima a Shylock, ese personaje oscuro y perverso que hace todo cuanto considera oportuno para amasar fortuna y esquilmar incautos.  Hoy los vemos deambulando por nuestras calles vestidos de comerciantes, médicos, empresarios o exitosos prestamistas y “engañistas”.  Nada les importa que lo que ofrecen nada ofrezca, salvo la falsa esperanza de redención y protección.

Para Shylock lo importante eran sus ganancias, así estas vayan untadas del dolor y la miseria de sus víctimas que no tuvieron otra opción que caer en la desgracia de ser sus atormentados fiadores.  Su sed de riqueza es tal que supera su condición humana para convertirse en un ser esencialmente maléfico al servicio de sus propios intereses. Se le debe pagar con carne, con dolor, con sufrimiento, con la sevicia propia de quienes únicamente ven en la usura el precio a sufragar.

Ese importe, hoy en día, es la ingenuidad de cientos de seres que ante el temor que sienten ante la amenaza real y latente de un virus, le empeñan su alma al diablo para adquirir todo tipo de menjurjes que prometen salvación y redención. Venden, estos Shylocks modernos y contemporáneos, gotitas mágicas que todo lo pueden, lo curan, lo sanan y lo previenen. Vienen en frasquitos, en bolsitas, en presentaciones amorfas, con etiqueta o sin etiqueta, con presentación de licencias o simplemente con enunciados de decretos y falsas autorizaciones. Lo que no dicen es que son productos que se deben comercializar únicamente en lugares autorizados y permitidos, que se debe suministrar bajo prescripción médica y que su uso y utilización sin el protocolo requerido puede generar secuelas graves y delicadas. He visto la estupidez humana en la forma, atroz y amorosa, como muchos padres suministran a sus hijos pequeños unas gotas mágicas que no ofrecen garantía alguna y que pueden ser el inicio de una dolorosa enfermedad. Quienes los venden, que son muchos inescrupulosos, saben que su proceder es ilícito e ilegal, pero se aprovechan de tantos miedos para usufructuar a su favor las ganancias que la ingenuidad y el deseo generan.

Confieso que he visto médicos, comerciantes, comunicadores, negociantes, iletrados y letrados, ofreciendo sin escrúpulo alguno mercancías de toda laya sin las garantías propias de un producto confiable y fruto de estudios e investigaciones serias. Piensan únicamente en las ganancias que obtendrán sin que nada les importe el dolor que puedan generar. Aquí se han quedado cortas las entidades sanitarias y se han hecho los de la vista gorda sin que pongan coto a tanto bellaco que ha hecho negocio con el dolor humano.  Se nos vienen muertos, afectados y dolientes por causa de esta otra pandemia que nos ofrecen por redes sociales y que se las cree inducidos por estos falsos profetas salidos de ese tártaro de su propia ambición.

Ya sufrimos, como brillantemente lo expuso Shakespeare, a ese usurero mercader de Venecia que amasaba billetes y monedas para solventar su propia miseria humana, hoy padecemos a esos perversos mercaderes que encontraron cómo engrosar sus bienes sin que nada les importe el llanto de los hombres.  A ellos les caerá la peste, les bajará el dolor, les atormentará la muerte y el sufrimiento de tanto ingenuo que se dejó esquilmar movido por sus poderosos temores.  El alma de Shylock los posee, los domina, los mueve, los impulsa, los manipula; hasta que insatisfecho les reclame esa libra de carne que se acordó y firmó en el contrato.  William Shakespeare sobrevivió a muchas pestes, muchos de nosotros sucumbiremos ante el nuevo contrato social que el espíritu de Shylock ha redactado a su interés y conveniencia: «El mismo diablo citará las sagradas escrituras si viene bien a sus propósitos.»

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