Luz Marina Puchana es la Personaje 10 del día.

 

El 28 de agosto de 1913 nacía en la población de Tangua Luz Marina Puchana, hija de campesinos, de aquellos que araban la tierra con el sudor de su frente y el arquear de sus espaldas.

 Desde niña inicia una intensa lucha con la vida y con las difíciles condiciones de su existencia que no le permiten asistir a una escuela para aprender las primeras letras. Se gradúa entonces en uno de los oficios más sencillos y duros, se hace lavandera para mitigar las angustias de su existencia y las rudezas de esa pobreza que se instala en su choza para convertirse en una sombra que siempre la acecharía.

Armada de valor, de lucha, de coraje y de ansias decide trasladarse a la ciudad de Pasto en busca de un mejor porvenir.  Sin saber leer ni escribir, pero armada de un don de gente único y envidiable se refugia en una pequeña casa del barrio Las Cuadras donde se gana el aprecio y el cariño de sus vecinos que le confían su ropa para que las manos duras y toscas de doña Luz les dé un nuevo brillo y calidez.

Y así, con esa entrega y consagración consigue uno de sus primeros sueños, ser la dueña de una pequeña casita que se convierte en su refugio, en su castillo, en su reino donde sueños, hambre y quimeras coexisten para permitirle ver la llegada de cada uno de sus hijos: Jesús, Rosa, Patricia y Luis, que con el correr de los días serían el motivo de esa su sonrisa tierna y fresca como el atardecer.  Hace de cada uno de ellos un profesional,  los educa, los quiere y los consiente con esas manos cubiertas de agua y de jabón, y los convierte en ciudadanos de bien, luchadores y buenos. Doña Luz amanece cada día, desde hace 100 años ya, con la breve ilusión de encontrarse entre los suyos para brindarles ese cariñoso abrazo que siempre fue frugal, bueno y generoso.

Sus trenzas, su sonrisa, su rostro mestizo y curtido son la clara expresión de que los milagros existen y que estos se encarnan muchas veces en las manos sencillas de una lavandera que transforma necesidades en anhelos y es fiel testimonio de que todo es posible mientras en el alma se lleve el inmenso deseo de sobreponerse a las adversidades de la vida misma.

Graduada de lavandera, postgraduada de madre, doctorada en paciencia y sabiduría, resume su labor con la frase sencilla que brota de su mismo corazón cada vez que la pronuncia: “Las manos que dan recibirán…”, la misma que ejercía cuando en las navidades frías y solitarias se dedicaba a robar alegrías con las pequeñas empanadas que obsequiaba a manos llenas a sus vecinos y allegados.  Manos buenas, manos tiernas, manos generosas las de doña Luz que cuando daba recibía en una especie de alquimia misteriosa que hacia temblar a quienes merecían su dulzura y generosidad.

Su mirada se pierde por instantes como recordando en ella el fluir de las aguas donde sus manos golpeaban una y otra vez las ropas de sus vecinos en espera de unos pesos para llevar el pan a su hogar.  Padre y madre, noche y día, lágrima y sonrisa que se conjugaron para hacer de su vida y la de los suyos un testimonio de lucha y entrega.

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