Memoria a una destacada mujer, Marcela Caballero Galindo (Q.E.P.D)

Por: Carlos Eduardo Lagos Campos*

Desde que te vi por primera vez en aquel verano de 1984; siendo yo un joven Cadete de provincia en la Escuela Militar, con tan solo 19 años y tú apenas despuntando a la vida con tan sólo 16, aprendí a amarte cada día más y a decirte te Quiero y te Amo con un beso, con un abrazo y con una caricia.

Día a día, encuentro tras encuentro, me fuiste llenando de razones para amarte y como un deseo natural que fue acrecentándose en mi corazón, empecé a pedirle a Dios que te hiciera mi esposa, mi compañera fiel para toda la vida. Quería asegurarme de seguir contando con la fortaleza que encontré en ti, con la sonrisa y la ternura que me regalabas cada vez que creías que había hecho algo para merecerlas y aún si no las merecía. Con esa clara visión que tenías de la vida a pesar de tu juventud, con la que me orientabas y me animabas a salir adelante cuando las cosas no salían bien.

Con el tiempo Quise yo ese tipo de esposa de la que cualquier hombre se siente orgulloso. Quería tener la certeza de que mis hijos iban a tener a la mejor madre, capaz de ser ejecutiva y ama de casa, mujer de talante y a la vez humilde, permanente fuente de valor que nos motivara a asumir con fortaleza las vicisitudes de la vida, pero también la fuente de prudencia que frenara los ímpetus irreflexivos con los que muchas veces queremos afrontar los dilemas que nos plantea la vida.

Y sin que yo lo mereciera, el todo poderoso quiso darme ese regalo y te hizo a ti mi esposa un 10 junio del año 1999, hace casi veinte años. Me diste el sí ante El Cristo y con ello cambiaste el ambiente cálido de tu llano y el agitado devenir de la fría Bogotá que te vio hacerte mujer, para venirte a esta ciudad de San Juan de Pasto enclavada en los Andes de América, a la que aprendiste a amar como a tu cuna y el entregaste muchos emprendimientos en el campo personales y comercial.

Al convertirte en mi esposa, fuiste mi soporte firme en las luchas diarias. Me enseñaste a ser perseverante y me decías siempre que ningún triunfo vale la pena si no había sido alcanzado con  honestidad lo cual era tu lema.

De ti recibí el mejor regalo que tu Amor me podía dar: a nuestra hija Valentina. Me la entregaste dulcemente envuelta en telas de algodón y aún con el olor de tus entrañas. Desde entonces, mi corazón no solamente se gozó en tu amor, sino que se solazó cada día con la dulce presencia del ángel que había llegado a nuestro hogar. Desde ese día  ya no me importaron tanto mis problemas, ya no me duraron tanto los motivos de tristeza o preocupación, porque sabía que en mi casa me esperaban siempre los dos amores que el Universo me había compartido.

Cuando nació Valentina, empecé a conocer y a admirar una faceta que no conocía en ti: la Marcelita madre; fui testigo de cómo te dedicaste día a día a su crianza. Cuidando siempre de cada detalle para que a ella nunca le faltara nada y, especialmente, desde el primer día y aún sin que ella te entendiera, empezaste a hablarle de cómo debería ser una niña de bien, porque tu sueño como la gran arquitecta que fuiste, era verla crecer y construir en ella a una mujer digna de respeto y admiración, amiga de sus amigos, leal y correcta, un ejemplo para su generación como en realidad ha sucedido.

Dios ha sido demasiado generoso con nosotros al darnos a una Madre y a una esposa como tú; nuestra hija es un fiel reflejo de ti y se siente muy orgullosa de ello. Ahora debemos aceptar que te haya arrancado tan temprano de nuestras vidas. Ahora que ha pasado el tiempo deseamos confesarte que aún no encontramos la respuesta de cómo hacer para llenar el inmenso vacío que has dejado en nuestros corazones de esposo e hija: Te pido perdón por los errores cometidos en el difícil ejercicio de ser padre y madre para nuestra pequeña Valentina.

Si pudieras escucharme en esa dimensión a donde partiste para siempre, Marcela, quisiera decirte que te Amo. Que me perdones si alguna vez fui causante de un dolor o sufrimiento. En este instante quisiera decirte todos los te quiero que no te dije por los afanes diarios de la sociedad de consumo. Quisiera darte los besos que te quedé debiendo. Te diría que me aprietes en un abrazo inmenso que no termine jamás, que nos dejes pintada tu sonrisa con una tinta indeleble en nuestro corazón y que nos dieras tu último consejo para seguir en este camino que en ocasiones se torna sinuoso y difícil de avanzar.

Ahora sólo nos resta decirte gracias, mil gracias por haber sido una novia, una esposa y una madre maravillosa, que aun estando enferma nos seguiste dando enseñanzas, demostrándonos que la vida se lucha hasta el último aliento, aún si las fuerzas amenazan con abandonarnos y que la fe en un mejor futuro se pierde únicamente con nuestro suspiro final.

Gracias Marcelita por lo que fuiste, gracias por la fortaleza espiritual que seguirás siendo en el recuerdo perenne que nunca se marchitará en nuestro corazón.

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