Mi madre tenía la razón

Aníbal Arévalo Rosero

Nuestras madres y abuelas son el mayor ejemplo en la conservación del medio ambiente. Ellas siempre creían que había que guardar los utensilios del hogar porque luego se iban a necesitar; con gran esmero limpiaban y ordenaban platos, tazas, copas, tenedores y cucharas, e incluso, los cubiertos plásticos se lavaban y se guardaban.

En tiempos aún cercanos, nuestras madres siempre pensaban en las fechas especiales, la visita de los familiares o las celebraciones que son inevitables. Sabiamente decían “a todo santo le llega su día”, como queriendo decir esto lo voy a necesitar. Pero el consumismo nos ha llevado a la cultura del ‘úselo y tírelo’, como el texto de Eduardo Galeano.

Recuerdo que mi madre disponía hasta las servilletas de tela, muy elegantemente bordadas, no eran de papel como hoy con unos impresos icónicos. El pan nuestro de cada día lo comprábamos en una canasta de mimbre, que mientras nos desplazábamos a la tienda servía para jugar a encestar; o llevábamos la bolsa plática del almacén Valher, donde nos compraban la ropa de diciembre. Esta se utilizaba hasta que estuviera rota o se la remplazaba al año siguiente cuando nos habían comprado una nueva ‘pinta’.

Pero entramos en la era de los polietilenos (plásticos) y el poli estireno (icopor). Ahora se consume y se tira con una facilidad que los fabricantes nos hicieron creer que romper un envase plástico formaba parte del placer. Cuando todo lo que los humanos no lo procesamos lo procesará la tierra con un elevado costo en deterioro ambiental.

Se considera que en degradarse las cucharas, los tenedores, los platos y los vasos de plástico puede llevar hasta 100 años, si no es más cuando han sido enterrados; a la intemperie se deteriora más rápido. Las bolsas plásticas entre cien y ciento cincuenta años y las botellas PET entre 100 y mil años. Y mientras tanto, respiramos un aire envenenado, tomamos agua plagada de impurezas, los suelos incorporando tóxicos que llegan a nuestro organismo a través de los alimentos. Toda inmundicia que tiramos vuelve a nuestro organismo, porque todo es un ciclo biológico que se repite como las estaciones.

La muerte de los animales marinos por la causa de la bolsas plásticas no deja de preocuparnos, pero también cuando de manera irresponsable tiramos el chicle en el césped o expuesto al ambiente, los pajaritos los consumen creyendo que son semillas, ocasionándoles la muerte en un par de días por obstrucción de las vías digestivas.

No es cierto que los tenedores, las cucharas, los platos, las copas y los vasos “desechables” se deban tirar con el primer uso; se los puede reutilizar cuantas veces sea necesario, lavándolos adecuadamente hasta su deterioro. Las bolsas plásticas se pueden reusar infinidad de veces, pero en ocasiones no son necesarias. Lo adecuado es llevar la bolsa de tela al ‘super’. Resulta ridículo que por una ‘pinche’ aspirina te den una bolsa plástica en la droguería, más aún cuando te la vas a tomar de inmediato, porque los dolores de cabeza no dan espera.

Los ecologistas, poetas y locos, no es que nos opongamos a la tecnología de punta ni a la comodidad que brinda el mundo cada día más moderno, sino que nuestras abuelas y madres tenían mucha razón, han sido las mejores ecologistas, filósofas y consejeras que han tenido los grandes líderes. Mi madre siempre decía que lo provenía de la mano de Dios no se debía derrochar ni desperdiciar. Pero, en general, a nuestras madres no les faltaba el acto de fe, sobre todo nunca les faltó el instintito de conservación, más que proclamarse ecologistas. Ante todo: madre es madre.

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