Moneta y la otra Historia de la Colombia actual, en Pasto

Por Alejandro García Gómez.

Esa tarde nos habíamos citado con mi amigo, el periodista Miguel Garzón Arteaga. Como nos habían clausurado el café contiguo a la Plaza de Nariño, me dio otra dirección: veámonos en el Café Moneta, en los bajos del Imperial, en la 26. Ahí estaba él con mi otro amigo, el escritor oriundo de varios sitios de Colombia, hoy definitivamente pastuso, Arturo Rueda, y otros que me fueron presentados. Es tan agradable el ambiente, que no dudé en preguntar quiénes eran los responsables: son ellos, me señaló Arturo a dos muy jóvenes, moviendo al tiempo la cabeza y su boca.

-Lo felicito -le dije a Édgar Portillo – lo veo como otro de los mejores sitios de Pasto para tomarse el mejor café de acá.

-Y es uno de los puntos de encuentro más agradables –acotó Jaime Enríquez de quien acababa de saber que su bolero “Locura mía”, llevó al altar matrimonial a muchas parejas en su tiempo, entre ellas a don Miguel.

-Y queda cerca de la casa de don Miguel –dijo Bernardo, compañero de mis tiempos estudiantiles, en el laboratorio de Química en la Universidad de Nariño (Udenar); él asintió con una sonrisa.

Me aparté un poco de mis amigos para seguir la plática.

-¿Cómo llegaron a esto, Édgar?

-Verá, ¿no? Después de muchos viajes y sitios que he conocido como sicólogo [Udenar] llegué un día a conocer Granada, en Antioquia.

Recordé aquella “Guernica antioqueña” que, metida entre dos grandes montañas de la Cordillera Central, tuvo la desventura de que las Farc, los paramilitares y las fuerzas regulares del Estado, “se enamoraran de ella” para despedazarla en la disputa. Y al decir “la despedazaran” no es metáfora; alguno de los “grupos armados” hacía estallar bombas en su casco urbano o descuartizaban o desaparecían a sus habitantes, todos de humilde extracción campesina, señalando a cada uno de ser cómplices del lado enemigo.

-Allí conocí un diario en el que una niña le escribía cada día a su papá, porque él había desaparecido –se le quiebra la voz aquí; calla y se le aguan los ojos. También a mí-. Eso me motivó a buscar la manera de iniciar algo que ya me había propuesto años atrás, pero no sabía cómo lograrlo: un museo de memoria histórica. Había visto varios en diferentes partes y pensé que acá también se podría hacerlo. Algún día, con mi compañero John Jairo [Paz] –y me indica con su cabeza a un joven que se ocupa de servir otras mesas- se nos vino la idea de la temática del café para sostenerlo. Él tenía buena experiencia en eso. Nos propusimos que nuestro sitio debería ofrecer café nariñense de alta calidad de diferentes municipios. Vino la búsqueda del local. Desde 2010, la Udenar había restaurado el decano de los teatros de Pasto: el Imperial. Pero su sótano y sus bajos estaban subutilizados. Hicimos la propuesta a la universidad; ésta se demoró un año en aceptarla… pero sólo por un año de arriendo (que se cumple este octubre -2019-). Y aquí vamos [supe en estos días que les prorrogaron el contrato por otro año. Aleluya].

-¿Cómo funcionan, Édgar? ¿Qué ofrecen?

-Verá, ¿no? En la parte de afuera es el café como tal y ahí lo vendemos en sus diferentes presentaciones gastronómicas. También chocolate y otras bebidas; pasteles o similares, pero que no se preparan acá sino que los tomamos de proveedores, porque la aireación no nos lo permitiría. Por eso tampoco nada de desayunos ni almuerzos ni cenas.

 -¿Cerveza y vino, también?

-No, ni una sola gota de alcohol.

-¿Y el sótano?

-Allí es La Casa de la Memoria… que sostenemos con el café.

Observo: el sótano –arreglado con creatividad y pulcritud de monasterio femenino- ha sido acondicionado como sala de exposiciones, de reuniones de organizaciones sociales, un pequeño teatro donde se presentan obras o conferencias o charlas o cine o lecturas de poesía. También tienen una biblioteca donde cada persona puede bajar su taza y sentarse a leer. Esta biblioteca ha ido creciendo con los aportes en especie, de sus usuarios. Hasta ahora han realizado varias exposiciones. Cine foro cada viernes. Lecturas de poesía, etc.

-Nuestro propósito a largo plazo sigue nuestro lema: la paz no se construye sólo entre dos bandos, debemos construirla entre todos –me afirma.

Vuelvo a mis amigos. Mientras platicábamos con Édgar, han seguido discutiendo sobre un o una poeta nariñense de quien sólo se conocen sus iniciales C.H.L.

-Ahí tienen a su propia Cesárea Tinajero. Encuéntrenlo o encuéntrenla –les digo burlón. 24.X.2019.

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