Nadie es profeta en su tierra

Por: Omar Raúl Martínez Guerra

Se me ocurre que el mundo sería mejor si la calidad de la educación se midiera por la cantidad de poetas formados y graduados en el colegio. Este prometería ser el indicador a cambio de los puntajes alcanzados por los estudiantes de grado 11 en razonamiento matemático, verbigracia, e incluso, en comprensión de lectura y escritura, una capacidad hoy considerada fundamental en el desempeño de la gente en la vida entera: la familia, el trabajo, la sociedad, el universo, el desarrollo económico, la paz y hasta la felicidad furtiva.

Las generaciones actuales no saben- ni tendrían tampoco porque saberlo- que en los cafés, las calles, las iglesias y en los hogares mismos de antaño, abundaban ciudadanos del montón que no eran bachilleres, pero repasaban diaria e infaltablemente cosas como el periódico; entendían cuanto leían, y habitualmente reaccionaban con criterio propio frente a las noticias o las opiniones ajenas. Dado su costo, relativamente bajo, pero costo al fin y al cabo, el periódico pasaba de un vecino a otro, del padre al hijo, de familia en familia, hasta encontrar su final destino en una zapatería, en donde el zapatero lo leía de cabo a rabo, justo antes de emplearlo como horma en pro de suavizar el cuero. O de papel de empaque, para devolver su producto remozado a la clientela. Cabría sospechar sobre si el cliente, antes de examinar la nueva suela de sus zapatos viejos, le daba un repaso a la envoltura, previamente a tirarlo, ya arrugado e ilegible, al tarro de la basura.

Leían de corrido y aprendían sin dejarse influenciar de buenas a primeras, inculcado por los maestros de primaria como un “no tragar entero”. Esto que en la actualidad, técnicamente, se promulga como “una competencia básica encaminada a desarrollar el pensamiento crítico”.

Nuestros padres y nuestros abuelos hablaban de política y de los acontecimientos del planeta, conocidos por ellos con algo o mucho de tardanza, pero no ignorados del todo. Sabían por ejemplo, mientras en Colombia, conservadores y liberales culminaron un siglo y estrenaron otro con una guerra fratricida, la Guerra de los Mil días, promovida por los dueños sempiternos del país y del poder desde sus placenteras casonas, en Europa un maniático líder alemán descompuesto, gobernaba con total paranoia bajo los supuestos de una inferioridad de razas distintas a la aria, sentenciadas a desaparecer bajo los letales efectos de sus cámaras de gas y sus bombas. Tragedias del mundo dirigido por sátrapas. Todo lo sabían nuestros viejos….leyendo.
Pero también en tiempos pasados la gente recitaba: parecerá inverosímil que memorizaran con singular paciencia, los discursos de Gaitán, si eran del caso; o los poemas de Julio Flórez. Sobre éstos, no bastaba quizás con recitarlos. También se cantaban:
Oye: bajo la ruina de mis pasiones
Y en el fondo de esta alma que ya no alegras
Entre polvo de ensueños y de ilusiones
Yacen entumecidas mis flores negras.

Julio Flórez es un ejemplo. Podía haber sido José Asunción Silva, Gabriela Mistral, Rubén Darío, decenas más. Era entonces imposible no hacerlo con Aurelio Arturo, siendo el poeta- nuestro poeta- constructor universal de inmarcesibles cantares, surcados desde La Unión en Nariño, hasta los puntos geográficos del orbe menos esperados.

Dije al principio que tendríamos un mundo mejor si las escuelas y colegios disputasen, en lugar de los puntajes en las Pruebas de Estado, lo hicieran sobre poemas escritos. No lo digo en vano: Un poeta o una poetisa son seres humanos que representan aquello que hoy llaman la educación integral, por decir completa, holística, ideal y perfecta. Nadie más sensible para encontrar y describir las cosas invisibles que engrandecen, magnifican o atormentan la vida sobre la tierra.

Nadie mejor para escudriñar los espacios infinitos e inconmensurables y, expresar con o sin rima, el peso de un sentimiento, el color de una emoción o la arquitectura volátil de la fantasía y del amor, o en su lugar, del dolor y del despecho. ¿Por qué no?
Si la experiencia de los pueblos del planeta nos ha enseñado, a título de consuelo ante circunstancias como la ingratitud y el olvido, a aceptar que nadie es profeta en su tierra, cabría extender esta dura ley también a los poetas: valga la pregunta, por analogía… ¿nadie es tampoco, poeta en su tierra?

Una particular circunstancia me pone a cavilar en lo contrario. Un exalumno del INEM, bachiller industrial con modalidad en electricidad, aspirante a estudios de agronomía, fue condecorado en decisión plausible, quien lo creyera, por la Asamblea Departamental de Nariño, el pasado 31 de julio del año en curso. Hasta entonces llevaba 14 libros de poesía, amén de ensayos sobre cine, literatura, bibliotecología y archivos audiovisuales, mientas deambulaba indómito entre su Pasto natal, Bogotá y Centroamérica. Me refiero a Jorge Caicedo Santacruz, bibliotecólogo, colaborador de El Espectador y otros medios, profesional del Archivo Nacional, profesor, analista y escritor. Su última publicación, «Mi Amorcito», contiene poemas en español y en inglés dedicados a los niños y a los jóvenes, en un lenguaje coloquial, sin rebusques ni adornos, inspirado en los sentimientos de la inocencia infantil en el rigor de una escuela.

Nariño es tierra de montañas que inspiran. Hacer un inventario de escritores, artistas, artesanos e historiadores y poetas es una tarea aplazada. Jorge Caicedo es un botón en la camisa, hoy premiado con la fortuna de un público que pudo disfrutar de su obra, gracias a una dirigencia regional joven y nueva que se esfuerza por valorar la cultura de la comarca.
(Nota dedicada con admiración a Jorge y a Piedad Figueroa)

Comentarios

Comentarios