Narraciones del litoral

La fuente luminosa de Puerto Merizalde

Dicen que hace tiempo hubo un alcalde en Buenaventura juró en su campaña política que instalaría una fuente luminosa a su pueblo natal de Puerto Merizalde enclavado en la selva del Naya, costara lo que costara. No sabría mucho después de estar sentado en el destartalado escritorio de madera en la Alcaldía Municipal, que esa promesa era muy difícil de cumplir. El problema no era el dinero para la adquisición de la fuente, dado que este corregimiento gozaba de las regalías que el gobierno nacional giraba cada mes por su vocación minera, sino que estaba ubicado en lo profundo de la selva, en un lugar inhóspito alejado de la civilización, carente de carretera y buques de cabotaje para transportar mercancía pesada.

Lo primero que hizo en Puerto Merizalde fue elaborar una encuesta entre los escasos habitantes, para que opinaran sobre los beneficios que traería instalarla, puesto que el secretario municipal de obras públicas le había planteado diferentes justificaciones del proyecto. La gente contestó que se dejara de pendejadas, que lo necesario era una fuente luminosa en el centro de la plaza principal, y que ellos verían qué destinación le daban. Como pudo el Alcalde viajó a la ciudad capital a comprar una fuente ya prefabricada para cumplir con su programa político.

En el afán por instalar esa obra arquitectónica, el secretario de obras públicas no cayó en cuenta que el agua requerida para impulsar los chorros no se podía conectar, dado que el pequeño acueducto por gravedad de la anterior administración no había transportado al corregimiento una gota de agua, y la energía eléctrica que había, era suministrada por plantas portátiles de gasolina de propiedad de los mineros para alumbrar sus ranchos.

Por esta circunstancia, las mujeres de los mineros armaron una gran manifestación en contra del Alcalde, gritando en sus arengas que, ellas a pesar de su miseria si tenían en sus chozas verdaderas fuentes luminosas, dado que les bastaba con abrir sus neveras para contemplar que solo estaban llenas de agua y luz. Como la situación se puso tensa, hubo que llamar a la policía y a la Fiscalía del puerto marítimo. Después de las investigaciones pertinentes, el Alcalde fue sancionado por corrupto y mentiroso; además que el Tesorero Municipal corrió la voz que esa fuente luminosa había costado cinco veces más de su valor original.

Apesadumbrados los habitantes de Puerto Merizalde por que se quedaron sin Alcalde nativo, decidieron solucionar el embrollo. Con el correr de los días convocaron a un Cabildo Abierto para decidir entre muchos asuntos el qué hacer con la famosa fuente luminosa. En medio del desconcierto, al poco tiempo apareció el cura Bejarano que cada mes iba a bautizar a los moros, y a casar a los que vivían en pecado mortal; ocasión que aprovechó para convencer a todos que se levantara allí un altar para la Virgen de los Mineros. Hubo controversia entre los que manejaban el ente oficial de Buenaventura, puesto que esa sugerencia era dar pie para que la Fiscalía los acusara de peculado por destinación diferente. Al final no se hizo nada

Hoy, en lo que quedaba de la fuente luminosa está un toldo en donde los mineros juegan dominó, y cuentan todas las noches la historia de lo que pudo haber sido y no fue.

 Unos polizontes pocos exitosos

Parado en la cubierta del barco americano, Pepe Montoya cayó en cuenta que era la segunda vez que trataba de llegar escondido a Estados Unidos, y que volvía a fallar. Desnutrido, sediento y sucio, juró que no lo intentaría jamás. En el terminal marítimo de Tumaco eran conocidas las pretensiones de Pepe y Carlín por ir a buscar fortuna a “Nueva York”. La primera vez, se escondió en la bodega del barco mercante junto con otros dos amigos, con tan mala fortuna que al llegar la embarcación al canal de Panamá fueron descubiertos por la tripulación, debido a que uno de los amigos se enfermó y no soportó la inclemencia del viaje. Fueron remitidos en un barco hasta Cartagena, ciudad en donde Pepe tenía una tía quien les ayudó para regresar a su puerto de origen.

Pasado un tiempo, intentaron otra ve y tomaron sus precauciones llevando consigo agua, panela, y aspirina. Con la complicidad de los estibadores pudieron camuflarse en el interior del carguero americano que iba hasta San Francisco. A los veinticinco días de estar navegando se levantaron enfermos, pero con optimismo porque creían que ahora si habían coronado la aventura. Era de noche, con algo de lluvia, lo que dificultaba la visión. No obstante, Pepe Montoya vio a lo lejos unas luces y gritó llegamos al Puente Golden Gate.

Aprovecharon para practicar su incipiente inglés que habían aprendido con el profesor Cortés en el Liceo, pero, sus compañeros hicieron tanta algarabía que despertaron al vigía del barco, quien alertó a la tripulación y procedieron a detenerlos. No sabía Pepe que el carguero al salir del muelle se había varado al frente de la bahía de Tumaco desde donde se divisaba el Puente del Morro, y que la sensación de estar andando la embarcación se debía al golpe de las olas sobre el casco de la misma. El capitán del barco procedió a llamar a las entidades navales para que desalojaran a los polizontes, y los judicializaran. Efectivamente, fueron llevados Carlín y los dos amigos al Hospital local, y luego para la cárcel, pero de Pepe Montoya no se supo nada.

Hay dos versiones sobre la desaparición de Pepe: la primera, es la de que se lanzó al mar, y la corriente de Humboldt lo llevó hasta Australia en donde hoy es un exitoso empresario. La segunda versión, es la de que aprovechando la oscuridad se descolgó por la escalera de gato del barco, y se metió a una canoa que pasaba en ese momento rumbo al Ecuador. Ambas no han podido ser confirmadas.

Con el pasar del tiempo, Carlín se lanzó a su tercera aventura como polizonte, y logro realizar su sueño arribando al puerto de Houston. Allí logró conectarse con otros paisanos que habían corrido con igual suerte, y en un par de años había logrado amasar una fortuna con la venta de carros de segunda.

Cierto día, estaba Carlín afuera en el andén de su negocio, cuando escuchó una voz que le decía “Carlín, Carlín, ven para saludarte”. En principio no entendió el mensaje porque entre otras cosas se le estaba olvidando el español, pero al mirar hacia la esquina vio una cara conocida, y con sigilo se le acercó. “Soy Pepe, tu amigo de aventuras, tuve la buena suerte de coronar el viaje por el puerto de Guayaquil en el Ecuador, pero estoy echando mal porque la Migra de la USA me anda persiguiendo”. Asustado, Carlín le dijo que se perdiera, porque si bien él tenía su negocio de autos usados, éste era de una gringa que se había levantado como cónyuge. No alcanzó a decirle esto, cuando apareció la Migra y los detuvo.

Ayer, llegaron Pepe y Carlín deportados a Tumaco. Tuvieron recibimiento de héroes por la hazaña lograda. A Carlín le queda el consuelo que el Rector del Liceo le ofreció el puesto de profesor de inglés para reemplazar al eterno teacher Cortés. De Pepe, dicen que la familia lo envió a vivir al monte adentro a cultivar cacao, para que no vuelva a ver un barco en su vida.

Uno tras otro fueron cayendo         

Como un demente, el único policía del caserío de La Barra asesinó a una veintena de cerdos. Los habitantes, sorprendidos, vieron cómo fueron cayendo uno tras otro con un tiro en la cabeza, disparado desde la vieja carabina Winchester 30-30 modelo 1894 de seis cartuchos que decomisaron hace años a un turista gringo, y que fue recargando y apretando el gatillo hasta casi agotar cinco cajas de municiones.

El inspector de policía había dado la orden de acabar con todos los cochinos del lugar, porque no aguantó más el asqueroso olor que emanaban. Nunca esperó que fuese cumplida por el policía con tanta vehemencia.

Durante la matanza, los pobladores no pudieron hacer nada, salvo, observar al poco tiempo la decisión del juez municipal de Buenaventura, a quien le había llegado la queja del grupo de hippies asentado en la playa, que obligó al inspector a desapartarse del cargo por su arbitrariedad. La tranquilidad del lugar no iba a durar mucho, hasta la noche que el policía borracho mató los dos últimos puercos que a la postre eran propiedad del inspector, y que tenía ocultos para la lechona de Navidad. Aquella mañana, fue encontrada la carabina con el cargador y la recámara vacíos. Las dos últimas balas habían sido impactadas cada una en las cabezas del inspector y del policía, por el sucio y drogadicto hippy de La Barra, en retaliación por la marranada cometida, y previendo una futura acción contra ellos.

Confundida en el tiempo

Al llegar a los setenta años, Madame Popó no vivió más el presente. A partir de esa fecha, para ella sólo existió el pasado.

En su juventud, conoció al exportador gringo que despachaba buques cargados de tagua desde Tumaco. Con él se casó y pasearon por todo el mundo. No tuvo hijos, pero si veinte sirvientes a sus pies, que le atendieron todos su caprichos y rabietas. Con el correr de los días, sus problemas conyugales fueron ocasionados por la pérdida súbita de memoria, provocada por el golpe sicológico asestado por el gringo, quien se enamoró de forma apasionada de la hermosa mulata que prestaba los servicios de ama de llaves, y no le volvió a hablar.

Los últimos años de su existencia, Madame Popó los pasó mirando la mar, sentada en un sofá de terciopelo, acompañada por una sirvienta anciana, tres gatos y dos perros. Le habían recomendado comer grandes porciones de ostiones que le hicieran vivir de manera rápida el poco presente que le quedaba. Pero, ya era tarde. Las telarañas del tiempo habían invadido su casa y su mente.

Se le perdió la cartera  

Desesperado por no poder pagar la deuda contraída con el agiotista, aquel hombre fue a la iglesia de Barbacoas a pedir a la Virgen de Atocha que le ayudara a solucionar dicho problema. Se sentó en la banca, y no había terminado de decir su plegaria, cuando al lado vio a la loca del pueblo. De un momento a otro, la observó salir, y de reojo miró que su billetera no estaba en su bolsillo. Sin pensarlo, gritó en plena misa: |Me robaron!

En medio de la consternación de los feligreses y del mismo cura carmelita, salió raudo en busca de la loca, pero su intento de alcanzarla fue inútil. Regresó compungido a la iglesia, y para su sorpresa encontró la billetera debajo de la banca, y al abrirla vio con asombro que todavía estaban los únicos diez mil pesos que cargaba. Al final, se persignó y dio gracias a la Virgen de Atocha, porque, si bien, todavía no le daba el dinero que imploraba, tampoco le había hecho quitar el poco que tenía.

Por encima de todo

Aquella mañana que los ladrones atracaron el banco agrario de Guapi, no esperaban reacción inmediata de los pocos policías. Al estar acorralados, sin más escapatoria, huyeron hacia el malecón y se lanzaron con el botín al rio. Sin embargo, no pudieron ser capturados. Por falta de recursos económicos, y con el ánimo de controlar gastos, el comandante de la policía local había impartido orden a sus subalternos de mantener bien limpios y secos los uniformes y armas de dotación. Los habitantes de Guapi quedaron consternados y furiosos con la disciplina de los agentes, por acatar al dedillo la orden del superior.

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