Participación política de la mujer desde una perspectiva histórica del sufragio femenino en Colombia (1930-1957)

 Por: Valentina Lagos Caballero*

La Ley 581 del 21 de Mayo del año 2000, reglamentó la adecuada y efectiva participación de la mujer en los diferentes niveles decisorios de las ramas y órganos del poder público. Para este efecto se establecieron dos reglas que consisten en que el 30% de los cargos de máximo nivel decisorio y de los cargos de los otros niveles decisorios deben ser desempeñados por mujeres.

A pesar de que esta norma constituye un paso importante en la búsqueda de la participación efectiva de las mujeres en lo público, la exclusión todavía persiste, la lucha por eliminar la desigualdad en su contra es de vieja data, en Colombia sus orígenes se remontan a principios del siglo pasado, no obstante, las mujeres aun hoy en día, encontramos dificultades para obtener una participación real, justa y equitativa.

Dentro de este contexto se hace necesario abordar el estudio sobre asuntos de género, y en segunda medida, el análisis de la participación de la mujer en la política, y de los factores que han determinado históricamente, dicha participación.

Durante el siglo pasado, tanto en el mundo como en nuestra República, se llevaron a cabo grandes movilizaciones femeninas, que reclamaban los derechos civiles, tales como el derecho a la ciudadanía el voto y la propiedad; lo que tras una serie de reivindicaciones derivó en la consecución de los derechos civiles hecho que se encuentran finalmente materializados en la constitución Política de 1991.

Artículo.13
“Todas  las  personas  nacen  libres  e  iguales  ante  la  ley,  recibirán  la  misma  protección  y  trato  de  las  autoridades  y  gozarán  de  los  mismos  derechos, libertades  y  oportunidades  sin  ninguna  discriminación  por  razones  de  sexo,  raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica.”

No obstante durante el período comprendido entre el 2006 y el 2010, se ha tenido que la participación femenina está por debajo de los límites legales, como se observa en la gráfica.

Ello evidencia, una clara exclusión laboral de la mujer en lo público, incluso por debajo de los estándares legales. Empero, la legislación y su aplicación, no es la causa del problema, sino más bien su consecuencia y reflejo. En esta medida, el esfuerzo investigativo, debe estar centrado en el análisis de las causas de dicha exclusión las cuales las encontramos en la Religión, el Bipartidismo y la Ciudadanía femenina. Toda vez que el fenómeno es histórico, y debe ser comprendido en ese contexto.

El estudio de este sesgo político administrativo del país, es importante respecto al fenómeno de exclusión político-participativo de la mujer, identificando las dinámicas y estructuras del estado colombiano y la religión, con el fin de entender que es lo que ha definido la limitada participación de la mujer en la vida pública.

Pero ¿Por qué las mujeres no han estado históricamente representadas en el sistema Político-Administrativo Colombiano? ¿Qué factores del siglo pasado, afectaron la participación de la mujer en la política?, teniendo en cuenta que durante esa centuria, la mujer consiguió el voto y la ciudadanía, gracias a los movimientos feministas influenciados por las corrientes nacionales e internacionales.

La ciudadanía, nace con el Estado liberal de Derecho y su titularidad se amplía con los movimientos revolucionarios de los siglos XIX-XX. La diferenciación de derechos civiles basados en el género, bajo las lógicas Partidista y marianistas imperantes a finales del siglo XIX y comienzo del siglo XX, generaron una situación desventajosa para las mujeres. Especialmente en relación con los derechos asociados a la ciudadanía, o mejor la falta de ellos, fue el principal problema para las mujeres, debido a que constituyeron una barrera en cuanto al acceso a la educación, lo que  conllevó a la dependencia de una figura masculina, padre o esposo, para representar sus intereses económicos, sociales y políticos. Como consecuencia de ello las mujeres tenían una capacidad política y económica sumamente limitada (“capitis deminutio“), que bien podría considerarse como un sometimiento social, bajo las directrices y los deseos masculinos. La consecución de la ciudadanía y del derecho al voto, fueron dos grandes logros de las luchas femeninas, que se dieron en diferentes momentos históricos; primero la ciudadanía y luego el sufragio. Una de las razones que retrasó este proceso fue que muchas mujeres “conservadoras” no consideraron necesario adquirir ese derecho. Sin embargo, la opinión  no fue compartida, y pese  a la insistencia de algunas mujeres, los gobiernos de principios del siglo pasado, aprovecharon la situación para decir que dado que esta reforma no interesaba a las personas afectadas (reduciendo así a todas las mujeres a un grupo minoritario) no era necesario detenerse en ello. Esta retórica insana indica la voluntad de los gobernantes de la época para mantener la relación desequilibrada entre hombres y mujeres.

El bipartidismo representó uno de los obstáculos más difíciles de superar en estas reivindicaciones, ello debido en gran parte al poder que tenía el conservadurismo el cual no permitía que la mujer fuera considerada como ciudadana, bajo el argumento que el ejercicio político debía ser ejercido entre propietarios de tierras, cabezas de familia, alfabetos, etc., donde el trabajo doméstico no tenía mayor relevancia, y por lo tanto la participación femenina en  la dimensión política no tenía cabida.

El modelo de conducta femenina socialmente aceptado, en ese entonces era el Marianismo, en el cual las mujeres tienen como referencia de comportamiento a la inmaculada virgen María. Con esto se intenta mantener la estructura social y aislar a la mujer del ejercicio político, ya que según esta concepción, las mujeres eran el centro de la vida familiar, por ello entrar a la vida política significaba el descuidar la estructura familiar y por lo tanto su deterioro; al menos ese fue el argumento que el partido Conservador esgrimió. Aunque dicha lógica patriarcalista no era exclusiva de los Conservadores, también el partido Liberal tenía dirigentes y representantes que se oponían radicalmente a los movimientos en pro de la igualdad de los derechos de las mujeres.  Entonces el proceso para otorgarle la ciudadanía a la mujer y su reivindicación en la sociedad colombiana fue efectuado por movimientos feministas, puesto que estos no estaban en la agenda de la dinámica Bipartidista.

En el contexto político del siglo pasado en el cual estos movimientos feministas tuvieron lugar, la dinámica estatal era muy conservadora y la preocupación de la sociedad se centró, en  la conservación de la estructura familiar. La mujer que ocupaba un lugar central en esta ideología tenía que limitarse al rol de maternal, para el bien de la sociedad. La niña era educada para ser madre, garantizar la unidad familiar, estabilidad y la conservación de las tradiciones.

Según Foucault, se trata de observar interacciones bajo el prisma del poder, o más bien del poder que se desarrolla de manera intrínseca a las relaciones interpersonales, pero también entre instituciones y poblaciones. En el  marco de una sociedad conservadora patriarcal, el poder está en manos de los hombres de una manera evidente, por lo que abolir esta distribución social se consideraba un  reto al status quo,  que no está en disposición de cumplir las demandas de la gente, sino perpetuar el dominio de las clases privilegiadas. El discurso que contradice el poderío masculino, evidencia el interés de las mujeres por redimir su posición en la sociedad y exaltar sus capacidades políticas, se opone al concepto foucaldiano, ya que se rebelan contra el orden establecido, y contra las acciones de poder que son ejercidas sobre ellas.

El discurso del desinterés de la mujer colombiana, a la cual parecía no importarle su figura jurídica, que además encontraba muy confortable su rol social. Parecía, perder vigencia ante la colectivización y organización de mujeres de todos los extractos socioeconómicos, que buscaban la reivindicación social, jurídica y política, de una forma justa y equitativa. Además la lucha subyacente de ser parte del pacto social, y de forma evidente ser consideradas sujetos de derecho e igualdad con los hombres. Es así como en diciembre de 1930, se da inicio a un acontecimiento histórico que se podría considerar de los más importantes ya que es el punto de partida en la lucha de las mujeres colombianas: el Congreso Femenino realizado en Bogotá.

De ahí surge que las mujeres Colombianas se unieran, en uno de los primeros pasos de la lucha gestada en 1930 cuyo resultado fue la ley 28 de 1932 que le permitió a la mujer colombiana poder administrar sus bienes y en 1933 lograr el acceso a la educación bachiller y profesional; pero esto por sí solo no generó una igualdad ya que la mayoría de los bienes seguían estando en manos de los hombres y en la educación se generó una división o una segregación de las profesiones en relación a lo que debía estudiar un hombre y que podía estudiar una mujer, en atención a que su rol dentro de la sociedad estaba ligado con la crianza, entonces las mujeres en su gran mayoría solo podían acceder a estudios limitados y se mantenía la negación de la participación de la mujer en la política y la democracia.

No obstante las mujeres seguían presionando a los dirigentes, realizando distintas solicitudes las cuales no tuvieron éxito en el aspecto político, no obstante este despertar les trajo otros beneficios durante los años 30 al 57, donde las mujeres de distintas clases se levantaron reclamando su libertad en  la educación, siendo en 1934 presentado y aprobado un proyecto de ley para la admisión de mujeres en las Universidades con las mismas condiciones de los hombres;  autoridad sobre sí misma y sus bienes, lo cual fue aprobado mediante la ley 28 de 1932.

No obstante los derechos políticos y los cargos públicos seguían siendo un privilegio de los hombres y se consideraba, como lo expresó Alberto Lleras Camargo que “debía apartarse de la política a la mujer, cuyo temperamento pasional complicaría la situación y echaría a perder el progreso en que estaba empeñada la nación”

La consolidación de estos derechos políticos no fue tarea fácil, realmente esto se dio producto de una fuerte lucha de mujeres valientes, lo que se constituyó en una verdadera victoria de los movimientos feministas durante ese periodo, quienes se valieron de todas la estrategias a su alcance para fortalecer la naciente idea del derecho de la mujer a una ciudadanía con todos sus derechos y obligaciones.

Solo hasta el 25 de agosto de 1954 el General Rojas Pinilla, logra la aprobación en la Asamblea Nacional Constituyente, con un  texto muy simple el cual en su artículo 1º expresó: “queda modificado el artículo 171 de la constitución en cuanto restringe el sufragio a los varones“.

Como a las mujeres únicamente se les otorgaba un documento de identidad, con el cual no se podía votar, ni acceder o participar como candidatos a cargos de elección popular, ni siquiera a ocupar cargos públicos; Solo hasta el 4 de marzo de 1955, se logró la cedulación a las mujeres con edades mayores a los 21 años, por ello  solo hasta el 1 de diciembre de 1957 pudieron acudir a las urnas a sufragar 1.835.255 mujeres en el plebiscito de 1957, donde se aprobó lo que se había plasmado en la Declaración de Benidorm (julio de 1956) y en el Pacto de Sitges (julio de 1957) que Gómez y Lleras habían firmado como acuerdos para agilizar el paso de la Junta Militar que sucedió a Rojas Pinilla al gobierno democrático y el nacimiento de lo que posteriormente se conociera como el frente nacional.

Paso a paso nuestros derechos se abren camino y llegará el día en que una mujer ocupe la primera magistratura del País, entre tanto, aferrándonos a los Valores de la mujer moderna como son la dignidad, lealtad, excelencia, responsabilidad, transparencia, integridad, honestidad, compromiso, respeto y empatía y en especial acudiendo a ese sexto sentido que nos ha otorgado nuestra propia naturaleza como madres debemos liderar y multiplicar una Cultura Democrática clara, honesta y respetuosa, ajena a las estrategias oscuras de la política tradicional, aquella que nos ha negado históricamente nuestros Derechos.

Aunque aún por mi edad no puedo votar invito a los colombianos y especialmente a las mujeres que lo hagan en forma masiva, bajo los preceptos de responsabilidad y moderación propios que requiere nuestra sociedad. Por ello desde esta tribuna visualizo a un País que se aleje de los extremos de la política y cada vez vaya tornando hacia los partidos y candidatos más Moderados, en la seguridad de que solo el comportamiento ponderado llevará a nuestra República a ocupar el lugar Político social y económico que se merece.

*Facultad de Ciencias Humanas

UNIVERSIDAD NACIONAL

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