Pasto años 1970

Columnista invitado: Vicente Apráez Apráez.

Pablo Emilio Obando con su don de gentes y tantos otros atributos inmanentes en su  personalidad, su riqueza intelectual y su altivez; con la espontaneidad que le caracteriza se ofrece  siempre dispuesto a compartirlos. Él, a través de  de Página 10, y del Centro de Pensamiento Libre, no desatiende ocasión que le posibilite rescatar del pretérito, pasajes que impacten el presente.

En desarrollo de lo anterior, desde hace unos meses se propuso, y a fe que ha logrado, traer desde los entreveros de la lejanía de los años a un personaje que como Gustavo Alvarez Gardeazabal, con las improntas de su estilo contestatario, dejara sembradas las  inquietudes  intelectuales que siguen en quienes con él fuimos jóvenes en los años 70.

Alvarez Gardeazabal, impactado por los contrastes que marcaba el monacal sosiego de Pasto, donde los únicos atentados contra la calma se daban por la ocasional perdida de un semoviente, los escándalos de cantina o las infaltables pendencias políticas, mientras que el resto del país asistía al drama cotidiano de las masacres y el corte de franela, desde la Universidad de Nariño en Toro Bajo, se decidió a escribir su obra: “Cóndores no entierran todos los días”.

Allí entre la ficción novelística y el testimonio de las realidades, puso a volar la maestría de su pluma para traducir la despiadada inescrupulosidad con que los pájaros, en contubernio con el bandolerismo y los intereses partidistas, propiciaron la violencia que por entonces se ensañaba contra los que al norte de Cali osaban desobedecer los códices trazados desde las sacristías y los directorios conservadores. La mención de tantos detalles inéditos entre nosotros, nos hizo recordar los malditos flagelos de la llamada independencia, y en la siniestra figura de León María Lozano, las indeseables de: Bolívar, Flores, Salom, Cruz Paredes y Sucre.

La casualidad hizo que, Alvarez Gardeazabal, con Ricardo Sánchez, Harold Alvarado y Alfonso Hansen, llegaran a Pasto seducidos por la convocatoria hecha por ese hombre superior y amigo invaluable que era el rector de la Universidad de Nariño, Maestro Ignacio Rodríguez Guerrero, quien al formularla pensó en aquilatar el acervo académico de las facultades de Educación y Agronomía. Al igual que todas las personas que por entonces llegaban a Pasto, los de ese grupo se sorprendieron al percibir que a pesar del inhóspito clima, allá contaran con contertulios que sin reservas y entre versos se avinieron a sus impertinencias.

Cada uno a su manera, con ellos disfrutamos de las tertulias que por encima de diferencias ideológicas, y bajo las premisas de la informalidad, se juntaban en los cafés y cantinas de la ciudad. De entre estas, por sus tendencias anarquistas, izquierdosas, agnósticas y su absoluta irreverencia, sobresalió esa que entre otros con, Guillermo Puyana, Ignacio Coral Quintero, Víctor Paz Otero, el Loco Bedoya, el Guillo Martínez, el palomo Guerrero, y hasta el Cachirí, el Gratulino y el Montánchez, en derredor de unos tinticos, unos pintaditos, y unas empanaditas, conformamos en la cafetería Italiana del Parque de Nariño. Desde allí, ese grupo de pichones profesionales debatió sobre el permanente caos de la Colombia renaciente del 9 de abril, la dictadura y las hipocresías del frente nacional.

Para entonces, desde el Orito en el Putumayo, las perspectivas del petróleo agrandadas por los  anuncios de prensa, propiciaron febriles sueños que el imaginario popular, con el Dr. Braulio Montenegro se encargó de convertir en refinerías y fantasiosos complejos petroquímicos. A esos empeños les sobraron cantores y en cuanto les faltaron novelistas, ellos llegaron de la mano del profesor “Trapito”, quien desde los balcones de las residencias universitarias, encima de la Librería Victoria, con ese líder fabuloso que se proyectaba en Alvaro Rodríguez Soto; los curas Gallardo y Ramos, Heraldo Romero y Guillermo Zuñiga, inflamaron los ánimos al grito de: “Refinería o revolución”. Allí fue cuando la presencia ladina de la politiquería personificada en el gobernador, confabulada con los intereses y conveniencias del centralismo, transaron por el inservible plato de lentejas de un escaño en la junta de Ecopetrol, algo que asomaba bajo los sortilegios de una definitiva reivindicación.

“Trapito”, siempre amable y con su guambia al hombro, en Pasto gozó de tanta o mayor estimación que los demás integrantes del grupo, que con el correr de los años se dispersó sin posibilidad de reencontrarse sino en las añoranzas. Alvarez Gardeazabal, en mala hora, no solo incurrió en poesía sino en política hasta conquistar la gobernación del Valle, con los resultados catastróficos atribuibles a la influencia atávica del recelo de los mediocres poderes plutocráticos, y a la ingrata incomprensión de sus paisanos. Esas trastadas, para desventura de su región, a él como a tantos otros nos sucedió en la nuestra, para siempre le alejaron de lides reservadas a espíritus obsecuentes.

Años más tarde y desde La Luciérnaga de Caracol, Gustavo Alvarez nos deparaba estupendas crónicas que solo ahora y después de tantos merecimientos derivados de su producción literaria, por el favor de Pablo Emilio en sus crónicas volvemos a disfrutar. Con Hansen Villamizar, quien en Pasto fungió como simpatizante del MRL, mientras en las tardes tomaba té con matronas siempre prestas a escuchar chismes y alagar los votos de castidad de los jesuitas, en Bogotá me reencontré en la Librería La Gran Colombia, cuando desde allí celebramos que el presidente Betancourt nombrara a Guillermo Puyana en la Embajada de China, y a Hansen en la dirección del Museo Nacional.

Esa tertulia también propició que volviera a deleitarme con la fina charla de Ricardo Sánchez, la siempre grata conversación y amistad de Lisandro Duque, las desfachateces y mala leche del poeta Harold Alvarado, o las presuntuosas y no menos ilustradas ocurrencias de Fabián Sanabria, para no mencionar a otros sobrevivientes de ese grupo, que si bien todos pertenecemos a la tercera o cuarta edad, ni de riesgo admitimos que seamos tan ancianos como se resigna Gustavo Alvarez.

Pablo Emilio me dijo que en los primeros días de noviembre proyecta realizar un conversatorio que incluye la presencia de ilustres personajes de la cultura, para quienes desde ya auguro todos los éxitos que desde luego merecen. Lástima que la actual maldición universal imponga aislamientos que nos privan de encuentros en tan gratas compañías.

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