Patrimonios de Gustavo Montenegro Cardona (2019).

Por J. Mauricio Chaves-Bustos

Quiero iniciar con las palabras que escribí para la contra caratula, que muy gentilmente me pidió el autor:

Los patrimonios individuales pueden ser compartidos, a ese hermoso acto se le denomina generosidad, y el benevolente, generalmente, tiene la gratitud de quien ha recibido; hoy Gustavo Montenegro Cardona nos brinda sus propias narraciones, crónicas, relatos y cuentos que, de manera sencilla y calurosa, nos atrapan en el ensueño de lo que en parte también fuimos y somos. Patrimonios es como un atrapa sueños, donde tenemos la posibilidad de desentrañar el sentimiento ajeno en el latido de la palabra que nos invita también a la pulsión del afecto, manifiesto en alegría, tristeza, melancolía o esperanza, en fin, palabras Patrimonio que nos conmueven en la complicidad de sabernos también hijos de ese Sur que llevamos tan dentro de sí, y del cual nos sentimos cómplices, como con la pluma que el autor nos convida tan generosamente.

A esto quisiera agregar lo siguiente: la crónica exige una comunicación directa entre la experiencia del escritor y el lector, quien debe apropiar ese sentimiento para poder también experimentar lo que ahí se dice; para ello es fundamental tener muy claro para quien van dirigidas estas crónicas, y en este caso el autor entiende que van dirigidas a un público amplio, pero principalmente a quienes son el sustento de todas estas tradiciones, de ahí el lenguaje sencillo con que están escritas estas crónicas.

De ninguna manera lo anterior quiere decir que la sencillez se confunda con la simpleza, al contrario, ese lenguaje exige un desprendimiento de los academicismos que a veces terminan por confundir, volviéndose el texto algo realmente ajeno y extraño para ese público dirigido, además, no sobra recordar que el crítico más vehemente y más importante es el público lector, son ellos quienes a la postre avalan o no los libros.

El libro está dividido en tres partes: patrimonios, intimidades y cuentería. El tema de los patrimonios está abordado en referencia a esos cúmulos culturales que como sociedad nos hemos forjado en el sur, ahí están el Carnaval del Perdón de Sibundoy – Putumayo; Carnaval de Negros y Blancos de Pasto con la crónica sobre la artista Daira Benavides, la presencia del fotógrafo francés Eric Bauer; el Concurso Departamental de Bandas de Samaniego; el Congreso Gastronómico de Popayán de 2018; el IV Laboratorio de Innovación Ciudadana por la Paz, efectuado en Pasto en 2018; el mercado de El Potrerillo en Pasto; y, por último, la escasez de agua dulce en Tumaco en la crónica Sin agua en el mar.

En estas crónicas resalta la forma cómo se describen esas experiencias particulares, donde el autor cede el protagonismo a los personajes descritos y detallados, de manera sencilla pero amena y describiendo casi el paso a paso de lo que sucede alrededor de esos patrimonios; llama mucho la atención la crónica con la que cierra el texto, ya que se narra una ausencia, la del agua en un territorio tan rico en ella, pero tan golpeada y tan olvidada: nuestro Pacífico nariñense. El patrimonio, entendido desde lo contable, es lo que se tiene y lo que se debe, los derechos y las obligaciones, de tal manera que, consciente o inconscientemente, el autor nos sumerge dentro de eso que amamos pero que olvidamos, que se vuelve otredad, periferia.

Digo lo anterior, porque, tal vez sin quererlo, hay en algunas descripciones la experiencia administrativa del autor, es la suma a una causa, pero en la medida que haya desprendimiento de ello, las crónicas pueden ser aún más humanas, desde la vertiente de la cotidianidad que, como en el caso de la última crónica, es capaz de mostrarnos una realidad inocultable y de permitirnos dolernos en ello para dar pasos en la acción civil, sin compromisos y sin marcas de ninguna especie.

La segunda parte es lo que el autor ha denominado intimidades, que son en parte sus patrimonios personales: Crecer sucede en un latido, Aniversario, El viaje de Margarita, La pluma del pacto, Arepitas y Sopita de arroz. Aquí el autor nos sumerge en su mundo personal, “el hombre y sus circunstancias”, como diría Ortega y Gasset, son las experiencias que a todos los seres humanos nos pueden pasar; logra el autor despertar la saudade en el lector, las palabras sencillas y bien caladas nos sumergen también en el mundo de nuestras intimidades.

Y finalmente aparecen los cuentos: Los hijos del trigo, El segundo vals y Anuncio. No sin razón algunos entendidos dicen que el género literario más difícil es el del cuento; se requiere ahí la precisión del detalle y la economía del lenguaje. Los cuentos que aquí aparecen muestran el interés del autor por seguir cultivando este género, quizá el salirse un poco de los lugares comunes, experimentar con enlaces y desenlaces no tan obvios, le permitirán mayor fuerza y atrapar así al lector.

En las crónicas, la recurrencia a personas que parecieran del común y que están inmiscuidas en las crónicas, dan una fortaleza y un sustento a esa base social que se quiere cubrir con el texto; estamos acostumbrados al  elitismo y a la rimbombancia social cuando se trata de describir algo importante, pero en los textos ese elitismo se esfuma, la importancia deviene de la forma como esas personas están inmiscuidas alrededor de lo que se describe, como parte importante, como esenciales en lo que se considera patrimonios.

Consideramos, desde nuestra apreciación, que hubiese sido mucho mejor si el libro se dedicaba a un solo tema, el de los patrimonios, y dejar las intimidades y los cuentos en textos separados. Entendemos que quizá hay un interés por permitirle al lector captar la importancia de lo que se considera patrimonio desde el constructo social y enlazarlo con los patrimonios personales, así lo dedujimos en la presentación que se hizo del libro en la FILBO 2019, pero leyendo el libro con atención y tratando de ser lo más objetivo posible, considero que las crónicas entre patrimonios constituyen un libro por sí solo.

Las intimidades requieren tomar cuerpo por sí mismas, son hermosas descripciones que parten del autor y se comparten con el lector, generando una especie de complicidad y de encuentro, algo difícil de lograr, ya que hay ahí pulsión y hasta afecto que deviene de lo narrado.

Finalmente, señalar que el libro tiene un formato muy agradable, la ilustración seleccionada muy acorde con lo descrito, y que únicamente encontramos un error de parte del editor en la página 83, donde se juntan abruptamente dos crónicas.

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