Pedro Alcántara Herrán, todo un sastrecillo valiente en Ipiales

Cuando se evocan esos presidentes colombianos del siglo XIX, vienen a la mente bigotes estrambóticos y patillas prominentes, así fueron o se los imaginaron los retratistas de ingenio para ganarse la vida; era la moda y la moda no incomoda. Pedro Alcántara Herrán fue el 4º Presidente de la República de la Nueva Granada, en el periodo (1841 – 1845) y tuvo mucho que ver con el Sur de Colombia, hoy departamento de Nariño.

Nació en Bogotá (1800), a los 14 años se enlistó en el Ejército Patriota, cambiando las aulas del San Bartolomé por los cuarteles. A los 16 años fue nombrado Alférez Ayudante del presidente Fernández Madrid, para luego marchar hacia el Sur y enfrentar a los realistas frente a una reconquista que ya se avenía, sobre todo por el norte, desde Cartagena.

Siendo un adolescente, se unió al Ejército del Sur y participó en la batalla de la Cuchilla del Tambo, donde los realistas les dieron una verdadera paliza a los patriotas; eran los tiempos del temible Pablo Morillo, quien desde Santafé organizó la reconquista, Warleta procedente de Antioquia, Tolrá de Cartago, Bayer del Valle del Cauca y Sámano del sur, pasando a cuchillo a cuanto patriota vieran, sin temores, sin respetar edades o sexo, si eran sabios, doctos o no doctos, algo que los historiadores pastusos no muestran.

Ahí, es hecho prisionero junto con 250 patriotas más, algunos fueron conducidos a Popayán, otros fueron ajusticiados sin observar más norma que la del odio y el terror; en la cárcel de Popayán, está Herrán junto con José Hilario López, que también llegaría a ser presidente de Colombia, al igual que José María Espinosa, célebre artista y abanderado de Nariño, quien al respecto anota:

«…El día 8 de agosto oímos mucha algazara por las calles, a poco rato sentimos pasos de tropa que entraba por los corredores de la cárcel, en seguida corrieron el cerrojo de nuestro calabozo y se presentó un capitán que decían se llamaba general Laureano Grueso y nos dijo salgan ustedes. En efecto fuimos desfilando, al mismo tiempo que nos esculcaban a ver si teníamos ocultas algunas armas, y al llegar al patio nos encontramos con un piquete de cincuenta hombres frente a los cuales nos hicieron formar en ala, y pasando el general Laureano Grueso por en medio de las dos filas algo descompuesto, empezó su arenga en estos términos: Señores: se tiene noticias de que los insurgentes en la ciudad de La Plata han derrotado al general don Carlos Tolrá, en consecuencia el brigadier don Juan Sámano ha dado la orden para que a la detonación de un cañonazo, sean pasados por las armas todos los prisioneros que existen en Popayán. La ciudad está alarmada, no hay sacerdotes que los auxilien; de consiguiente, hagan ustedes un acto de contrición, y prevéngase para morir…»

Herrán fue quintado, es decir que fue seleccionado de 1 entre 5 para no ser fusilado; no corrieron igual suerte José Hilario López, Rafael Cuervo, Mariano Posse y Alejo Sabaraín, quienes fueron conducidos a la Plaza de San Camilo en Popayán para ser fusilados, encontrando en el piso muchos cuerpos de otros patriotas ya pasados por las armas y algunos de ellos colgados sus cadáveres en horcas; de repente, un soldado entrega al Oficial a cargo un papel, es el indulto que el presidente de Quito, Toribio Montes, daba a los prisioneros, de tal manera que se salvaron por un pelo, como se dice popularmente; el Oficial a cargo, no tuvo en reparo en mandar a recoger los cuerpos de los fusilados, ordenar que los lleven a la cárcel, ya que “están indultados”, en un inoficioso intento de resurrección, como bien se dice en un documento de la época.

Herrán es conducido en cuerda de presos hasta Bogotá, donde encuentran el escenario de una película de terror, como lo manifiesta López:

“El General pacificador había adoptado la bárbara política del terror: confinamientos, fusilamientos, destierros, cadáveres exhibidos en horcas, cabezas de mártires fijadas en picotas, oficiales alojados en las casas de las viudas y de los huérfanos de los patriotas, paisanos juzgados según las ordenanzas militares, defensores realistas que eran ^caza^ de los insurgentes, secuestros, sangre, lágrimas y espanto por todas partes”.

Ahí se lo condena a servir como soldado en el Ejército del Rey, siendo enviado a Puente Real, hoy Puente Nacional, Vélez y Socorro; en 1817 es enviado a Venezuela y Casanare, donde es ascendido a Sargento 1º. Luego es enviado al Cauca y a Quito, en donde sirve al Ejército del Rey hasta 1821, alcanzando el grado de Capitán. En mayo de ese año, deserta y se incorpora nuevamente al Ejército Patriota, siendo recibido en mayo por el Mariscal Sucre, conservando el mismo grado de Capitán de Caballería.

En 1822 está en Ecuador bajo las ordenes de Sucre, participando en la liberación de Guaranda, además participó activamente en las acciones de Ibarra, Tusa, Catambuco, Mapachico, Pasto, Matará y Ayacucho. Estuvo al mando del escuadrón “Húsares de la Guardia”, y nombrado Comandante Militar de Tulcán. En 1823 es ascendido al grado de Sargento Mayor por Simón Bolívar, grado que recibe en Quito de manos del Libertador. Y así su hoja de servicios militares va sumando folios y su pecho condecoraciones, hasta llegar al grado de General y alcanzar la Presidencia de la República.

Entre 1839 y 1841 lo vemos nuevamente en Pasto, como enviado militar del gobierno en la denominada “Guerra de los Conventillos” o “Guerra de los Supremos”, ya que se cumplía la orden de cerrar los conventos con menos de 8 religiosos, vender las propiedades y pasarlas al servicio de la educación. Francisco de la Villota, del Oratorio de San Felipe, se opone a tal medida y desencadena, nuevamente desde Pasto, una revolución. Junto con Mosquera, logran finalmente un consenso, dejando como consecuencia dos bandos claramente diferenciados: liberales, a favor de un estado laico y con una separación entre el Estado y la religión; y los conservadores, a favor de un estado confesional católico. He ahí las consecuencias, con el desarrollo que muchos conocemos.

Recordemos que el 30 de marzo de 1823, el gobierno de la llamada Gran Colombia, crea la Provincia de Pasto, formando parte del Cauca. Así mismo, no sobra recordar que el 8 de junio de 1846 se crea la Provincia de Túquerres, siendo elegido Herrán como su primer Senador, tomando posesión el 1 de marzo de 1847, por un periodo de 4 años.

Pero ¿dónde aparece el sastrecillo valiente? Se dice que la historia la escriben los vencedores, lo que supone unos vencidos. Sabemos hoy que hay toda una gama de grises que van entre lo uno y lo otro, ahí es donde más nos gusta movernos, no con el ánimo incendiario de seguir sembrando odios, como lo hacen algunos historiadores en Pasto, ni tampoco desconociendo la historia de las alteridades, como lo hacen los historiadores del oficialismo. En 1823, es decir a sus 23 años, Herrán está en el territorio de los Pastos, participa en la Rinconada de Tulcán; Tusa, donde salva la vida del no tan célebre General Salom, quien estuvo a cargo de Pasto en 1822, por los tristes hechos conocidos como “La navidad negra”.

Y entonces aparece El sastrecillo, aquel hombrecillo que protagoniza un cuento de los Hermanos Grimm, quien de un fuetazo mata 7 moscas, generando primero asombre y luego terror entre los habitantes de un reino imaginado, el mismo que llega a conquistar, más a punta de inteligencia que de fuerza. En la biografía del General Herrán, y que llamó tanto mi atención, se lee:

“En la hoja de servicios militares del jeneral Herran figuran como acciones distinguidas de valor varias, entre ellas su hazaña de Mapachico, donde, mandando la vanguardia del ejercito patriota, compuesta de solo 300 hombres, derrotó completamente a los realistas, que presentaron en combate 700; pero yo, señores, considero como la mas insigne de todas la de Ipiales, donde con cinco atacó a ciento, i salió victorioso tambien: proeza verdaderamente fabulosa; tanto …. no; mas fabulosa aún que la de Vélez en Rio Caribe. Si Herran, en vez de atacar en aquella ocasion, hubiera resistido, yo le llamaria el Horacio Cócles de Colombia”.

“Donde con 5 derrotó a 100” repiten los historiadores la hazaña de nuestro sastrecillo valiente, “Ipiales donde con 5 derrotó a 100 y les cogió prisioneros” anotan otros. Imagino la escena del sastrecillo, no azotando moscas, sino venciendo gigantes. ¿Cómo sería ese campo de batalla en Ipiales? Haciendo trabajos de espionaje, entre Tulcán e Ipiales, bajo el mando de Bartolomé Salom primero y luego de Juan José Flórez, debió conocer el terreno, los pasos secretos, además, todos lo reconocieron como un experto jinete.

Al mejor estilo de un comic japonés, nuestro héroe debió batirse, con espada en mano, a 100 realistas salidos de la boca del Volcán de Pasto, luego Galera, hoy Galeras, e incautamente llamado por algunos Ucurnina. Estarían cansados, con hambre, toda vez que Ipiales y Obando en general, con excepción de Pupiales, fueron afectos a la causa patriota desde 1809, pese a todo lo que quieran decir los historiadores del odio y del realismo rayano en fanatismo, sin encontrar en tierra de Pastos reposo o vituallas.

Herrán, con seguridad contó con 5 gigantes para enfrentar a 100 realistas. ¡Pum!, ¡Tras!, golpes por aquí y por allá, para vencer a 100, en una diferencia de casi 1 a 20. Lástima grande no conocer la historia de los 100 vencidos, justificando sus miedos y sus temores, ¡es que Herrán y los 5 Caballeros del Zodiaco no dejaron a ni uno vivo!

Lástima no encontrar un documento que pueda esclarecernos lo que pasó en Ipiales, entre agosto y diciembre de 1823, para de esta manera tener una aproximación a un hecho que, a todas luces, suena fantástico.

Bogotá, en el Bosque Popular, a los 13 días del mes de marzo de 2020.

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