Pedro Bombo personaje típico de Pasto

 Por: Julián Bastidas Urresty

Pedro Zarama Castillo nació en San Rafael Arcángel de Tangua, el último día de 1931. Fue también el último bautizo que hizo el cura Luis Ismael Chávez antes de cambiar de parroquia. El niño Pedro seguramente recibió poco afecto familiar, talvez por padecer de algún grado de discapacidad intelectual y la disartria que le dificultaba el uso adecuado de los músculos de la boca, de pronunciar bien las palabras. Nadie se preocupó por llevarle a la escuela. Seguramente su padre, algún terrateniente de Pasto, no quiso reconocerlo como hijo, pero Pedrito guardó para siempre el apellido de su progenitor.

Era un adolecente cuando tomó el camino de Yaquanquer y en Pasto fue acogido en la residencia del padre Fidencio Concha, un sacerdote caritativo, de buenas cualidades humanas que vivía con su hermana Josefina, cariñosa y bondadosa mujer con dotes de santa. Monseñor Concha vivía en el centro de la ciudad, en la calle 17 frente al antiguo colegio de señoritas de la Merced, a 25 metros de la iglesia Catedral, a 120 metros de la iglesia de San Juan y de la plaza de Nariño, a 200 de San Agustín y a 220 de San Andrés. Pasto era una ciudad pequeña, de gentes muy religiosas que guardaban la cordura y el buen sentido de vecindad. Era el sector donde transcurrían, desde la colonia, todas las procesiones y rogativas.

Muy pronto Pedrito observó la tarea espiritual de su mentor y entendió que el mejor camino de la vida era ayudar a la propagación de la fe religiosa y promover la participación de los fieles en los ritos litúrgicos católicos. El centro de la ciudad era el lugar adecuado para desempeñar este oficio. No había muchos automotores lo que facilitaba su labor en las calles. Para ello se equipó de un instrumento musical indicado para atraer la atención de la gente: un típico bombo de cuero de vaca o de yegua que se usaba por entonces en las bandas más rudimentarias. Recorría las calles golpeando el cuero con una baqueta o maza con cabeza de caucho en uno de sus extremos. Con un altavoz de lata daba a conocer los eventos religiosos y civiles que se iban a celebrar en Pasto y en los pueblos indígenas que rodean la ciudad teológica de Colombia. Gustaba mucho encabezar las frecuentes procesiones, el carnaval y otros desfiles. A fuerza de verlo en las calles con su típico instrumento de percusión la gente le conoció como Pedro Bombo.

Seguramente asemejó su instrumento al bombo de batería de las orquestas y por eso, con el tiempo, le adaptó una botella u otro guijarro para obtener el sonido del platillo y del cencerro.  En alguna ocasión colocó, en el frente del bombo, un pequeño cuadro con la virgen de las Mercedes, patrona milagrosa y muy venerada en la ciudad, para que lo libre de todo mal.

Como hombre orquesta, además de tocar el bombo, hubiera querido lanzar los fuegos de artificio, pero esta doble tarea le era imposible ejecutar. El problema se resolvió cuando conoció a su congénere Avelino apodado “el Pólvora”, otro frecuentador de la calle en tiempos de fiestas patronales. “El Avelino” era un experto en pirotecnia y cohetería, sabía encender y lanzar globos y “cuetes”, también “buscapiés” conocidos como “cuyes” en la localidad. A veces, con picardía algo peligrosa, no apuntaba los buscapiés hacía el firmamento sino a los pies de las gentes que saltaban alocadas con miedo y algarabía expresada con carcajadas nerviosas. Algunas veces, si la ocasión lo ameritaba hacia uso de “tronantes”, artificios de mayor capacidad sonora que asustaba a las gentes y hacía aullar a los perros.

Debido al frío de las calles de Pasto, Pedro Bombo vestía ruana y algún saco usado, generalmente muy grande para su talla. Siempre usó sombreros de paja toquilla o gorras de todos los estilos, como la de un piloto de avión de la segunda guerra mundial, regalada talvez por un alemán de los que se refugiaron en Pasto, ciudad muy alejada del mundo.

Pedrito era un hombre bueno, humilde y servicial. El oficio que desempeñaba, su presencia particular y pintoresca causaba una sonrisa, un gesto de simpatía. Conocía muchas historias de la vida en la ciudad, pero, al contarlas, apenas se hacía entender por no articular bien las palabras. No era el tonto del pueblo que sufría la burla y maltrato de la gente. No pedía dinero, pero a veces recibía algunas monedas por promover, con su bombo y altavoz, productos de la gastronomía local: empanadas de añejo, quimbolitos, pan con queso o con concho de marrano.

Era querido y respetado por todos. No se supo que fuera agredido por energúmenos que siempre existen en las ciudades. Si alguien lo hizo debió aceptarlo con una sonrisa pues conservaba la serenidad de los sabios. No sucedía lo mismo con un personaje conocido como “Carta brava” que tiraba piedras e insultaba a quienes le gritaban ¡hueso!. Otro llamado “Fabito”, personaje charlatán, locuaz y fanfarrón conocido como “doctor pantalla”, fue poco querido de la gente y ni siquiera alcanzó la categoría de personaje típico.

Pedro era un ser humano bueno, cándido, que vivía en una sociedad virtuosa, muy católica y allí cabe la tesis de Rousseau “el hombre es bueno por naturaleza”, contrario al individuo egoísta, individualista e injusto producto de la sociedad capitalista que puede llegar a matar al prójimo para mantener sus poderes y privilegios, para aumentar la superficie de sus Inconmensurables tierras.

Pedro Bombo murió el 30 de julio de 1983 al inhalar el humo venenoso que produjo un incendio en el pequeño cuarto donde ahora vivía, cerca de la iglesia de San Andrés. Dormía sobre un colchón de tamo, tirado en el piso y guardaba algunos chécheres y cachivaches en una caja desvencijada de cartón. Las llamas hicieron explotar el bombo y derritieron la corneta. También ardieron muchas estampas de vírgenes y santos. Cómo hubiera lamentado saber que se quemó una fotografía que registraba el paso del “Niño Dios de las Meregildas” al que tanto quiso y acompañó en las procesiones a comienzos de cada año. Muchos lloraron su muerte. Con cara de pesadumbre el gobernador, el alcalde de Pasto con su comitiva, acompañaron la despedida de Pedro Bombo. Así desaparecía el hombre humilde que hizo parte de las calles de Pasto, que se convirtió para siempre en un personaje esencial en la vida y paisaje urbano y humano de la ciudad.

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