Perfil humano de “El Pote Mideros” (Y aproximación al origen del sonsureño “Sandoná”)

Cuando en la avanzada noche del lunes 1º de diciembre de 1997, entre las brumas de una esquina de la inmensa plaza de Tunja, telefoneé desde un público a mi hogar para saludar a los míos, jamás esperé esa noticia que me dio mi esposa: “acaban de llamar para informarnos que don Jorge ha muerto”. Inmediatamente llamé a su casa en Bogotá. Serían entre las nueve y media y las diez de la noche –no existía la comunicación por celulares aún- y el marco neblinosamente fantasmal y frío, pero bello, de la plaza mayor de Tunja (a 2.810 metros sobre el nivel del mar, msnm) me sirvió para hacer lo único puede hacer un hombre solo ante la muerte de un amigo: lloré.

Me encontraba allá desde el sábado 29 de noviembre, por algunos compromisos de intercambio cultural y deportivo entre profesores de los INEM de todas las ciudades del país. El Pote había nacido el 18 de agosto de 1921 en Sandoná (Nariño), población parapetada en una de las estribaciones del volcán Galeras, entre éste y los abismos torrentosos del rugiente Guáitara, con un agradable clima cafetero y 1848 msnm.

El Pote y la violencia en Sandoná, su cuna de vida y musical

Yo había conocido a Jorge Rodríguez Mideros (El Pote) de toda mi vida, pues nuestra familiaridad (su esposa Alicia Gómez de Rodríguez –qepd-, hermana de quien fuera mi madre, Angélica Gómez de García -qepd-) así lo había permitido; en los fines de año de nuestra infancia y juventud eran esperadas las visitas de mis primos Alicia, Cecilia y Jorge Rodríguez Gómez, con sus padres, a los cálidos y consecutivos días y noches de juegos infantiles primero; luego de fiesta y palique de navidad, año nuevo y carnavales en el parque y en las calles de nuestro pueblo, alegre y rumbero, de resaca en resaca hasta el desgaste total (cada viaje –Bogotá-Sandoná- que para entonces ya era sólo de 26 a 30 horas más o menos, sin contratiempos en la vía. Igual para el retorno). Había conocido de oídas el trajinar de El Pote con la música desde su niñez y su juventud, junto con el tortuoso recorrido (de casi seis días, en esos tiempos de la primera mitad del siglo XX; un tramo se viajaba en bus y uno o dos en tren) desde el lejano sur de su pueblo hasta Zipaquirá y luego a Bogotá.

Sandoná, población de mediano tamaño, se ha caracterizado por tener lo que voy a llamar –con la venia de mis lectores- una “herencia musical” que portan muchas de sus familias. Este presunto “genoma musical biológico-cultural” ha provisto a la población de un gran número de hombres y mujeres, músicos de muy variado grosor en sus calidades sí, pero músicos todos al fin y al cabo, herencia que perdura hasta el día de hoy y que continúa en los retoños. En tiempos de la llamada Violencia (liberal-conservadora, siglo XX) llegaron a existir tres bandas musicales, a pesar de que el número de habitantes era menor al de hoy después de casi 80 o 90 años (hoy 25.200 actuales en total, 11.200 urbanos): la Olaya Herrera con cincuenta integrantes aproximadamente (según testimonio de músicos de ese tiempo) y con la impronta del Partido Liberal-; la Santa Cecilia –de los conservadores- con treinta y cinco personas, aproximadamente-, y la Gardel -de tendencia también liberal- treinta integrantes, aproximadamente. Sus directores eran obligadamente o liberales o conservadores también.

A mi parecer, la división de los músicos en bandas de partido formó parte de una innata competencia -intrínseca en todo sandoneño en cualquier actividad-, rayana en la envidia hasta hoy; aunque también puede ser tomada como una innata y reconcentrada envidia sublimada en la competencia, que es la que le ha procurado saltos de progreso a la población, aunque también lo ha estancado. Pero además, a la envidia o a la competencia (como se las quiera ver), en ese entonces se le sumó el furor político violento con el que se pretendió uniformar a toda la población –al igual que a todo el país-, en la actividad musical y en el resto de costumbres culturales y no culturales, por los dueños del poder, manipuladores de la violencia de esos días, siempre buscando no sólo no perderlo sino acrecentar sus privilegios, fin último y mezquino de esa búsqueda ansiosa. Hoy sucede algo similar en nuestro país, con algunas características diferentes, de acuerdo a las épocas.

En el Sandoná de esos tiempos, de mediados del siglo XX, hubo hechos de gran ferocidad ejecutados por la llamada “Marimba Católica” que no tiene nada que ver con el instrumento musical de la Costa Pacífica llamado solamente marimba. La Marimba Católica de Sandoná, y del Departamento de Nariño, fue otra de las violentas características de tiempos posteriores a la caída del Partido Liberal del poder (1946), o sea posterior y consecuencial a la retoma del poder de la llamada Hegemonía Conservadora, y –en Sandoná- estaba formada por grupos nocturnos de hombres de este partido político, reclutados entre funcionarios y no funcionarios públicos (pero aspirantes a serlo, “de lo que fuera que haya que hacer”), armados de piedras, garrotes, cuchillos, combustibles, teas incendiarias, alguna que otra arma de fuego, y actuaban bajo el efecto del azuce del fanatismo político y religioso y en medio de las bebidas alcohólicas suministradas a veces por la misma administración municipal y otras por terceros civiles que se las proporcionaban porque deseaban causarle daño a alguna persona o personas específicas.

La Marimba Católica fue creada tanto por los mandos de la frenética clase política conservadora pueblerina (conocida en el país como godos) dependiente de la igualmente sectaria y recalcitrante de las capitales, departamental y nacional, conocida también como “La Godarria”, al igual que por la furia de una clerecía católica sectariamente recalcitrante (salvo honrosas, mínimas y contadas excepciones, como la de –al parecerel Padre Luis Rodríguez, párroco de Sandoná allá por el año de 1947, personaje al que nuestros historiadores locales empiezan a estudiar, pues a él se debe la construcción de uno de los templos más bellos de Colombia, levantado en roca volcánica pura). El testimonio de una persona me señala que fue el Padre Rodríguez quien le endilgó el nombre de “Marimba Católica” en el púlpito dominical a ese feroz actuar político, pero yo no he podido comprobarlo en un mayor número de testimonios y en otro tipo evidencias.

Actualmente el sectarismo de un gran sector de la clerecía católica colombiana aún persiste en acompañarse de un manto de violencia, como quedó evidenciado en su actitud negativa ante el reciente plebiscito frente al Proceso de Paz con las Farc, a pesar de que el mandato evangélico sea repetido en cada celebración eucarística por ellos como “celebrantes” y por nosotros, la feligresía (“…Mi Paz os dejo, Mi Paz os doy –el “Pax vobiscum-…”). En ese 2 de octubre de 2016, el clero colombiano hizo “mutis por el foro” y, con honrosas excepciones, miró hacia otro lado y no quiso comprometerse ni abierta ni explícitamente a favor de la paz, en los acuerdos Estado-Farc, como sí lo hizo el Papa Francisco, hasta donde a él le era posible, como extranjero, como ciudadano del mundo, como jefe de Estado, como cristiano católico y como papa.

Que la totalidad de cristianos de otras iglesias diferentes a la católica lo hubieran votado negativamente, es casi comprensible por cuestiones culturales (que no son objeto de este texto) y por la inmensa propaganda de los enemigos políticos y económicos de la paz (así hoy se empeñen en negarlo, provenientes en su mayoría de una feligresía que dice ser católica practicante, como expresidentes y personajes de alto y mediano rango dirigente), que bombardearon al país con manipuladora opinión y falsa información (“fake news”) debido a sus intereses políticos y económicos, como quedó demostrado posteriormente. Ese actuar sólo se comprende dentro del accionar mezquino y belicoso que les depara dividendos no sólo políticos sino económicos en una guerra en la que jamás le han puesto ni el pecho a las balas, ni ellos ni sus hijos ni ninguno de sus seres queridos ni sus recursos, sino que “impulsan” a los de siempre, “los hijos de los de abajo” y siempre con los dineros del Estado, que son los de nuestros impuestos.

Son los mismos enemigos de la paz que continúan con su campaña de mentiras, porque conocen y temen las verdades que la Verdad guarda. Pero que haya votado negativamente dicho plebiscito la clerecía católica, de una formación cultural aceptable y hasta elevada en la mayoría de sus cuadros, y varios aun de alta cota cultural, que estudia la filosofía y la historia universal desde los pénsums de sus centros de formación, seminarios o universidades, además de su propia doctrina evangélica, es de difícil comprensión para un católico de la masa, pero preguntón y respondón como yo. Aun hubo prelados, de alta, mediana y baja estofa, que utilizaron su ascendiente para ponerse abiertamente en contra del plebiscito -y aun contra el Papadesde los púlpitos (que ahora se prolongan en programas radiales, televisados, etc. y aun en redes sociales), a veces de manera ambigua y nebulosa o a veces explícita y agresivamente. La mayoría de esa clerecía, para no ser señalados de “políticamente incorrectos”, metió su cabeza dentro de la arena frente a la tormenta, como el avestruz. Algunos de estos hechos han sido expuestos por mí en “Escritor nariñense Alejandro García Enríquez. Reseña biográfica” (2018, perfil biográfico sobre ese pensador, escritor y poeta -que fue nuestro padre- y que se encuentra publicado en internet en seis partes o entregas).

Hecho violento de la “Marimba Católica” contra un músico en Sandoná

A propósito de músicos también, otro de estos hechos de la ferocidad sandoneña político-religiosa lo conocí posteriormente a la publicación del texto que acabo de mencionar (la reseña biográfica sobre mi padre): el acto violento ejercido contra el taller de arreglo de sombreros de paño del señor Aurelio Cabrera Izquierdo (liberal, qepd), también trompetista -coetáneo, colega y amigo de El Pote- al parecer también en la misma noche madrugada del 11-12 de octubre de 1947, y también, por la llamada “Marimba Católica”, o sea, el mismo día y momento en el que ha sido narrado el otro acto inhumano en el texto que acabo de mencionar y que fue cometido contra el señor Azael Rivera y está ampliamente narrado en la reseña biográfica sobre mi padre (mencionada antes –internet-).

Esa misma noche los vándalos irrumpieron en la casa-taller del señor Cabrera Izquierdo y lo destrozaron al igual que su trompeta, que la despedazaron en varias partes que al día siguiente hallaron sus hermanos; fragmentos esparcidos en los rincones de la casa y de su huerto. El señor Aurelio Cabrera Izquierdo logró escapar de sus agresores por la quebrada (arroyo) que forma el agua desprendida de “La Chorrera” a su paso por la población, ayudado por su amigo personal Aurelio Cabrera Cabrera, que andaba también “mezclado entre la chusma”, según palabras que me testimonia el hermano de don Aurelio Cabrera Izquierdo, el profesor Augusto Cabrera. Es decir, un Aurelio Cabrera (Cabrera) conservador, y que al parecer andaba entre la Marimba Católica, salvó a otro Aurelio Cabrera (Izquierdo) liberal, su tocayo y amigo personal.

Esos ribetes humanos impredecibles e inexplicables tenía la Violencia de entonces, y aun ahora continúa teniéndolos: la solidaridad y la violencia, hijas del amor y de la muerte, los grandes motores, quizá los únicos, que han fundamentado el devenir humano. Para los días de estos hechos, el señor Cabrera Izquierdo tenía su casa-taller ubicada en lo que ahora es el barrio San José Obrero, entre las carreras cuarta y quinta, más o menos frente o algo diagonal a la actual ferretería de la familia Delgado España. Para recuperar algunos recursos para otra trompeta, el señor Aurelio Cabrera Izquierdo imprimió unos volantes en Pasto, a manera de tarjetas, en los que pidió la generosa colaboración de ayuda y están fechados el 29 de octubre de 1947 (según el testimonio de su hermano Augusto, que me aseguró que esta fecha para él es indubitable, porque la recuerda como “uno de esos hechos de la vida que uno jamás olvida”).

El señor Aurelio Cabrera Izquierdo fue luego director de la Banda Departamental de Nariño en Pasto y es el mismo señor Aurelio Cabrera Izquierdo quien después fuera el dueño, administrador y barbero de la Barbería Atriz, muy conocida y reconocida en el Parque Nariño -centro de Pasto-. Pero es que además, la familia Cabrera Izquierdo también pertenece al “presunto” genoma sandoneño biológico-cultural musical, al que hacía referencia al comienzo de esta semblanza. El hermano mayor del señor Aurelio Cabrera Izquierdo, Heriberto, también fue trompetista y contemporáneo y amigo de El Pote Mideros. Un poco más o menos, por los días de cuando El Pote partió hacia Zipaquirá, Heriberto lo hizo hacia Pasto, nuestra capital departamental. Allí formó parte de la orquesta Alma Nariñense y de la Banda Departamental, al igual que luego lo sería su hermano Aurelio. Cuando eran muchachos ambos trompetistas -Heriberto y El Pote- la Banda Gardel era invitada a amenizar la misa y las fiestas de algunas festividades en algunas veredas de los campos sandoneños.

Eran jornadas de un día entero y había que cargar con los instrumentos. Todo el traslado se hacía a pie entonces, ida y vuelta, y así la banda debía desplazarse desde muy temprano en la mañana y volvía al atardecer al casco urbano, entrando la noche. Los niños de la casa, en este caso el niño Augusto (Cabrera) y otros niños, familiares del resto, llevaban el almuerzo y algún refrigerio a los músicos de la banda, hasta el sitio donde estuvieran trabajando. Que ellos se quedaban escuchando y observando la fiesta y que, al volver por los caminos de a pie, me refiere Augusto, El Pote y Heriberto se retaban con la trompeta en cada curva del camino de regreso, por lo largo de la caminata. Nada de alcohol, lo cual es raro en músicos, y más, mucho más, en músicos sandoneños. El uno tocaba en una curva y el otro le respondía desde la otra. Sus compañeros hacían de jueces.

Estas anécdotas y los actos violentos fueron referidos a este cronista por su hermano, como dije, el señor Augusto Cabrera, profesor jubilado de la Universidad de Nariño; todo hace parte del entramado histórico. Así es como poco a poco vamos tejiendo la historia de nuestras poblaciones, que es la de los hombres y las mujeres que con empeño, dinamismo y coraje las han levantado y dado vida, y con ellas construimos la Historia de nuestro país. Quizá haya otros hechos más, que por ahora me son desconocidos, y que seguramente vendrán a complementar otros escritores, cronistas o historiadores. Pero por ahora dejo ahí este trasegar histórico de nuestra patria, de la grande y de la chica importante para enmarcar el destino de vida de nuestro Pote; porque estoy seguro de que el azar del destino de cada uno de nosotros está regido por el azar del acontecer del mundo que deviene en el de cada país, éste en el de cada región y luego en cada localidad; y las leyes de ese azar del mundo lo rigen los dioses del poder, por eso es que cuando creemos que todo lo tenemos conocido y reconocido, una que otra situación súbita nos aclara que no, que los dueños del rayo, del trueno y de la tempestad mundana han hablado.

Su viaje a Bogotá

El Pote había nacido en Sandoná en una típica familia de clase media de una localidad de una muy quebrada geografía y que, quizá por esto y por no contar con riquezas mineras, jamás se ha distinguido por la opulencia de sus pobladores, aunque sus suelos pertenecen a un subproducto de la meteorización volcánica del Galeras principalmente, con lenta pero constante renovación y de ahí su exuberancia agrícola; los integrantes de su familia pertenecían al Partido Liberal. Su padre se llamó Clodomiro Rodríguez. Según el testimonio del señor Lucho Guzmán (músico, discípulo suyo, en entrevista de Informativo del Guaico, 23.VIII.2019), asegura que quien le enseña los primeros pasos de la música a El Pote es su tío materno, Heliodoro Constaín, saxofonista tenor de la banda Gardel, de Sandoná.

Un testimonio familiar me asegura que aunque su tío Helidoro sí era saxofonista no conocía teoría musical y es posible que sí sea así, pero – pienso yo- era músico, y músico de esa banda “liberal”; por eso me atrevo a unir los dos testimonios, hago una conjunción de ambos y me inclino a concluir que Constaín sí debió enseñarle algo, alguna incipiente instrucción de base, así fuera a “tocar de oído”, como decimos, con uno que otro “principio teórico” mínimo, por ejemplo las notas musicales, algunas variantes de éstas y algo más; y no me meteré en este berenjenal de la música en el que soy absolutamente ignorante. Según el señor Guzmán también, de la mano de Constaín llega a la Banda Gardel siendo un niño, quizá había terminado su escuela primaria y habría probado otros oficios, como era la costumbre cuando un niño llegaba a la pre y luego a la adolescencia: “se fogueaba” en el desempeño de varias alternativas de un posible futuro trabajo, bajo la tutela de un maestro artesano (sastre, albañil, carpintero, etc) o en el trabajo del campo, peones de agricultura.

Para las niñas era otra la alternativa, porque se las disponía a ser amas de casa, madres, preferiblemente con matrimonio (católico, claro). En la Gardel, estuvo primero bajo la batuta del maestro Rafael Hernández Enríquez y luego del maestro Juan Castillo, quien posteriormente se convirtiera en su gran amigo. El maestro Castillo lo aconsejó que se presentara a la Banda Departamental de Nariño, cosa que hizo -según Guzmán también-, a los 15 años (deduzco que para 1936, más o menos). El director de esta banda lo descartó por su edad y baja estatura, pero además le aseguró que no servía para la música. No sólo en las artes sino también en las ciencias, son muy comunes estos descalabros de parte de quienes están llamados a dar alguna forma de veredicto a jóvenes personas que, una vez descartadas de tal o cual talento, se convierten en figuras talentosas y hasta geniales de una región o de un país o aun del mundo; o también en fracasos de vida.

Los estudios formales de El Pote podrían resumirse en los que daba la escuela primaria colombiana urbana de esos tiempos y, en la parte musical, los que recibiera de sus dos maestros de la Banda Gardel, además de los iniciales de su tío Heliodoro. Es absolutamente claro que no tuvo estudios de Conservatorio. Claro, él posteriormente se cultivó, estudiando por su cuenta y leyendo en el mínimo tiempo que le quedaba (soy testigo de su tenaz disciplina, ya en mis tiempos de adolescente y joven), tanto en la música como en otros temas que le llamaban la atención.

El ambiente político colombiano en la adolescencia de El Pote

Ahora volvamos a ubicarnos en otro ángulo de la parte política de nuestro país de entonces. Más o menos en 1936, El Pote –de familia liberal- había sido descartado para la Banda Departamental de Nariño y, como es natural, sufriría dentro de sí el dolor de la frustración por el rechazo a sus deseos y esperanzas de abrirse campo en algo que él sentiría que era lo suyo entre los otros oficios que suponemos que habría ensayado. Recordemos que para ese año nuestro país se encontraba bajo la llamada Hegemonía Liberal, comenzada en 1930, con el ascenso de Enrique Olaya Herrera como presidente. En 1934 había empezado el cuatrienio de Alfonso López Pumarejo quien, en 1936, puso en práctica su llamada Revolución en Marcha. El tío de El Pote, Baltazar Mideros, liberal también como el resto de la familia, en tiempo de esta hegemonía -y para la fecha de 1938- trabajaba como policía en Zipaquirá, según testimonios familiares. Él es quien invita a El Pote a viajar a Zipaquirá, según una versión, a los 17 años o quizá unos días antes de los 17 cumplidos (alrededor de 1938 un poco más o menos).

Según otra versión, también familiar y quizá un testimonio mucho más directo, él llega a Bogotá y Zipaquirá en 1939, o sea alrededor de los 18 años de edad, no sabemos si cumplidos o casi cumplidos. Las fechas exactas con día y mes no han sido posibles en este caso; generalmente esto ocurre en la mayoría de testimonios de amigos o familiares o relacionados de alguna manera; las fechas –muchas veces posibles y pocas exactas- las deduce algún familiar, por acontecimientos internos o externos a la familia. ¿Por qué es importante conocer esta fecha? Para conocer la situación política del país. ¿Y por qué es necesario conocer la situación política? ¿Se trata de deducir algo? Miremos: he sido de la opinión de que el llamado Destino Humano (Fatum, para los romanos y Ananké, para los griegos antiguos) está gobernado por decisiones personales que –a veces sobre diferentes y variadas alternativas y otras veces sobre muy pocas- se nos presentan y todas las personas nos vemos abocadas a decidir en el marco de un contexto ineludible de condicionantes.

Para todos los seres humanos, esos condicionantes están marcados por una historia y una geografía –ambas culturales, políticas, sociales y económicas- que cargamos con o sin nuestra voluntad y que están relacionadas con la geografía y la historia mundial también cultural, política, social y económica de ese mundo (espacio) en un momento determinado (tiempo). Estos elementos crean también las condiciones a nuestra propia familia, que es el espacio más importante del “nicho” donde “vamos a construirnos”, el nuestro, el de cada uno, dentro de ese gran hábitat que es nuestro pueblo o nuestra región o nuestro país o aun el mundo. Todos estos elementos, incluida nuestra familia, pienso que es lo que hemos denominado como “Hado personal”; él es quien actúa sobre nuestras propias decisiones, o sobre lo que comúnmente denominamos como nuestro “Libre albedrío”. Esta ha sido la razón para intentar conocer las fechas y sitios por sobre los que deambula nuestro Pote en ese otro gran “hábitat temporal” que, para mí, es la historia.

1936 es el año en que Alfonso López Pumarejo, presidente liberal desde 1934, realiza la parte más brillante de su gobierno –la “Revolución en Marcha”-; aunque desgraciadamente, el mismo presidente y en diciembre de ese mismo año, en una exposición industrial en barranquilla, decretó una “Pausa Revolucionaria” (prolongada hasta la actualidad), “Pausa” que –irónicamente- dejó trunca la “Marcha”; esto lo hizo, claro, apretado por las élites de derecha liberales, conservadoras y el gran clero católico. Estas élites –obnubiladas por su acostumbrada miopía cicatera- jamás entendieron la inmensa visión de estadista de López Pumarejo, del país que proponía, y la troncharon. Si Colombia en vez de mochar la cabeza a esas reformas –no socialistas, para nada socialistas sino capitalistas, eso sí capitalistas modernas- las hubiera implementado, nuestra historia se habría librado del baño de sangre que hasta hoy ha ahogado a muchos y al resto ha salpicado.

Aunque hay también quienes argumentan que López Pumarejo jugó a prestidigitador: como aún estaba sangrante el recuerdo de la Masacre de las Bananeras (1928) y se había formado un Partido Revolucionario Socialista (1926) (que seguía una línea Moscú, que más tarde devino en el Partido Comunista), ellos argumentan que López Pumarejo sedujo a las golpeadas masas con un lenguaje medio socializante y que con eso logró adormecer unas muy serias fuerzas revolucionarias en formación, “apoyadas” por Moscú, con lo que, en últimas, la beneficiada fue la misma clase aristocrática colombiana de siempre, “para que todo cambie pero que todo siga igual”: terratenientes, empresarios, altos militares, un alto y selecto clero católico. Desde la perspectiva actual, tirios y troyanos están de acuerdo que, en el cuatrienio de López Pumarejo, Colombia tuvo una modernización de mínima exigencia con el siglo XX: la relación con el trabajo, con el sindicalismo, con la educación, con la tributación, con la relación EstadoIglesia y con (la gran frustración) una propuesta de Reforma Agraria.

Pero esta es otra historia y sigamos con la nuestra. De la banda Gardel de Sandoná, El Pote se trasladó a Zipaquirá, cuando al parecer sólo contaba con más o menos 18 años de edad, (en esos tiempo se era mayor de edad con 21), quizá en 1939 como dijimos, y aún en tiempos de la llamada Hegemonía Liberal, que ya para la fecha era presidida por Eduardo Santos, un liberal de derechas, continuador de “La Gran Pausa” y uno de sus impulsadores en tiempos de la presidencia de López Pumarejo. Es decir que, de todas maneras, el gobierno aún pertenecía al Partido Liberal y fue ahí cuando El Pote llegó a formar parte de la banda municipal de Zipaquirá.

Aquí cobra importancia el aporte de su tío Baltazar Mideros, entonces policía en Zipaquirá (por ser liberal como dijimos). Cuando ya el director de la Banda Departamental de Nariño lo descarta por las razones que mencionamos antes, es su tío quien lo induce y lo invita a realizar ese viaje de más o menos seis días –con escalas para los trasbordos “hasta que se completaran los cupos” en algunas escalas- desde su Sandoná hasta Bogotá en bus y tren. El último trayecto debía hacerlo en tren hasta la llamada Estación de La Sabana y su tío Baltazar Mideros –que había viajado desde Zipaquirá, sitio de su trabajo- lo esperaba allí, en la fecha en la que debía llegar. Por algún inconveniente, El Pote no pudo llegar el día señalado. Quizá por sus obligaciones de trabajo, su tío se vio obligado a pedirle el favor de la espera a su paisano Manuel Zambrano, quien vivía hacía tiempos en Bogotá y él lo recibió y lo alojó en su hogar hasta el día siguiente en que se presentó el tío a recibir al sobrino.

Un familiar me comenta que El Pote agradeció profundamente y durante toda su vida ese gesto del señor Zambrano y lo consideró su gran amigo durante el resto de sus vidas. Desde allí se trasladó a Zipaquirá a presentarse a la Banda de Zipaquirá, donde después del examen que le realizó su director, de quien sólo conocemos su apellido, el maestro Quevedo, fue aceptado. Al muy poco tiempo de haber comenzado en Zipaquirá, se presentó una vacante para un trompetista en la Banda de la Policía en Bogotá. El maestro Quevedo –al parecer, un hombre honrado y sincero- lo animó a presentarse, porque esta banda era de mucho mayor prestigio que la de Zipaquirá y, claro, ganaría mejor sueldo. Se presentó ante el maestro José Rozo Contreras quien simultáneamente era también director de la Banda Nacional, y también en Bogotá.

 Al maestro Rozo le pareció tan bueno que se lo llevó a la Banda Nacional y dejó en la vacante de la de la policía a quien fuera segundo en el concurso. Entonces, en ese mismo primer año, se trasladó a Bogotá donde, con la arrogancia, el coraje y el tesón que nuestras breñas del sur de la patria dan a sus hijos, llegó a ser la primera trompeta de la Orquesta Sinfónica de Colombia. Ya un poco más adelante en su vida, conoció al maestro Alex Tovar, el compositor de la popular “Pachito eché”. Él lo tomó como su pupilo y a la vez como músico de su orquesta. Conocí el paso a paso también -en la primera carta, a su madre Rosario Mideros-, de ese primer viaje que (a finales de la década del 30) lo condujo al centro del país, en la que anotó cada asombrado minuto de sus ojos y de su corazón, el total de los más o menos seis agobiantes días que demoró en llegar desde nuestras montañas, valles fértiles o semideséticos, ríos y precipicios del bello Sur arturiano hasta el centro del país, en un viaje parte en bus y otra en tren, como dije. Para este texto que está ante sus ojos, amable lector, no me fue posible conseguir -así hubiera sido un mínimo fragmento- de esa, para mí, histórica carta, en la que hoy (con la visión y la distancia de mis años y mi experiencia en este trabajo), considero que además de músico, era un narrador con corazón de poeta. Claro, pienso hoy, era porque El Pote tenía el espíritu de un poeta, un poeta de la música.

El Pote: las grandes orquestas y afamados artistas

A mediados del siglo XX, Sonolux era un sello discográfico colombiano muy importante, no sólo a nivel nacional sino internacional, en el que grababan los mejores intérpretes hispanoamericanos del momento (en 2007 fue disuelto). En 1955, Sonolux creó su propia orquesta y El Pote fue uno de los invitados a integrarla. Ese trabajo le permitió conocer o estrechar aún más sus lazos de amistad con renombrados maestros (Manuel J. Bernal, Álvaro Dalmar, Oriol Rangel, Jaime Llano González, etc.) e intérpretes nacionales y extranjeros (Lucho Ramírez, Carlos Julio Ramírez, Julio César Álzate, Berenice Chávez, María Luisa Landín, Toña la Negra, Chabuca Granda, Alfredo Sadel, Víctor Hugo Ayala, Alberto Granados, Leo Marini, Daniel Santos, Celia Cruz, Alberto Cortez, etc.).

En 1960 integra la orquesta de Lucho Bermúdez y por esa razón vive con su naciente familia en Medellín por una breve temporada, pero vuelve a Bogotá y sigue formando parte de las orquestas de las grandes radioemisoras de entonces. Pero la llegada de los programas musicales a la televisión, con la introducción de las llamadas “programadoras”, ya no estatales sino privadas -que se oficializa desde 1966- poco a poco fue desplazando la programación radial de los grandes shows musicales de las emisoras Nuevo Mundo (luego Caracol) y Nueva Granada (luego RCN). Durante un tiempo, El Pote también tuvo su propia orquesta, con la que tocaba en sitios como el Hotel Tequendama: Orquesta Estelar. El Pote era un “obligado” invitado y él aceptaba siempre y cuando se lo permitiera su nuevo trabajo: desde 1962 comenzó como profesor integrante de la Orquesta Sinfónica de Colombia, primera trompeta, trabajo al que se dedicaría hasta su jubilación y que yo veía que lo disfrutaba quizá más intensamente que el resto. Muchas veces me invitó a asistir ensayos ordinarios y a los definitivos de conciertos, óperas o zarzuelas de La Sinfónica (como le decíamos).

Allá –en el sitio de los ensayos cotidianos o en los definitivos del Teatro Colón- empecé a sentir mejor y a entender el gusto de mi padre Alejandro por esa para mí hasta entonces “rara música de Semana Santa”, como le decíamos en mi cerrera Sandoná, cuando en todas las radios y las procesiones religiosas era la obligada y única audición. Casi simultáneo con su trabajo en La Sinfónica, comenzó a dictar clases de trompeta en el Conservatorio de Música de La Universidad Nacional de Colombia, trabajo que también conservó hasta su jubilación en La Sinfónica. Se le percibía el disfrute en ambos trabajos: sinfónica y conservatorio.

 

Su matrimonio, la familia

Los músicos, y la casi generalidad de los artistas, han cargado -y aún arrastran-con el sambenito de ser bohemios, y por tanto irresponsables, principalmente con sus deberes familiares. Injustamente, pareciera que esa fue una situación por la que también pasó El Pote de soltero y joven, y reitero que injustamente porque, si bien es cierto que era muy alegre, además de fiestero cuando la ocasión lo ameritaba, era un hombre de una auto disciplina férrea en su estudio, en su auto perfeccionamiento, en su trabajo, y pródigo en la atención hacia su familia, a la que siempre tuvo en el centro de su ser. Cuando había cumplido alrededor de un poco más de un año como integrante de la Banda Municipal de Zipaquirá primero y de la Nacional luego, regresó a su pueblo natal a vacaciones; quizá sería alrededor del año 1.940, me refieren algunos familiares (a un año de su salida de Sandoná, si tomamos ésta como 1939); la fecha exacta no he logrado conseguirla, pero la deduzco creo que acertadamente.

El objetivo principal que llevaba no era el del mero descanso, sino unirse en matrimonio con su novia lejana, la que había dejado en su pueblo, la joven dama sandoneña Alicia, hija de Julio Gómez, pastuso, notario que había sido de Sandoná y de los municipios circunvecinos (para entonces fallecido en una epidemia de tifo que azotó a la región, principalmente a Sandoná) y de la dama ancuyana Laura Riascos (profesora de primaria hasta algo después de su matrimonio, graduada en la Normal de Señoritas de Túquerres. Que una mujer estudiara en ese entonces -de fines de siglo XIX y comienzos del XX- era más que una rareza). Al parecer, y a excepción de mi madre Angélica (hermana menor de Alicia), ni mi abuela Laura ni ninguno de los demás integrantes de la familia veían con buenos ojos ese noviazgo. Mi madre, contarían ambas hermanas posteriormente, dizque “le hacía los cuartos” (“hacer los cuartos” era ser cómplice de un noviazgo no aceptado, colaborar en la relación) a mi tía para que pudiera conversar con el novio trompetista, quien muchas veces le llevaba serenata a la novia. Entonces las dos debían hacerse las dormidas, absolutamente quietas en sus camas.

Al día siguiente, dizque mi abuela preguntaba, así como al desgaire, “¿oyeron la serenata de anoche?” -No, mamá. -Mejor, porque estuvo muy fea, muy desagradable. A mí lo que me gusta es la música de cuerdas –dizque les reprochaba; ellas calladas, pero luego celebrarían la serenata, lejos de las miradas y el alcance de su madre. Continuando con nuestro relato, El Pote, que empezaba a estrenar este mote entre sus nuevos compañeros músicos (por su tamaño y su delgadez, según se me ha dicho), venía decidido a casarse. Al parecer, ya lo habían convenido secretamente por correo, con su novia. Familiares me dicen que mi abuela no dio su aprobación para el matrimonio, lo que hace suponer que El Pote solicitó formalmente su mano o, por lo menos, pretendió hacerlo, quizá por interpuesta persona, a la usanza de entonces, algo que no he podido corroborar. Ante la negativa, decidieron que se casarían así fuera sin el visto bueno de ella.

También se me ha referido que su ex maestro de la banda Gardel, Juan Castillo Arciniegas –quien había sido director de El Pote, como dijimos, en sus años de banda en Sandoná- y su esposa, la señora Elena Delgado, prestaron su hogar para que la novia pasara unas horas en su residencia, las de antes de la ceremonia del matrimonio en la iglesia. Y así se hizo. Que el maestro Castillo Arciniegas –además de su trabajo en esa banda del pequeño pueblo y de la composición de piezas musicales (hoy injustamente desconocidas)- administraba el almacén de una persona cuyo dueño era de Pasto, ubicado en la esquina suroriental del parque principal del pueblo (hoy Bancolombia), donde también vivía el maestro con su familia. Que esa fue la casa para que la novia pasara las horas anteriores a su matrimonio, en compañía de los jefes de la familia Castillo Delgado y de sus hijos.

Casi apenas terminada la ceremonia del matrimonio en la misa de la mañana de ese día, la pareja fue a presentarse donde mi abuela Laura a lo que se llamaba entonces “Pedir El Perdón”, quien al parecer ya se había enterado. Mi abuela, al presentarse ellos en su casa y ante los hechos cumplidos, noblemente y de manera estrecha, profunda y sincera, abrazó tanto a su hija como a su nuevo yerno. “Lo trató como un nuevo hijo”, me dicen. Inmediatamente ambos se arrodillaron y bendijo como madre a la nueva pareja matrimonial. “Yo sabía que tenía que viajar y no habría podido quedarme sin la bendición de mi mamá”, aseguraba nuestra tía, cuando me lo contaba, me dice una de mis hermanas. Esas eran las reglas éticas de nuestras costumbres católicas de entonces (medievales, dirán algunos) relacionadas con el cumplimiento del 4º Mandamiento de la Ley Mosaica. Los antiguos compañeros músicos de El Pote de la Banda Gardel, en el momento en que la nueva pareja se encontraba en la casa de mi abuela en la ceremonia de El Perdón, llegaron casi simultáneamente y ofrecieron una “serenata” a los recién casados que, como no era nocturna, no sé cómo llamarla.

Lo cierto es que toda la Banda Gardel y su director se hicieron presentes y mi abuela los invitó a seguir y entonaron melodías y mi abuela atendió a todos con un piscolabis acostumbrado. Estas tradiciones, en relación con el 4º Mandamiento, en algunos casos aún subsisten con alguna que otra modificación según estos tiempos, porque los sandoneños somos una población aún profundamente cargada de los signos y símbolos religiosos tradicionales, así fallemos – muchas veces de manera protuberante y hasta inhumana- en el verdadero mensaje del Evangelio que predicó Jesús, p.ej la ya mencionada Marimba Católica y otras más que no son del caso aquí. Al día siguiente de la ceremonia, los nuevos esposos contrataron el automóvil del señor Horacio Fajardo, para trasladarse inicialmente a Pasto, para continuar en ese mismo automóvil o quizá en otro medio hacia Popayán, escala obligada del viaje a Bogotá. Pregunto entonces, a otra de las personas -familiares de él- que me brindan su testimonio: -¿Y mi abuela Laura, después del viaje de ellos? -Una señora muy noble –me responde esa persona-. La noche posterior al día de la ceremonia, cuando el joven matrimonio había viajado, visitó la casa de la señora Rosario Mideros, su consuegra. Allá la esperaban, además de ella, la señora Clara Estrella, tía de El Pote, de gran ascendencia en él, quien además estimaba mucho, muchísimo, a la joven novia Alicia.

No le miento si le digo que la veneraba. Doña Rosario le devolvió la visita a mi abuela, a los pocos días. La noche de la visita de mi abuela Laura comenzó una gran amistad entre ambas consuegras, Rosario Mideros y Laura Riascos, aprecio cálido y sincero que se mantuvo hasta el final de sus días, del que fui testigo hasta cuando fallecieron. Después de casados, toda la familia de la novia cambió su actitud hacia El Pote, porque él con su nobleza se supo ganar a cada uno de los integrantes de la familia y de los familiares de su esposa. Jamás mencionó, ni siquiera en tragos ni de ninguna manera, estos hechos. Ni menos hizo jamás el más mínimo reclamo, nunca. Era un hombre noble. Yo me empecé a enterar de a pocos por terceras, cuartas y hasta quintas personas.

Recién casado, como se dijo, volvió ya con su esposa a Bogotá, porque para la fecha había empezado a formar parte de la Banda Nacional. Para entregar lo mejor a su familia y a su madre (que siguió en el lejano Sandoná), multiplicó los esfuerzos de trabajo y constante auto aprendizaje musical. Comenzó a ganar un respetable nombre en la Bogotá musical de entonces y fue así como empezó a formar parte de orquestas de la máxima calidad y renombre, además de su trabajo en la Banda Nacional; ya era el invitado de maestros como Lucho Bermúdez, Pacho Galán, Don Américo, etc., a los programas musicales de las emisoras Nuevo Mundo (luego Caracol) y Nueva Granada (posteriormente RCN), como señalé.

 

Su calidez humana

A pesar de que muchas veces trabajaba hasta altas horas de la noche, El Pote siempre madrugaba a estudiar en un cubículo, que aisló de sonidos y que adaptó y adoptó como su propio estudio en el primer piso de su residencia de la calle 24 con carrera 40, que conocí, en Bogotá. A pesar de que su “estudio” estaba aislado completamente de sonidos y se escuchaban más los sonidos de los carros particulares, taxis y una que otra ruta de buseta, alguno que otro vecino (vecinos y amigos de familia, y de toda la vida ahí, algunos de ellos músicos también), al parecer se le quejaba a veces. En 1968 yo visité esa casa la primera de varias veces, y entonces y hasta por mucho, por muchísimo tiempo después en la vida de un hombre, fui testigo de su férrea disciplina de auto formación, cultivándose en las mañanas, a pesar de que ya era una figura consagrada.

Un poco antes de las 9 am, hora del ensayo en la Banda Sinfónica Nacional situada cerca de su residencia, salía de su casa. Además, antes de su diario estudio, El Pote ya se había enterado de lo principal de las noticias del día a día en los diarios El Tiempo y El Espectador, que le llegaban a la madrugada. De ambos periódicos, en cualquier tiempo que le quedara del día, disfrutaba también de sus crucigramas y se solazaba como un niño –a veces hasta con alguno que otro grito de felicidad- cuando los completaba o cuando fusilaba alguna palabra imposible. Como quienes elaboran los crucigramas tienen palabras clave, algunas muy rebuscadas, la prodigiosa memoria de él las conocía todas y eran las primeras en el llenado, convirtiéndose en un tácito y silencioso desafío ante las personas que estuvieran rodeándolo momentánea o temporalmente.

Sus hijos y esposa iban convirtiendo en parte de la mesa familiar esas palabras y, a veces, alguno de ellos le ganaba en el acierto. -¡Río de Asia; cuatro letras! -¡Indo! -¡Óxido de Calcio, Alicita! Alicita era su hija mayor y señora Alicita, su esposa (o señora Alicia o Alicia si no estaba de buen humor). Su hija había estudiado Química Farmacéutica. -¡Ce-a-O, papi! -¿Cao? -Bueno… Sí -¡Río de Europa, dos letras! -¡Po! -¡Celenterado, seis letras! -¿¡Mmm..!? -¡Medusa! -¡Elemento químico, esencial para la vida, seis letras! -… En mis estadas temporales, me acostumbré a la alegría del bramido en los aciertos de las palabras imposibles, me enseñé a gritarlos, a acertar también, así como a los gritos de mis primos y mi tía. Además de que era pródigo y noble con sus amigos, tenía la facultad natural de encontrarle gracejo a cualquier situación de la vida; como decimos coloquialmente: “las cogía en el aire”.

Y ese oportuno ingenio mantenía a sus contertulios entre risa y carcajada, cuando la charla era de esparcimiento, o cuando por su propia trascendencia se hacía tensa. Sus hijos han heredado de él esta cualidad, unos más que otros. También disfrutaba, en las noches de fiesta de su pueblo –Sandoná, en vacaciones de fin de año, como dije- con elevar globos de papel celofán inflados con un “aventador” o con la tapa de una olla, calentando ese aire con una bola impregnada de querosén en su núcleo. Era un experto que lo había hecho desde niño y nuevamente se transformaba en el niño que goza. Aquí una anécdota: una noche de Año Viejo-Año Nuevo en nuestra residencia en Sandoná, con varios tragos de celebración entre pecho y espalda de cada contertulio, uno de los globos que él lanzó no ascendió al espacio como era lo deseado y como ocurría siempre.

Sin casi elevarse, cayó sobre el techo de la casa-templo de unos vecinos cristianos evangélicos que se encontraban en sus oraciones –a grito en pechode despedida al Año Viejo y bienvenida al nuevo. Ya imaginarán su inmenso susto y el de todos nosotros. Quienes se encontraban cerca, incluidos los orantes, nos colaboraron y la cosa no pasó a mayores. Esa noche no volvió a “echar globos”; ni esa noche ni nunca más, creo, porque no volví a verlo en esas. Eso sí, la celebración en grande de bienvenida a ese nuevo año continuó con la sagrada amanecida. Disfrutaba como el que más de todas las fiestas del Carnaval de Negros y Blancos en su pueblo. Una parte de esas celebraciones se comenzaba el día 3 de enero con lo que se denominaba Baile de disfraces, en el que una porción de la población entraba disfrazada al baile y otra pagaba sólo para mirar y, a veces, comprar alguna que otra vianda. Desde su llegada a esas vacaciones, particularmente, El Pote animó a todos los familiares (yo aún era un preadolescente y todavía no se me incluía en estas lides) y les comunicó que traía una gran idea para esa fiesta, pero no quiso darla a conocer, porque otra de las gracias era que nadie debía saber de qué se iba a disfrazar fulanito, sutanito o menganito; debía ser una sorpresa. Llegado el día se reunieron y, con el mayor sigilo, dijo: el nuestro se va a llamar “La suerte está echada”, y hacía alusión a alguna de tantas situaciones políticas que, entre definitiva y escandalosa, por día o por semana vive nuestro país.

Cada familiar debía hacer un inmenso cubo de cartulina para quedar tapados y una de las disfrazadas (de Cantinflas, sólo ella) debía echar la suerte desde sus manos, pero los dados humanos debían moverse cuando “La Cantinflas” batiera los dados en sus propias manos. Llegado el momento de la presentación, todos y todas giraron según lo convenido, y luego de algunos giros, cada dado y “La Cantinflas” debían retirarse al sitio señalado para los participantes, para que continuara el desfile. Hubo uno que en vez de ir al sitio señalado se lo vio que primero empezó a divagar y luego arrancó exactamente al contrario de donde debía dirigirse, hasta que alguien se le acercó al desconocido “dado” y le dijo (se alcanzó a oír), “Pote, es para el otro lado”. El dado al parecer dudó un momento porque se quedó quieto. La misma persona entonces lo ayudó a dirigirse a sitio señalado. Tuvo un gran aplauso. Disfrutaba también del béisbol (y cuando tenía ocasión lo practicaba) y del fútbol, que sólo lo miraba, cuando podía.

Quizá por los colores del uniforme de equipo de fútbol (rojo predominando sobre el blanco) y por su preferencia por el Partido Liberal Colombiano que también tiene este color como insignia, era hincha del equipo Independiente Santa Fe, y disfrutaba al máximo con sus triunfos y se mostraba triste con sus derrotas; cuando esto último ocurría le llamaba “Santafecero”. Como todo aficionado, llevaba su director técnico dentro de sí. Le chocaba cuando un equipo empezaba a tocar y tocar sin eficacia, en los partidos de su equipo y en los de nuestra selección nacional. Cuando esto ocurría, decía entre la rabia y la sorna: “esto fue lo que nos dejó el maestro Pedernera”. El Pote fue un caballero total, un hombre bueno “en el buen sentido de la palabra bueno”, como dijera en su tiempo el poeta Antonio Machado. Un hombre íntegro. Amigo de sus amigos, como el que más. Excesivo en su prodigalidad con sus amigos y paisanos. Siempre estuvo pendiente de ayudar a muchos a lograr sus metas, ante todo si eran aspirantes a la música. Aquí otra anécdota. Era muy común que alojara en su casa a paisanos aspirantes a músicos o artistas, aun a consagrados que todavía no hallaban trabajo en la fría e indiferente Bogotá. Hoy varios maestros pueden dar fe de ello. Lo hacía sin el menor interés ni cobro.

El conocido artista Tito Cortés se hallaba hospedado en su casa hacía un tiempo y se presentaría a cantar en un importante acto. Ya en el teatro donde se debería realizar el evento, El Pote observó que la camisa de Tito no era la adecuada para la ocasión; no dudó entonces en sacarse la suya propia, se la entregó al cantante y él se quedó sólo con su propio saco del traje, que se lo abrochó sin su camisa. Tiempo después, Tito grabó un bolero de autoría, letra y música de El Pote, que se llamó “Señora Alicita”, en homenaje a su esposa. De ese bolero, no se sabe qué destino ha tenido. Los maestros Lalo Maya (qepd) y “Lucho” Guzmán, discípulos y amigos, también han señalado sobre su bonhomía y prodigalidad. La conocieron de manera directa y muchas veces han hecho alusión a ella.

Unas notas sobre el sonsureño

Sandoná Entro primero a aclarar a qué se le llama o se le conoce como Sonsureño. En la Revista Estudios Latinoamericanos, de la Universidad de Nariño, José Menandro Bastidas y Lyda Tobo Mandivelso, lo catalogan como “un ritmo popular del Departamento de Nariño” y presentan un amplio estudio del mismo (1). Ahora sigamos con nuestra crónica. Junto con su bonhomía, con su nobleza y “excesiva” prodigalidad para con sus amigos, a El Pote lo recordaremos siempre –no sólo los sandoneños sino nariñenses y “sureños” en general- por la melodía conocida como el sonsureño “Sandoná” (https://www.youtube.com/watch?v=zUdXScV9c1s) que, con el pasar del tiempo, se ha venido convirtiendo en otro himno popular y festivo para los colombianos del sur (y para una gran cantidad de habitantes fronterizos del norte ecuatoriano), al igual que nuestra inmortal Guaneña (https://www.youtube.com/watch?v=f1pdJyH1tjo).

Sobre la melodía del sonsureño Sandoná se ha hablado bastante y lo más probable es que se seguirá hablando, por la innegable importancia que para la cultura popular de nuestro Sur Arturiano representa. En 2019, dos artículos del periódico virtual INFORMATIVO DEL GUAICO (Sandoná, 27 de febrero de 2019 y 25 de junio de 2019) citan a un muy respetado y respetable maestro de la música, también orgullo sandoneño, en referencia a este sonsureño. Ambos artículos se encuentran en https://informativodelguaico.com/historia-del-temasandona/ y en https://informativodelguaico.com/entrevista-con-el-maestro-rafaelcastillo-rosero-audio/.

De ninguna manera es la intención de este cronista entrar en polémicas con nadie, y menos con tan notable como respetable representante de nuestra cultura musical popular (hoy fallecido), persona citada en el artículo en mención, para quien sólo tengo sentimientos de respeto, admiración y consideración. Ni tampoco deseo entrar en controversias con sus descendientes ni con ninguna otra persona. Mi afán sólo pretende ampliar la visión, desde otro ángulo, al mismo tema musical, que es un orgullo para nosotros. Es innegable que el sonsureño Sandoná se manifiesta como un aire indígena, quizá una mezcla de cadencias incaicas y de otras etnias (y aun un lejano aire europeo). No soy músico, lo aclaré antes, y respeto profundamente esta rama del arte, disciplina al mismo tiempo, de la que disfruto a más no poder. Como profano pienso que además de las tonalidades incaicas (insertas en nuestros aires sureños colombianos al igual que en los ecuatorianos de la sierra y de algunos países más) podría haber una rara mezcla con las musicalidades precolombinas de las etnias de quillacingas y pastos, también antepasados del sur de la hoy República de Colombia, que fueron sometidos por el imperio del Tahuantinsuyu, antes de la invasiva llegada de los europeos.

Éstos últimos, los pastos, se extendían –y se extienden aún- hasta muy entrados en el norte fronterizo de la hoy República de Ecuador. Hay quienes sostienen que el actual nombre de la ciudad de Pasto se debe más que todo a una equivocación o confusión de los españoles, porque esta ciudad queda ubicada en lo que fue territorio quillacinga… Bueno pero esta es otra historia. Aquí un brevísimo paréntesis explicativo: el Incario llegó hasta el sur del hoy Departamento del Cauca; este suyu (o punto cardinal como se dice en nuestra cultura, uno de los cuatro suyus o puntos cardinales, donde se encuentra nuestra región) se llamaba el Antisuyu, de Anti, que significa o mejor equivale (porque las culturas son muy diferentes) a Lugar por donde sale el sol (de donde proviene el nombre de Andes) o sea el suyu que se encontraba al Oriente, uno de los cuatro puntos con referencia al Cusco o Cuzco o Cosco o Cuscu, la gran capital de todo el Incario; hasta aquí el paréntesis.

Son esas mismas tonalidades musicales incaicas y preincaicas las que nos impulsan a gritar de alegre frenesí y locura en nuestras festividades o en nuestros carnavales o nos hacen llorar cuando nos encontramos lejos de nuestro lar, cumpliendo el destino que escogimos -o que nos impuso la existencia- o en momentos de desamor o de los golpes de la vida. Aclaro antes que, es muy probable que personas que no pertenecen a “nuestro vivir”, es decir, o no han nacido y crecido en nuestros lares o –proviniendo de otras latitudes- no han logrado sentir aún como suya esta tierra, no sientan esto que describo. Nuestro sonsureño Sandoná es, pienso yo, un grito al parecer de alegría al mismo tiempo que de melancolía profundas. En la melodía original que musicalizó El Pote, la que comenzó en el sello comercial Philips (ya referido arriba, en este texto), el grito me parece “dibujado” por el inicial golpe sonoro a los platillos, seguido de un acompañamiento de algo que parece una flauta (o algo semejante).

Luego una liguilla de golpes muy suaves con un instrumento que pareciera ser una llamada carrasca (o algo semejante), complementada por un tambor o un bombo, que anuncia que entra una primera tonalidad (perdón si me equivoco en algún instrumento mencionado, recuerden que no soy músico y que estoy hablando de ese sonsureño Sandoná “original”, el interpretado y grabado inicialmente por El Pote, no de la innumerable cantidad de versiones o arreglos actuales). Para el comienzo de esa primera tonada o frase, se vale de una trompeta asordinada. Un cambio algo semejante se hace hacia una segunda tonada, y de ahí a una tercera, etc., todo dentro del mismo sentimiento; ¿es alegría?, ¿es tristeza?, ¿es “saudade”?, ¿es lo efímero de cualquier momento de la vida, “cantado” de esa manera? Cada oyente juzgará o, mejor, “sentirá”. Esa manera de “dibujar” los sentimientos en una manera que conjuga en una misma melodía la alegría, la tristeza, el saudade y tantos otros más, es muy particular de nuestra región andina latinoamericana con ascendencias incaicas y preincaicas, claro que con las variantes culturales de cada región, muy probablemente debidas a los asentamientos culturales de cada etnia sometida por el imperio del Tahuantinsuyu o Incario.

En mi imaginación se me representa una “visión”, transportándome al pasado de El Pote: el descubrimiento él, de sí mismo, de su propio ser, del propio devenir del adolescente Pote, de su propio Yo Íntimo, y luego -y en obligada consecuencia- de su Yo Cultural: hombre que pertenece a un grupo humano. Él fue una persona talentosa, y es muy fácil suponer que ésto o algo similar le hubiera ocurrido, no importa que sólo hubiese contado con los conocimientos que daba la escuela primaria colombiana de una pequeña población en esos tiempos. Ese adolescente, seguramente sorprendido hasta el pasmo de su hallazgo personal y profundo, muy confundido empieza a intentar explicarse en qué consistía la esencia de él, como ser y como parte de un todo, al mismo tiempo que ese sentimiento “universal” de nuestro ser sureño, “nuestro todo” cultural; preguntas y más preguntas; hallar entre pasmado y fascinado la revelación de ese misterio y sentirse él mismo –aturdido- como parte de él, de considerarse sólo como un mero puñado de tierra más del Gran Sur, su amado Sur, el de la periferia.

Me lo imagino entre su pasmo y su incipiente rebeldía aún, comenzar a descubrir esa misma esencia de este Sur, propio, suyo, en algunas notas musicales escuchadas acá, allá o acullá –en los cuentos y cantos de su madre y sus mayores, después en acetatos viejos de cantinas campesinas o de algunos poblados o en las retretas domingueras de las bandas municipales, etc.-, y develar de entre el misterio que lo identificaba y lo confundía esa esencia sureña suya en la de esas notas y, finalmente, encontrar la “exacta manera” de manifestar “esa unidad” y “ubicarla” en el resto de sus coterráneos con unos “arreglos” musicales (aunque no encontré otra, quizá “arreglos” no es la palabra exacta y por eso la entrecomillo), estos sí únicos y propios de él. Esto ha sido para mí el verdadero ingenio y gran logro y el gran aporte del talento de nuestro Pote, de nuestro “Poeta Sandoneño de la Música”. Por estas razones en mi opinión, respetando las otras que sean diferentes y hasta contrarias, en mi opinión –repito- estas consideraciones lo hacen acreedor a ser considerado como el creador de nuestro sonsureño Sandoná. Quizá “vio” –encontró- que la manera de procurarnos la “manifestación” de esas “raíces” que él había descubierto era “unir” con esas liguillas –propias también de él en este hallazgo-, unir algunos de esos compases o de esas tonadas que posiblemente estarían grabadas en los cantos y canciones de la tradición, en esos acetatos viejos o en bandas municipales, etc., es decir, en toda la memoria de la cultura popular nuestra y procurarnos así ese indefinido estado de ánimo; ese es el aporte indeleble de este músico nuestro al acopio de nuestra cultura. Yo, “Planeando” ya la meseta de mi edad adulta, y él quizá próximo a su jubilación -o ya en ella-, con el uso de razón de lontananzas y horizontes más amplios que nos va dando esa edad a los humanos, le sugerí “Pote, usted es una de las pocas personas en el mundo –en este momento quizá la única- que podrían llevar a lo que llamamos “Música culta”, también conocida como “clásica”… Nuestros aires… Es decir, nuestro ser… Y convertirlos en lo que llamamos música culta…”, “lleno de poesía, porque usted es un poeta”, le agregué. Me miró, sonrió y asintió con la cabeza. Cuando nos encontrábamos le preguntaba sobre ese “proyecto” en el que yo había buscado “embarcarlo”.

Me aseguraba que aunque no había comenzado aún, no lo había descartado. Hoy pienso que quizá yo debí haber sido un poco más “terco” con el tema y menos diplomático, porque él estaba convencido de que debía hacerlo. Estoy seguro de esto. Ya volviendo al tema musical Sandoná, del que venimos hablando, quiero dejar en claro que El Pote jamás se presentó como autor de ese sonsureño. Para corroborarlo, basta con mirar el sello del primer acetato que lo comercializó el sello Philips, para darnos cuenta de que ahí no se nombra autor alguno; allí dice “Derechos Reservados de Autor” (DRA). Fuimos nosotros, sus paisanos, sus amigos y sus admiradores, quienes se lo escrituramos como autor (aunque en mi opinión, El Pote sí es el creador del actual sonsureño Sandoná, que tenemos, como dije, y por las razones que expuse).

Lo de las tres tonadas unidas por una liguilla (además del inicial “Grito” introductorio, también ligado), lo pueden distinguir quizá más fácilmente unos oídos más trajinados que los nuestros en estas lides, sin este “llamado preventivo” para que lo notemos nosotros los profanos. Esto de tonadas y liguillas que las unen y varias consideraciones más, me las dio a conocer Jorge Rodríguez Gómez, su hijo, en marzo de 2019, en mi investigación para esta crónica: “Hola, primo, no había tenido un tiempito para opinar sobre la historia del tema Sandoná y [éste] es así: según me lo contó mi papá, es que esas tres tonadas se escuchaban desde el siglo XIX, o sea antes de que nacieran los señores Castillo, Narváez, Benavides, [Pote] Mideros y demás contemporáneos.

Eso podría comprobarse en grabaciones de bandas ecuatorianas de tiempos añejos sin que lleven el nombre de Sandoná. Por la cercanía [Nariño-sur colombiano- y Ecuador] mucha gente se desplazó [y aún lo hace] hacia Colombia [y viceversa] con sus costumbres y cultura musical entre otras, y las tonadas se quedarían en la memoria de los nariñenses. A El Pote le gustaba unir varias tonadas o temas en sus interpretaciones, como se oye en el disco que se grabó hace varios años y se regaló por todo Nariño como “De parranda con El Pote Mideros” [ver fotografía del acetato]. Así fue que (sic) [él] unió estas tres tonadas que es la misma [unión] entre la primera y la segunda y la segunda y la tercera. […Un tiempo más adelante…] En la grabación del long play de música colombiana que dirigía el maestro Álvaro Dalmar, llamado “Plegaria”, el mismo Pote le insinuó a Álvaro Dalmar que faltaba música del sur del país, entonces le dijo, tengo esto y le tocó las tres tonadas unidas por las liguillas que ya había ensayado un tiempo antes (reteñido y subrayado míos). Fue entonces cuando Álvaro Dalmar le dijo, “Me gusta, ¿cómo se llama?”. “No tiene nombre”, le contestó El Pote. “Pónle el nombre de tu pueblo”, replicó Álvaro. Así fue como el tema se llamó Sandoná”. En el mosaico del acetato compacto “De parranda con el Pote Mideros” (otro de cuyos ejecutantes de la trompeta –además del mismo Pote- fue el maestro “Lalo” Maya, qepd) se escuchan la misma clase de liguillas que unen una tonada que –aparentemente- nada tiene que ver, con otra y que hacen parte de cada uno de los dos mosaicos, de las sendas caras del acetato en comento, también según Jorge Rodríguez Gómez. Una persona que acompañó a El Pote en su trajinar y en sus momentos festivos, cada que la vida le daba la oportunidad de pasar junto a él, fue su hermano el ingeniero agrónomo Hernando Benavides Mideros.

Al preguntarle, él no se acuerda con precisión el año de grabación del sonsureño Sandoná. Pone como posibles 1968 o 70’ o 72’, pero no está seguro de ninguna de las tres fechas. Lo que sí recuerda con absoluta seguridad es que la primera vez que oyó tocar la melodía a El Pote fue en una de las visitas a su hermano y familia en Bogotá con una orquesta de aficionados sandoneños. Que quizá uno de esos paisanos, me dice, era el señor Julio Arcos (qepd), pero que no recuerda al resto, y tampoco está muy seguro de que fuera el señor Arcos. De lo que sí está seguro es que esa fue la primera vez que oyó la melodía a El Pote, cuando el sonsureño no se llamaba aún Sandoná. Otra vez que se la oyó tocar fue en Sandoná con algunos amigos suyos, músicos del pueblo, entre ellos menciona al señor “Lucho” Guzmán, a su tío Baltazar Mideros y a otros dos o tres más a quienes no recuerda. Tampoco entonces tenía el nombre de Sandoná.

MI conclusión

 Una que para mí salta “de bulto”, si me perdonan la expresión coloquial, sería la de que, verdaderamente, ni El Pote Mideros ni ninguno de los maestros músicos de quienes se habla, serían los “creadores absolutos” de nuestro sonsureño Sandoná. El Pote jamás aseguró que fuera suya esa obra, como dije; no la firmó como tal en el sello sino que la dejó como DRA, como también dejé señalado antes. Pareciera más bien, como ocurre con todo creador artístico, que antes de esa como de cada gran obra artística hay un recorrido que han elaborado otros, quienes nos han antecedido. Que éstos a su vez han “bebido” de otros y así sucesivamente.

Eso ocurre en la literatura, la pintura, la escultura, etc., ¿por qué no podría ocurrir en la música? Se preguntarán: entonces, ¿dónde está la acción creadora de cada artista, de cada creador? Pienso que está en saber “asolear” la imagen del misterio de esa realidad local con el mismo sol universal que nos arropa a todos los humanos, pero ubicarla sobre la propia tierra de cada creador y alumbrarla en las noches con la misma luna que nos baña a todos, pero que en cada tierra tiene una sonrisa o una carcajada o un llanto diferentes, propios de ella, característicos. La creación artística siempre parte de la realidad, pero no se queda en ella, porque el creador, el artista –si verdaderamente es artista- es el único que sabe darle el vuelo y depositarla donde su genialidad o su talento se lo concedan… Ese vuelo, esa trascendencia, son las que permiten a una obra ser “artística” o simplemente otra tarea humana más.

 A lo primero se le llama talento y aun genialidad, si ese talento es sublime. Y esa genialidad, ese talento están basados en el suyo propio, pero también en las aguas de otros creadores de las que ha bebido. Lo segundo, es lo que diariamente todos hacemos en cada momento de cada día, regularmente. Esta otra consideración mía refuerza MI OPINIÓN de que El Pote SÍ es el creador de nuestro sonsureño Sandoná, como expresé antes, respetando otras opiniones y argumentos. Otras obras musicales de El Pote Además de todo lo que se ha expresado aquí sobre el sonsureño Sandoná, El Pote tiene a su haber “La Vacaloca” (así unido, alusión a un juego pirotécnico muy sui géneris en las vísperas festivas de algunos santos patronos en Sandoná y otros municipios nariñenses y que también podría considerarse musicalmente como un sonsureño), “Arrebol” (pasillo), “Señora Alicita” (bolero) y “Cachi” (porro colombiano).

Como El Pote siempre se identificó como liberal, el porro Cachi hace parte de esa identificación, cachiporros, como se identificaban los pertenecientes al Partido Liberal Colombiano en ese segmento partidista del siglo XX, según me explica Jorge Rodríguez Gómez. Hasta aquí este perfil humano a quien fuera El Pote Mideros. Nota. (1).- “El Sonsureño, una rítmica de los Andes de Nariño”. José Menandro Bastidas España y Lyda Aleydy Tobo Mandivelso. Revista Estudios Latinoamericanos. Número 12. 2014. Págs. 115-138.

Agradecimientos a:
Hernando Benavides Mideros, a Familia Rodríguez Gómez
y a señoras Laura y Conchita García Gómez .

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