Personeros municipales: un cargo decorativo

Por: Edwin Rosero Casanova

Los derechos humanos constantemente se vulneran en Colombia. Hacer justicia se ha vuelto más complejo y desgastante para el ciudadano de a pie. En la percepción colectiva tomó fuerza qué la justicia es para el de ruana y un privilegio para los que ostentan el poder o el dinero. En municipios lejanos, pobres, con alto analfabetismo político y sin conocimiento en derechos humanos la situación es más grave. La voz del alcalde, concejales, funcionarios públicos y gamonales criollos es ley. No hay derecho a controvertir, ni llevar la contraria. La genuflexión es la conducta para no indisponer a estos monarcas, que se creen, por obra y gracias de ellos. El ciudadano, tiene la única opción de acudir al personero con la garantía irrestricta que defenderá sus derechos y limitará el abuso de poder de estos monarquitas que cada vez más brotan como acné. Proteger los derechos humanos de los ciudadanos más vulnerables, es la función principal de los personeros. La realidad es diferente.

El cargo de personero sirve de cosmetología y estética. El funcionario está preocupado por inflar más su ego, ganar estatus social, manejar un presupuesto a su antojo, trampolín para ser alcalde, más que defender los derechos fundamentales y resolver quejas de la ciudadanía. Ostentar el título de abogado es abrazar el sol, sin quemarse. Se puede llegar a un buen abogado (con conocimientos), otras veces no. Algunos aparentan saber de todo un poco y terminan jugando a ser abogados, vestir como abogados, ensayar con nosotros y hasta hablar como abogados. Los abogados son imprescindibles…Se ha vuelto una profesión que genera buenas expectativas en remuneración de salarios, estatus social y qué de la nada le llega el apodo de Doctor.

Elegir a un personero actualmente, sigue siendo una práctica corrupta. Hoy compran las respuestas de la prueba escrita; Anteriormente, cuadraban con dinero a los concejales para cambiar su voto a favor y ser electos. En consecuencia, estamos años luz de tener personeros firmes, indoblegable, ecuánimes, que fallen en derecho y protejan los derechos humanos.

Todos los personeros de estos municipios son de bolsillo. Hay prevalencia a proteger los abusos de poder de alcaldes, concejales y funcionarios públicos porque llegan sin autoridad, sin ética y la mayoría aportan dinero a las campañas políticas, haciendo más difícil la toma de decisiones a favor de los ciudadanos. Tener personero ha servido para que la ciudadanía sienta desconfianza en la institucionalidad, porque el accionar de él depende: hostil, si no llena sus intereses particulares; es timorato, si sabe que tienen qué pisar callos; y es cordial y jovial cuando comparte con la contraparte los mismos gustos, les gusta el mismo sabor de la mermelada y en muchos casos acuden a la ley del silencio para hacer creer que el asunto no es con ellos, y lavarse las manos como Pilatos. Pedir auxilio a un personero, no es otra cosa que ir a pedir ostias al diablo.

La ciudadanía no tiene que perder la confianza de tajo, ni dejarse amilanar con la verborrea jurídica de los personeros. A ellos también los pueden investigar cuando su accionar es sospechoso, imparcial y dudoso. Las procuradurías provinciales y regionales son las evaluadoras de su conducta. La Ley 734 de 2002 para ellos es como mostrarles un crucifijo: empiezan a cambiar de colores y bajar el tono de voz hasta que terminan diciéndole: como Ud ordene señor.

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