Presunción de no inocencia para estudiantes de la Universidad Pública

Por: Maycol Rodríguez Díaz

Corría el año 1.999 y como muchos otros afortunados adolescentes que no han sufrido el horror de la guerra o aún no tienen responsabilidades económicas propias, debía, al abrigo del hogar familiar, adoptar algunas decisiones fundamentales para el resto de mi vida: ¿qué quería ser?, ¿dónde podía prepararme?. Había algo que estaba definido desde mi primera infancia: quería ser abogado. Como diría Forest Gump: una cosa menos de que preocuparme. Sin embargo, el otro interrogante seguía incólume: ¿dónde podía formarme para ser un buen abogado?

Mi padre, también abogado, 20 años atrás había estudiado en una joven Universidad privada que para entonces iba a cumplir medio siglo de fundada y con el lema de que la Universidad no hace al profesional, me regaló el formulario para inscribirme en su Alma Mater. Yo, con la madurez propia de un niño de 15 años, sumido en el más absoluto egocentrismo, tenía la firme esperanza de que mi padre pagara mis estudios en la Universidad afín al Colegio Jesuita donde culmine mi bachillerato. Frente a tal exigencia –absurda como la mayoría de exigencias que uno hace a esa edad–, mi padre que añoraba que su hijo fuera médico, me propuso pagarme esa Universidad si estudiaba medicina; de lo contrario, ya le traje su formulario, me dijo.

Yo rechace su ofrecimiento y el partió prontamente de este mundo sin que yo tuviera la valentía de confesarse que jamás diligencia el formulario que me regaló. Pero escuchando a mis compañeros que decían que la Universidad Nacional de Colombia era la mejor, fui y me inscribí para su ya famoso examen de admisión sin siquiera haber visitado sus instalaciones. En esa época, ni siquiera consulté el pénsum académico, ni las materias que debía cursar, ni hice las visitas guiadas que ahora ofrecen las universidades para captar adeptos con manillitas, agendas o cosas por el estilo que regalan en sus jornadas de inmersión, que llaman.

No había internet como ahora, luego todo lo que había por investigar se hacía en la biblioteca o escuchando a las personas mayores. Quizá era mi circulo social (que ni era circulo, ni era social), pero mi familia ampliada y los amigos y clientes de mi padre, muchos de ellos apenas sabían leer y escribir, coincidían con que aquella era la mejor Universidad del país. Muy ocasionalmente supe que había “vándalos en la Universidad” a propósito de las pedreas que llegaban incluso a bloquear la carrera 30 o la calle 26.

Llegó el día del examen, y paradójicamente, lo que me permitió entrar a estudiar derecho eran mis fortalezas en matemáticas y razonamiento lógico y matemático, pues obtuve puntajes casi perfectos en estas materias, mientras que el comprobante de los resultados acusaba serias falencias en áreas como historia, cultura general o literatura. Mis padres, orgullosos, contaban a diestra y siniestra que su hijo sería abogado de la Universidad Nacional de Colombia. Y no era un asunto menor, pues de 150 estudiantes de ultimo año en mi querido Colegio, sólo unos 10 estudiantes ingresamos en el primer semestre del año siguiente y otro tanto ingresó en el segundo semestre.

Para alguien que estudiaba de lunes a viernes de 8:00 am a 4:00 pm y que al término de su jornada académica partía raudamente hacia su casa sin paradas ni desvíos de ninguna clase, ingresar a la Universidad era un barniz de libertad y autodeterminación que no conocía y que estaba ávido por aprovechar. Ya en la semana de inducción, nos regalaron una humilde mochila en fique, un cuaderno y un esfero que aún conservo como gran tesoro. En la semana de inducción, mientras hacía fila para un examen médico de ingreso, hice amistad con un egresado temprano y forzado de mi mismo colegio (echalumno que llaman) y otro de promoción anterior del mismo colegio. Un semestre después, llegarían otros amigos del colegio que fueron admitidos tras repetir el intento de ingreso a la Universidad.

Allí, asumí que se llamaba Universidad precisamente por la universalidad que representaba. Cada salón era de aproximadamente 70 estudiantes y había pequeños grupos, inicialmente conformados con base en la región de procedencia y posteriormente por toda clase de criterios de afinidad académica o personal. Claro que había gente de Bogotá, pero también había costeños, pastusos, boyacenses, llaneros, vallunos, paisas, santandereanos, indígenas y algunos compañeros que merecen todo el reconocimiento posible por lograr su ingreso provenientes de regiones apartadas y selváticas que incluso hoy permanecen en el olvido pese a las gestiones que ellos y otros pioneros han adelantado en pro de sus territorios. En el salón había hombres y mujeres, jóvenes y viejos, pobres y ricos, con toda clase de convicciones, ideas e inclinaciones. Había padres, hijos de papi e hijos de papicultor. Había unos poquísimos que llegaban en su propio carro y otros que debían caminar dos o más horas desde y hacia sus casas porque no tenían para el pasaje de un bus. Había compañeros que no tenían para fotocopias, para almorzar o para aportar económicamente en cualquier situación, pero siempre hacían su mejor esfuerzo para salir adelante y obtener el título profesional que esperaban les abriría puertas para su futuro y el de los suyos. Había gente bonita y otra quizá igualmente bella, pero que hacía honor a aquella frase que señala que la belleza verdadera va por dentro. Había vagos y juiciosos y deportistas y gente amotriz, como yo. Había de todo un poco, para ser más exactos.

De ese grupo con el que compartí por poco más de 5 años, con sus egresos e ingresos de nuevos compañeros tras cada corte de notas semestral, salimos docentes, litigantes, jueces, magistrados, académicos, consultores, políticos, defensores de derechos humanos, empleados públicos, asesores y consultores privados y hasta emprendedores de negocios con una muy seria formación jurídica y un sentido critico de la sociedad y nuestro papel en ella. Pero tengo una cosa clara: ninguno de nosotros, vio como parte de su pénsum académico materia alguna que le permitiera conocer “desde su interior la estructura y el funcionamiento interno del Ejercito de Liberación Nacional”. Quizá haya sido permeado por algo de vagancia, pero tengo eso muy claro: jamás tuve una cátedra que me brindara esa formación; ni la hubiera tomado.

Por esa razón, cuando a propósito del principio de oportunidad brindado a una procesada, leí en el periódico El Tiempo que “el ente acusador agregó que “fue estudiante egresada de la Universidad Nacional de Colombia, graduada como abogada, y por esta condición conoce desde su interior la estructura y el funcionamiento del Ejercito de Liberación Nacional…”, lo primero que pensé –y aquí ofrezco excusas a los periodistas juiciosos–, es que se trataba de un lapsus o una mala interpretación del periodista, pues no podía creer que el fiscal, abogado de profesión, cometiera un error de ese tamaño al estructurar un argumento que sólo requiere de sentido común para ser refutado. Sin embargo, cuando la noticia cogió vuelo y aparecieron los pantallazos y facsímiles del documento donde un fiscal de la república sostuvo tal barbaridad en una audiencia pública, no puedo más que sentir indignación por tales afirmaciones. Sentimiento que se agrava cuando, en lugar de la debida rectificación, sale la Señora Vicefiscal a señalar que “Es lamentable que generando información falsa se intente desestabilizar las instituciones colombianas, especialmente de la Fiscalía General de la Nación”, como si todo fuera un invento de mis colegas o como si la Fiscalía, en épocas de pandemia, nombramientos cruzados y paseos familiares en avión propio, requiriera del reclamo de unos simples mortales para su desestabilización.

Es bien conocido por todos que la generalización es fuente inagotable de juicios equivocados, pues como dicen por ahí: pagan justos por pecadores. Así, la experiencia ha demostrado que la conducta de unos pocos, no puede enlodar lo que el resto del grupo ha hecho en favor de los demás. No podemos cometer el error de hablar mal de los taxistas –mi padre tuvo taxi y mi suegro fue taxista–, de los militares –mi hermano es uno de muchos valientes–, de los sacerdotes, de los políticos, e incluso si se me permite el atrevimiento, de los fiscales; pues estoy convencido que somos más los que luchamos por hacer bien nuestro trabajo, los que día a día nos esforzamos por construir país y hacer de esta sociedad un escenario de igualdad de oportunidades y de progreso para nuestros hijos. Eso fue lo que aprendí en la Universidad, para eso me forme y estoy y estaré eternamente agradecido por la oportunidad que me brindó y que intento retribuir al país con cada una de mis acciones, aunque ser egresado de la Universidad Nacional de Colombia, implique para el fiscal Miguel Olaya Cuervo, una presunción de NO inocencia en mi caso.

Nota: En la Universidad Nacional de Colombia, también se formaron mis dos hermanas del suscrito, la mayor de ellas abogada y la menor enfermera. Tampoco vieron “cátedra ELN” y hoy en día, dan lo mejor de sí en sus campos, para hacer de este, un país mejor.

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