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¿Qué depara ser padre o madre en la contemporaneidad?

Por: Ricardo Romero

Quizás el respirar cotidiano se convierte en una hecatombe de preguntas cotidianas que se desenvuelven en la cabeza de cada quien, algunas veces acerca de cuestionamientos en banales arrepentimientos, en ocasiones insulsos problemas que acongojan el periódico existir y la mayoría del tiempo, reducida la vida en efímeras pretensiones egocéntricas que denotan una falta de amor propio o atención. Así suele transcurrir la vida, si así se puede llamar, a la somera existencia que implica sobrevivir en un mundo decadente y trivial, que constantemente nos distrae de lo realmente importante. En este devenir de la raza humana, sólo algunos cuestionan su mera supervivencia, pero aún más grave, casi nadie cuestiona su inquebrantable reproducción.

Hace algunos días, analizando la novela “Inferno”, aseveré varias hipótesis acerca del rumbo que como sociedad y raza se ha trazado, dilucidando que estamos en un momento álgido como especie, una sobrepoblación creciente que actúa como una plaga, no denota lo sapiens sapiens, pues en un balance se encontraría más sabiduría en los animales salvajes y su correlación al controlar su población por mero instinto, en contraste con la practicidad y maquiavelismo que tenemos los seres humanos.

Este panorama no es nada alentador, la semana pasada el científico Stephen Hawkings enunció que según sus cálculos, quedan alrededor de 100 años de vida en este planeta, si hay una constante en el ritmo devastador del ser humano en el cuarto planeta con referencia al sol. A mitad de año, se confirmó que superamos la cantidad de alimentos y capacidad de regeneración del planeta lo que se conoce como el “Día de la Sobrecapacidad de la Tierra”. Cifras nada alentadora, pues lo que se vislumbra es la propia inmolación del planeta, nada coherente en un contexto mundial que pregona la lucha contra el terrorismo, desconociendo que somos los principales terroristas para el planeta, esta es la doble moral.

En este marco de desolación e innegable extinción, es oportuno cuestionar. Pocos son los dilemas serios de la existencia del ser humano, quizá uno de los que debería estar un escalón por encima de los demás, después del ¿para qué existir? sería el concerniente al ¿para qué reproducirnos? ¿Por qué  la paternidad y maternidad son realmente tan importantes como para seguir reproduciendo cíclicamente y aparentemente por inercia, una especie que está ya condenada? En efecto, el inalterable crecimiento demográfico así lo indica, evidenciando como una de las metas de la existencia la reproducción, en la cual varias personas creen idealizar su vida en torno a la creación de una familia o una descendencia. No obstante, el problema no radica simplemente en el crecimiento desbordante que conducirá a la aniquilación de nuestro planeta, pues al interior de esta problemática se teje algo aún más preocupante, que supera la parte material y espacial como especie, y es la parte moral. ¿Cuál es realmente el propósito de tener hijos?

Gran parte de las parejas se “realizan” en sus proyectos de vidas, en el momento en que tienen hijos y hacen de ello el centro de todo, quizá como excusa a su aburrida vida o como muchos, tratándose de aferrar a alguien más, dado que no encuentran razón a su insubstancial existencia, más allá de un sentido teocéntrico que reflejaría su complejo de Edipo o Electra a una escala teológica. Suponen que es un deber como ser humano, tener una descendencia, pareciera que fuera un juego muy divertido en el que todo el mundo debe estar incluido, donde a todo el mundo se le pregunta ¿cuándo vas a tener hijos?.

En ese sentido, creo que la paternidad o maternidad se convierte en el acto más egoísta que puede tener un ser humano, si lo entendemos en un contexto de sobrepoblación y daño ambiental, Engendrar nuevo serse humanos, implica aumentar la huella de carbono y por ende, causar más daño al planeta; mas pañales, mas desechos, mas alimentos, mas contaminación. Además sin entrar en los dilemas filosóficos que conlleva la existencia, ¿que implica traer a un ser de la nada a este mundo decadente y con fecha de vencimiento? Aparentemente es una respuesta de quien mira al espejo, lo que implica el acérrimo egoísmo latente en la mayoría de personas de no pensarse en conjunto, sino como individuos con derechos, pero sin responsabilidades colectivas. Traer a una criatura para tener a alguien similar físicamente, a quien poder plasmar sus frustraciones, resarcir sus traumas o intentar curar sus padecimientos psicológicos latentes en su inconsciente. Desde luego, todo lo anterior en la eventualidad en que sean planeados, lo que corrobora la estadística, que por el contrario, muestra que la mayoría de embarazos en el país son no deseados.

El paradigma en la actualidad, para precisar el caso colombiano, es que las personas que nacen día a día, no han sido planeadas ni deseadas. En efecto, hay que decir realmente que la decisión de ser padres, casi que exclusivamente ha recaído sobre las madres, quienes han tenido la potestad de materializar esos deseos, o en otros casos destruirlos a través de un aborto. Esto no quiere decir que no esté de acuerdo con ello, de hecho, creo que se debería legalizar el aborto desde todo punto de vista, dándole autonomía a la mujer de que lo realice de una manera segura. Sin embargo, sería interesante también una reflexión a la hora de la procreación, pues no debería ser potestad solo de la madre, sino también del padre, una concordancia en la cual se decida traer una criatura a este mundo, cualquiera que sea el caso, ya sea para abortar o tenerlo. Lo anterior, debido a que existen casos, que no son aislados, en que las madres deciden tener hijos para “amarrar” a los padres, cosa que no justifica traer criaturas para tal propósito y ellos se ven obligados. En otras ocasiones utilizan al padre sencillamente como inseminador natural, para luego sí, solicitar su pensión casi que vitalicia y mantener su capricho a costa del padre de la criatura. Luego están quienes inicialmente querían ser padres o les tocó, y que tenían un interés de amarrar a la madre, creyendo que con hijo la va a tener perpetuamente como trofeo. Y finalmente, están quienes solo quieren embarazarse, para desarrollar su proyecto de vida, realizarse como madres y dejar al padre al margen de la labor paternal, no le interesa el apoyo económico, ni social, ni moral, solo tenían un anhelo propio de tener un hijo, sin importar realmente quien fuera el padre. Este panorama es un reflejo de la cotidianidad, donde traen a este mundo personas, sin estar de acuerdo entre las partes, una inverosímil fachada contractual que termina pagando cualquiera de las partes, sin haber leído ni siquiera las minutas o cláusulas, y donde gran parte de las veces el perjudicado termina siendo el hijo/hija.

Llegados a este punto, y cuando la criatura ya existente en este plano espacial, se debe reflexionar aún más. La única responsabilidad que puede tener un ser humano, más allá de sí mismo, es estar a cargo de otro ser humano, pero no exclusivamente en lo concerniente a lo económico, sino lo que fundamenta realmente su vida como un ser humano: lo social y lo moral, porque eso determinará su vida y la de los demás. Los padres y madres hoy en día, se preocupan más por el plano material, pero no por lo etéreo y sustancial. Se inquietan por llenar a sus descendientes de; juguetes, caprichos, gustos y darles un estatus que van a tener que mantener de por vida, todo en un contexto de la sociedad de consumo, que solo vende necesidades creadas e irrisorias imágenes y modelos a seguir, en un ambiente de egoísmo y banalidad superflua. Los padres y madres laboran todo el día, se ocupan de conseguir dinero para que otros críen a sus hijos; la niñera, el jardín, el colegio, la universidad, etc y llenar sus egos antes los demás por ese triunfo que implica que otros críen a sus herederos. Su tiempo lo pasan solo trabajando y usan como excusa el hecho que hay que suplir todas esas necesidades inventadas; el curso de deporte, de música, de teatro, el nuevo juguete del superhéroe, la muñeca con el nuevo vestido y cualquier cantidad de caprichos que disfrazan de alegría el crepúsculo de la felicidad. Paralelamente están quienes si tienen el tiempo, aunque no recursos, pero de igual manera no les interesa formar personas con criterios ni valores, que sean capaces de ser exitosos, concibiendo un proyecto para sus hijos a la sombra de otros, que terminan siendo solo nuevos corderos para mantener y reproducir este sistema socioeconómico que nos está llevando a la debacle. Paradigmas que han reducido el hecho de criar hijos como si fuera una producción pecuaria, una crianza de pollos o gatos, en la cual sistemáticamente se asigna labores, se proyecta las vidas y se automatizan hábitos; alimentarlos, vestirlos, darles gustos, educarlos y que salga finalmente al mundo, como una estadística más, que solo es capaz de adaptarse a lo normal y hacer la fila para insertarse a una sociedad enferma, donde reina los comunes y corrientes con aires o pretensiones que van más allá de sus progenitores pero solo en un plano material; tener una mejor casa, otro carro, un postgrado, acciones o una profesión que dé más estatus, para ser alguien exitoso y admirado por los demás.

Y es en este punto, donde surge un huracán de inconvenientes, donde se contraponen los padres por la forma de criar a su vástago. Cuando dos personas tienen visiones diferentes, es ardua la labor que tiene por delante. En un contexto colombiano donde la mayoría de criaturas viven solo con uno de sus progenitores, o algún familiar porque existen casos que ni eso, surgen inquietudes ¿Qué tipo de individuo criar? ¿Qué se quiere potenciar? ¿Qué valores inculcar? Es en este momento, donde se levanta un paredón irremediable, que es casi imposible de conciliar, entre padres o familiares, cuando las abuelas y abuelos cobran una excesiva relevancia en la crianza, quieren ganar un protagonismo, de un cartucho que ya quemaron, una etapa que ya vivieron, pero no se dan por rendidos, quieren protagonismo.

En otras ocasiones es peor, y son ellos los incautos que terminan siendo la guardería y alcahuetería de quienes no asumen su paternidad con responsabilidad. Cuando hay dialogo se puede argumentar, cuando se escucha, se puede refutar. No obstante, a menudo alguno de las partes tiene ínfulas autoritarias, porque toma decisiones dictatoriales, lo cual conlleva irremediablemente al conflicto. Hay quienes piensan que un hijo es una propiedad, que la potestad reside en una sola persona, ejerciendo una potestad arbitraria y peor aún, existen progenitores quienes creen que los retoños son trofeos para mostrarlos solo si salen victoriosos, ante el otro, en un juego de poder para ver quién puede más. Supongamos que son ambiguas dos miradas de la vida, entonces, hay una pugna por determinar los valores y características que se asignaran a la criatura y aquí el meollo del asunto. ¿Cómo no anteponer una cosmovisión a otra? ¿Cómo garantizar los derechos de ambas partes en la crianza de un hijo? Lastimosamente, las experiencias muestran que se dificulta mucho la labor de criar a un hijo sino se hace en el marco de una familia o un hogar. Es injusto que algunos padres y madres, quieran ser protagonistas de la vida de sus hijos, pero quienes ostentan la custodia de los infantes o adolecentes, no permiten materializar una cosmovisión diferente, que quieran aportar desde lo moral y lo social, y por la contraparte se ejerza una custodia arbitraria. En otras palabras, el problema no es ser padre, sino quien es la madre y también viceversa. Cómo subvertir esa hegemonía de quienes asumen una paternidad o maternidad egoísta, limitante y coartada, donde reducen la responsabilidad a una fracción económica que se consigna mes a mes y la opinión acerca de la crianza, no se aplica ni como sugerencia. Lo anterior ha desencadenado algunos movimientos, que promulgan una reivindicación por el papel conjunto de ambas partes, donde se exige un marco jurídico que garantice que ambas partes sean protagonistas de la vida de sus hijos e hijas y que no sean relegados a un simple aporte económico, financiando sueños y frustraciones de otras personas, y donde no se puede plasmar los ideales de ambas partes por una custodia arbitraria.

Si lo vemos de una manera holística, el tener hijos en estos tiempos, implica todo un desafío, es un reto a la razón y un desacierto en la parte emocional y ambiental, porque quien tenga la custodia, de una u otra manera puede jugar con el corazón del otro. Si bien, no conozco mayor amor de un ser humano que por un hijo, todo lo que despierta e implica, siendo la sensación de mayor ternura y amor, ese mismo sentido es un arma de doble filo, porque así como otorgan la mayor felicidad, son motores de vida y recipientes de sueños, también sus efectos colaterales son devastadores cuando está en juego tu amor y tranquilidad, no depende solo de la relación bilateral, sino que se media por la contraparte que cumple en exceso su rol.

Piénselo bien a la hora de tener hijos, es la decisión más importante que puede tomar cualquier persona, hacerse cargo de la crianza de otra. Reflexione si este mundo necesita más personas, si ya tenemos fecha de vencimiento al paso devastador que corre el hombre y corroe la naturaleza, luego vuelva a reflexionar ¿para qué quiere un hijo? pero más importante aún, si desea saltar al vacío, recapacite mínimamente con quien lo va a tener, si es la persona con quien usted quiere construirle los sueños a alguien, si va a procurar de que esa nueva criatura sea alguien que aporte al mundo y no alguien que espere que el mundo le aporte todo. Asúmalo, que esa decisión puede darle un giro devastador a su vida, porque cuando se habla de hijos, no hay divorcio, no hay luego, es para toda la vida y depende de ello que sea la mejor o la peor decisión de su vida, este mundo ya no necesita más hijos indeseados y no planeados, no sigamos siendo tan irresponsables.

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