Qué pare el vandalismo

Aníbal Arévalo Rosero

Creíamos que los actos de vandalismo no se volverían a repetir por el contundente rechazo de la sociedad civil, pero estábamos equivocados. En la nueva convocatoria hecha por el comité de paro para hacer un cacerolazo el 21 de enero, se vio el vuelve y juega. Por fortuna son una minoría muy reducida, pero causan un daño terrible.

En primer lugar contribuye a desdibujar la protesta social que es un derecho constitucional, teniendo en claro que quienes lideran el movimiento, que se inició en noviembre del año pasado, han sido enfáticos en señalar que la protesta tiene carácter pacífico y que se condena los actos de violencia venga de donde venga. Por lo tanto, es tan condenable la violencia ejercida por vándalos y delincuentes, como la fuerza desmedida ejercida por agentes del Estado.

Con la llegada de Claudia López a la Alcaldía de Bogotá, reconoció que como ciudadana formaba parte de la marcha, pero que no iba a tolerar que se interrumpieran las líneas de Transmilenio o que se produzcan desmanes que afecten las propiedades privadas y públicas. Para ello estableció unos protocolos que permitiría darle una salida; en primera instancia agotar la vía del diálogo mediante unos gestores de convivencia.

Una vez se agotan dos instancias de convivencia, entre las que están madres de los manifestantes y los policías y el Ministerio Público, se procede con la intervención de la Fuerza Disponible, que es un grupo de la Policía disuasiva preventiva. Si no se logra establecer el control sobre los vándalos, interviene el Esmad como cuerpo élite con escopetas, proyectiles de aturdimiento, gases y marcadores tipo paintball, además de tanquetas con chorros de agua.

Estos enfrentamientos alteran la dinámica de las ciudades, paralizando el sistema de transporte y el comercio. Por lo tanto, en los últimos días han aparecido grupos de personas que se unen para rechazar los actos vandálicos, pero con ello, otros se aprovechan para desdibujar los verdaderos propósitos de la protesta.

Los argumentos de la gran mayoría de la población colombiana se enfocan en decir que sí están de acuerdo con las causas que motivan la movilización social, pero no comparten las formas como se llevan a cabo. Al respecto hay que decir que quienes generan el vandalismo son sujetos ajenos a la protesta social, tienen animadversión por la policía, gente que quiere propiciar saqueos o consideran que con procederes anarquistas se puede desestabilizar al gobierno.

La verdad sea dicha, Colombia viene de transitar una larga noche de violencia que, aún con un proceso de paz imperfecto, nos falta superar unos escollos por los reductos de grupos que se dedicaron a la producción y comercialización de coca y sus derivados, y, en este momento, el surgimiento de bandas emergentes de paramilitares y sicariales, que tratan de opacar el movimiento social con el asesinato sistemático de los líderes sociales.

Es de considerar que de las personas que se mantienen activas en las marchas, la casi totalidad ha entendido que marchar sin agresión produce mejores dividendos. Por eso cada vez que hay brotes, gritan “sin violencia” y buscan desarmar a los actores violentos y proteger a los agentes de la Policía. Y debemos entender que una agresión, verbal o física, hacia ellos conduce a agredir a trabajadores de los sectores populares que cumplen una misión al servicio del Estado.

También es importante recordar que históricamente que quienes marcaron el sendero de la no violencia fueron Mahatma Gandhi, que marcó el movimiento de independencia de la India del imperio Británico; Martin Luther King, activista que desarrollo una labor crucial en favor de los derechos civiles para la población afro descendiente de los Estados Unidos; o Nelson Mandela que encaminó sus acciones contra la criminal discriminación del apartheid.

Es un imperativo que cesen los actos vandálicos, la marcha pacífica con cánticos y cacerola puede convocar a más ciudadanos inconformes. Lo otro es darle pretexto a los fanáticos de la guerra y la muerte y alimentar de noticias violentas a los medios de comunicación sensacionalistas.

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