Réquiem por el sindicalismo en Colombia

Por: Pablo Emilio Obando Acosta

El sindicalismo en Colombia sufre en nuestros días una crisis inocultable. Las causas son múltiples y puede resumirse en cambios en la legislación laboral. Por supuesto que la intimidación en las empresas ha generado zozobra y temor en la clase trabajadora. De acuerdo a estudios recientes se ha podido confirmar la gran crisis del sindicalismo en Colombia: “La propia CUT advirtió esta semana en un comunicado sobre la baja tasa de sindicalización actual: de las algo más de 22 millones de personas ocupadas que había en el país en 2015, apenas un millón y un par de miles más se encontraban afiliadas a algún sindicato: es decir, una tasa de 4,6 por ciento. También reportó que “el leve crecimiento de la afiliación a sindicatos pasó del 6,8 por ciento anual entre 2010 y 2014 a solo el 1,21 por ciento en 2015”. Cifras nada alentadoras y que, por el contrario, dejan entrever una problemática que afecta principalmente al asalariado por cuanto conlleva inestabilidad laboral y su consecuente afectación económica y salarial que le permita planear a largo plazo su proyecto de vida personal y familiar.

Aunado a las anteriores circunstancias, no podemos ignorar o desconocer otros factores que son igualmente contrarios a sus propios intereses y que son del ejercicio propio de quienes ejercen el sindicalismo, concretamente de quienes lo presiden o han sido electos para representar los intereses de los trabajadores. Resulta que todas las entidades públicas u oficiales tienen un sindicato, no menos cierto es que estas entidades se encuentran en manos de un cacique político que mueve sus fichas de acuerdo a sus intereses electorales. Estos sindicatos han cohonestado con las actuaciones de estos personajes que hacen cuanto quieren con los presupuestos, los contratos o las políticas internas.  Actúan libremente por cuanto quienes deben defender los intereses reales de la entidad y sus trabajadores, no lo hacen. Se han convertido en una especie de estatuas de sal que no les es permitido mirar hacia determinadas actuaciones y se los limita a ser convidados de piedra. Se olvidaron de ejercer sus reales funciones, no denuncian, no hacen veeduría, no impiden el raponazo de la entidad y su presupuesto, no defienden los derechos laborales de los afiliados y, por el contrario, y en muchos casos, se alían con quien usurpa el poder para compartir alguna migaja.

Los sindicatos se convirtieron en una especie de club social del proletariado, donde de vez en cuando y en fechas especiales, como navidad, se obsequia un juego de sabanas, cobijas, ollas o bonos. Nada Más. No existe una escuela sindical, una conciencia de clase, una formación en legislación laboral o profesional. Se elige a los directivos teniendo en cuenta su proximidad a los centros de poder o su lagartería que le permite a él también repartir algunas dadivas entre sus electores. Es deprimente mirar como la clase política se tomó  el control de los sindicatos en nuestro país.  Muchos de los directivos sindicales tienen sus manos untadas de mermelada y cohonestan con la corrupción, el saqueo de la entidad y la rampante politiquería que impera en su interior.

Es deplorable y lamentable observar como los gamonales políticos actúan a sus anchas sin que los sindicatos actúen con firmeza y vehemencia en defensa de lo público. Se sientan a contemplar como la entidad se entrega al mejor postor cada cuatro años o dependiendo del vaivén político y electoral, se la saquea, se la exprime y consume hasta que agotada y vencida entra en crisis o en un cierre total y definitivo. Observa impávido el sindicato como se entregan contratos, se llevan nominas paralelas, se comete todo tipo de arbitrariedades y se convierte en un antro burocrático que la sume en una asfixia total. De existir un sindicato fuerte y firme esto no sería factible y se pondría el estate quieto a los corruptos de siempre. Pero se ha visto y con mucha asiduidad que son los mismos sindicatos los que homenajean y gritan hurras y vivas al saqueador de turno, movidos por su ignorancia y su hambre de migajas. Por supuesto que no se trata de una oposición irreflexiva y absurda, sin sentido y arbitraria. Pero sí se  requiere que cuando la mano negra ingrese a una entidad con el ánimo simple y oportunista de servirle a un gamonal político, ahí se encuentre con la firmeza e inteligencia de un sindicato liderado por personas idóneas, coherentes y responsables en su actuar y proceder.

El sindicalismo no puede morir en la impunidad de su propia clase, se debe rescatarlo de las manos de los oportunistas. Igualmente  deben utilizar las armas de la ley y la moral para que no se siga perpetrando un crimen  contra la clase obrera y trabajadora.  Deben oponerse a la entrega inmisericorde de las entidades a la misma clase corrupta que abusa de los recursos y los utiliza para fines no probos. Ese sería el resurgir del sindicalismo, el renacer de una clase que se sume en la indiferencia y la esperanza.  No pueden continuar siendo simples observadores, sumisos a los gamonales que entregan a un testaferro los intereses colectivos y los bienes públicos.  Llegó la hora de que despierten, que asuman sus funciones y ejerzan con propiedad su liderazgo social.  Mientras lo público no tenga dolientes continuaremos perpetuando las mismas crisis hasta que el gran capital privado intervenga y se convierta en el salvador. Miremos lo que pasó en el sector salud, en la infraestructura vial, en las empresas liquidadas y cerradas en los entes regionales, en tantas dependencias que hoy son un simple recuerdo.

La gran crisis del sindicalismo es interna, de sus propios dirigentes, de su inoperancia para atajar y contener la corrupción, de su permisividad ante la inocultable presencia de la clase política que se reparte las entidades como pedazos de queso rancio.  Sabemos en Colombia que toda empresa y entidad tiene la mano negra de un político que la maneja a su antojo y que gracias a ella y su presupuesto y burocracia se perpetua en el poder. Pero calla el sindicalismo, asume una posición de complicidad y sumisión, reciben dadivas y contratos y mientras con la mano izquierda izan la bandera de la reivindicación, con la mano derecha depositan el voto de su enemigo de clase. Le corresponde al sector sindical salir de su propia crisis, evocando sus grandes luchas y logros y acudiendo a la moral limpia e intachable que los debe caracterizar, actuando con carácter y grandeza frente a tanto desmán que es público y generalizado. Está en sus propias manos salir del marasmo o iniciar un proceso de formación sindical que permita rescatar lo público de las garras de los caciques y gamonales  de siempre.

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