Respetuosa carta abierta a la señora alcaldesa electa de Sandoná

Señora Alcaldesa electa de Sandoná, María Fernanda Hidalgo Basante, antes que nada reciba mis respetuosos saludo y felicitación por haber sido usted la elegida para dirigir los destinos en el próximo cuatrienio del pueblo que nos acompaña desde niños en nuestro corazón.

El sábado 2 de noviembre de este 2019, en el registro noticioso del Informativo del Guaico titulado “Entregó obra de pavimentación”, una de las fotografías del reporte gráfico muestra lo que –al parecer- es lo que queda de la Banda de Músicos de Sandoná (me refiero a la de los mayores, no a la Banda-Escuela Pote Mideros, que dirigía el profe Nelson Luna, y digo “dirigía”, porque parece que esa banda-escuela ya no existe. ¡Qué tristeza!). Y mi aflicción me lleva a utilizar la expresión “lo que queda” (de la “antigua”), porque allí se ven ¡seis integrantes!: tres “veteranos” y dos jóvenes más, ataviados para la ocasión con cachucha beisbolera (uno de ellos en bermudas para el desfile) y al tercero, aunque está cubierto por el veterano que lleva el bombo y que se alcanza a distinguirlo pero no a identificarlo, utiliza también una similar cachucha y, por su atuendo, se presupondría que también es un joven. ¿¡Seis, sólo seis músicos, es lo que queda de nuestra banda!? https://informativodelguaico.com/wp-content/uploads/2019/11/Entrega-de-pavimentaci%C3%B3n-U-del-parque-22-1024×768.jpg

Hasta mediados del siglo XX (ya lo hemos reseñado en otros artículos y textos) hubo tres bandas en Sandoná, según testimonios de respetables músicos de ese tiempo: la Olaya Herrera –con cincuenta integrantes aproximadamente, y con la tendencia política del Partido Liberal-, la Santa Cecilia –de los conservadores con treinta y cinco personas, aproximadamente- y la Gardel –de tendencia también liberal, treinta integrantes, aproximadamente-. ¡En total más de un centenar de músicos activos!

Sus directores también eran obligadamente o liberales o conservadores. Cada banda salía a hacer sus presentaciones (o “retretas” o “tocatas”, como se las llamaba), “paseadas” por nuestras principales calles o en sitios especiales para el evento: el parque o el atrio de la iglesia, los más utilizados. Y quizá había un espíritu de competencia por el lucimiento: por sí mismos (por orgullo propio), pero además algunos quizá por el partido político al que representaban. La división de los músicos en bandas de partido formó parte –en primer lugar- de la marcada y violenta división política de la comunidad de entonces, como consecuencia de la que existía en todo el país. Otra de las razones, la segunda, sería la de una innata competencia -intrínseca en todo sandoneño, en cualquier actividad-, para muchos rayana en la envidia, hasta hoy, aunque también podría pensarse que es una innata y reconcentrada envidia rayana en la competencia, que es la que le ha procurado saltos de progreso a nuestro  pueblo en unas veces, pero en otras también lo ha estancado.

Señora Alcaldesa electa, quienes ruedan por mi edad, y aun menos, recordarán que el número de integrantes de la banda, en nuestra infancia, era de muchos integrantes formados en tres filas; para los ojos niños de nosotros de entonces, inmensas. En nuestra adolescencia recordamos que hacían tres filas, en las que se combinaba la veteranía y la experiencia de los integrantes de familias de reconocidos músicos, codo a codo con jóvenes, de las mismas o de otras casas, que comenzaban a ser tenidos en cuenta públicamente, y pagados, así fuera exiguamente. Es verdad que podría ser un número fluctuante, ¡pero jamás llegaron al deplorable número de seis integrantes! ¿Cuáles podrían ser las causas del insignificante número de miembros al que hemos llegado? Pueden ser varias, y me voy a detener en la siguiente:

Estoy seguro de que se refiere al cambio de las costumbres culturales no sólo de nuestro pueblo, sino del mundo entero. Me explico: antes de que existiera la educación formal, tal cual nos la trajo la era de la Modernidad (escuela+colegio+universidad en planteles al efecto), los padres de familia -al empezar a ver crecer a sus hijos varones- comenzaban también a pensar en el futuro “oficio” de su hijo más que de su hija (ya que ellas estaban destinadas a la maternidad, mejor con matrimonio que sin él… Triste e injusto pero era así). La escuela primaria se aceptaba hasta la lecto-escritura, las operaciones aritméticas y ante todo la básica preparación de un católico para recibir el Sacramento de La Comunión. Algunos “privilegiados” llegaban hasta terminar los años de esa primaria básica. Después de los años escolares, los padres hablaban con el maestro sastre o el maestro carpintero o el albañil o el músico o lo destinaban a las labores agrícolas, etc., para que lo recibiera como aprendiz o peón y –de acuerdo con las aptitudes encontradas- él aprendería y continuaría con esa labor y luego él mismo asumiría esa “maestría” para con las generaciones siguientes, hasta donde le alcanzara su vida.

Como pareciera que Sandoná es un pueblo privilegiado en genes musicales, se han dado muchos músicos, unos con más y otros con menos talento, unos con más y otros con menos esplendor, a los cuales siempre va unida también un tipo de “suerte” construida con la disciplina que cada persona le pone a lo que se propone. Pero es innegable que somos un pueblo que se gloría, y con  razón, de tener muchos músicos en su haber cultural, así sea con diferentes reconocimientos. Indudablemente este de la música fue un oficio –hoy convertido en profesión- muy concurrido en nuestro Sandoná, debido como creo a virtudes innatas hereditarias, aunque carezco de evidencia científica al respecto. A los músicos de la banda se les reconocía su oficio de músicos, aunque se les pagaba poco. Casi siempre, se les procuraba un local estatal o de propiedad eclesial para sus ensayos, y se les hacía pagos por presentación. Algunos gobiernos municipales o algunos efímeros mecenas iban más allá: les proveían más instrumentos y hasta uniformes. Pero todo músico sabía que debía tener otros oficios también, para satisfacer así su hambre espiritual con la música, y su hambre física y la de sus familias con el otro u otros trabajos.

                                                                                            Banda Santa Cecilia
                                                                                                  Foto: Internet

Vino la Modernidad a nuestro pueblo, así nos hubiera llegado tarde como todo, pero llegó. La Modernidad, ese gran cambio de era en la historia de la humanidad, trajo las obvias modificaciones en las relaciones sociales y económicas de nuestro Sandoná, y por ahí derecho llegaron también cambios culturales, la educación como una parte elemental de ellos: los estudios básicos de la escuela primaria, en muchos casos incompletos, se exigieron completos por parte de las comunidades a los gobiernos. Luego, lentamente, los estudios se extendieron a los que empezarían a proporcionar los colegios, es decir, “los estudios secundarios”. En nuestra Colombia, a la ampliación de la cobertura tanto de los estudios primarios como secundarios, contribuyó también tanto los incipientes inicios de la industrialización (propios de la Modernidad) de algunos de nuestros pequeños centros urbanos de entonces en la década del veinte, así como un poco más tarde el hacinamiento de poblados y ciudades que empezaron a dejar los desplazamientos por la llamada Violencia liberal-conservadora y que avivaron esa industrialización. El Estado se vio en la obligación de intensificar la cobertura educativa como parte de una mínima prebenda de servicios a esas comunidades desplazadas, pero ante todo para preparar mano de obra para el creciente sector industrial, debido al desplazamiento campesino hacia las ciudades.

Lentamente también, estos estudios secundarios comenzados de manera incipiente en Sandoná en la primera mitad del siglo XX, y de manera más efectiva en su segunda mitad, comenzaron a cambiar los patrones de costumbres de nuestro pueblo y –con ellos- empezaron a transformarse los patrones culturales. La educación secundaria trajo una proyección hacia la universidad para unos cuantos, unos poquísimos  privilegiados integrantes de esa comunidad municipal, pero que generó más cambios, y yo diría que definitivos. Más adelante, la Modernidad en la Educación empezó a llegar nuestros campos así como se había tomado nuestro casco urbano. El Estado –en este caso a nivel municipal- se vio abocado, o no sé si obligado, a satisfacer las demandas de estas nuevas necesidades, antes no sólo desconocidas sino absolutamente inexistentes. Pero el Estado –es decir, en este caso nuestro municipio- no estaba preparado para asumir estas profundas “novedades”, porque -como casi siempre ocurre- los estados no están preparados asumir las situaciones  profundas de los grandes cambios. Las legislaciones caminan detrás, siempre.

                                                                                Foto: Alejandro García Gómez

Por eso continuaron las mismas relaciones culturales-patronales Estado (municipio) y músicos, señora alcaldesa. Y el destino de las bandas quedó librado a su propia suerte. Quizá se pensó poco, muy poco, o ni siquiera se pensó en ellas, como parte de nuestro patrimonio cultural como comunidad. Los llamados patrimonios culturales que provienen de las costumbres son como la madeja que teje y amarra a las comunidades con su propio sol y su suelo y a éstos con sus habitantes, para proyectar, desarrollar  y conservar las costumbres que proporcionan su convivencia. Los músicos empezaron a ser requeridos sólo en momentos de necesidad (quizá por la eventualidades de presentar algún acto ante el pueblo o similar), pero NO se les siguió brindando las oportunidades de aprendizaje más o menos digno de antes, o esas “oportunidades” se las volvió demasiado indignas o se las mermó hasta la casi desaparición. Se siguió con algún pago, como es posible que haya ocurrido con el caso de los integrantes de la fotografía de esta noticia arriba presentada, cuando la primera autoridad de nuestro pueblo “entregó obra de pavimentación”, como se ve en realidad en las otras tomas. Estoy seguro de que la necedad involuntaria no puede ser culpabilizada pero sí responsabilizada, me queda la duda si la necedad voluntaria sí debe ser señalada culpable.

Señora alcaldesa, ¿cuál es mi respetuosa solicitud de sandoneño, así me encuentre ausente por razones de trabajo y de familia? Yo sé que hay muchos alcaldes que han gobernado a nuestro Sandoná –no sé cuáles sí y cuáles no pertenezcan este grupo, hasta ahora- que aseguran hasta en públicos muy restringidos que a ellos sus conciudadanos los van a medir como buenos o como malos alcaldes por el dinero que derrochan en cada uno de los contados días y las noches de nuestras fiestas pueblerinas, ante todo en los carnavales de fin y comienzos de nuevo año y en las fiestas de agosto. Como somos un pueblo parrandero, al igual que el resto del país, les queda muy fácil aplicar aquel principio de la Roma de los Césares, cuando el poeta Juvenal, hastiado, sentenció en su Sátira X: “Panen et circenses”, que ha quedado perpetuado como Al pueblo pan y circo, figura que en nuestro pueblo, presuntamente, también abarcaría –además del “obsequio” de los cantantes y los tablado de la rumba moderna para todos- la prodigalidad “de él” (o “ de ella”), con el presupuesto municipal, claro, en dádivas de licor y hasta comida para para algunos de ellos.

                                                                             Foto: Alejandro García Gómez

Entonces, ¿cuál es mi respetuosa solicitud señora alcaldesa? Siempre con el debido respeto y con la deferencia que su investidura –otorgada por nuestro pueblo- me inspira, no sé si sea mucho pedirle a usted que comienza, al igual que a nuestro nuevo Concejo Municipal, que tomen el QUEHACER CULTURAL no sólo como un apéndice de obediencia o cumplimiento según lo estipulan nuestras leyes y normas que rigen el país y los municipios, sino y fundamentalmente como un EJE TRANSVERSAL que permita llevarnos como pueblo a una verdadera libertad (por la espiritualidad -en sentido pleno- que la cultura y el arte convocan y conllevan y que nos dan el conocimiento como seres humanos a nosotros y en consecuencia a todos los sandoneños como pueblo) y con esto a una sólida convivencia ciudadana, y no por una estereotipada serie de preceptos y sanciones impuestos, sino por convencimiento humanista integral y personal. Sé, como todos, que las consecuencias favorables de estos procesos sólo se verán a largo plazo, y quizá una mínima parte al final de su cuatrienio. Y aunque sabemos que esos frutos no serán visibles de manera mediática, se apoderarán de forma irreversible de nuestra idiosincrasia de sandoneños, y luego crecerán y volarán solos

También le solicito que el tema de la escuela de músicos de infancia y adolescencia, así como los talleres de arte, teatro, literatura, etc., sean parte de una formación complementaria, subvencionada por nuestro municipio, adaptando los exiguos recursos económicos que provee el Estado a estas exigencias y buscando (de la misma creativa manera que se encuentra para las orquestas, cantantes y conjuntos en las fiestas de una sola noche) hacerlo para irrigar un poco más el dinero de esas parrandas de una sola noche en proyectos con futuro para nuestra infancia y juventud, convocando a la ciudadanía y concientizándola de esta necesidad que tenemos como comunidad y como Pueblo (en sentido amplio y este sí con mayúsculas).

                                                                                            Foto: Alejandro García Gómez

Señora Alcaldesa María Fernanda, para esta TRANSVERSALIDAD DEL ARTE COMO EJE, que le propongo respetuosamente, podríamos comenzar por lo que nos quedan como “rescoldos”. El primero -como un ascua triste que sobresale en los seis integrantes mencionados antes- pienso que debe ser nuestra otrora gloriosa banda municipal de mayores; ella podría ser la primera en ser tenida en cuenta al igual que refundación de la banda-escuela Pote Mideros, apelando a las experiencias, a la prodigalidad y a la civilidad del anterior director, el maestro Nelson Luna y, de no ser posible con él, hacerlo con otro semejante a él en su entrega y capacidades. Una de las razones que me mueve a proponérselo, es que de ella aún subsisten brasas -quizá cálidas- que, con un avivamiento, podríamos ponerla a funcionar en un plazo corto. Esas “brasas cálidas” a las que me refiero, es a que tenemos aún una memoria colectiva de la banda, contamos con muy buenos músicos veteranos y aun con jóvenes, con muchachos y niños y jóvenes que poseen las cualidades y que lo desean con fuerza -como se debe desear lo que se quiere para uno-, pero además contamos con directores. No sé si haría falta adaptar un local adecuados (por aquello de la fidelidad del sonido, hasta donde sea posible). No sé cómo andamos de instrumentos, pero estoy seguro de que si los padres de familia ven buenos formadores, se procurarán los esfuerzos para que sus hijos tengan la instrumentación y que ellos la cuidarán quizá más porque es de su propiedad.

Foto: Alejandro García Gómez

Existen también algunas organizaciones juveniles (que con el tiempo se irán volviendo de mayores) de artes y literatura. Se podría también convocar no sólo a ellos sino a quienes deseen participar; escucharlos y fijar con ellos normas de acción, de apoyo, pero también de supervisión y vigilancia y, por qué no, también sancionatorias (al igual que con las bandas), cuando los recursos que se les destinen se desvíen hacia objetivos que nada tienen que ver con lo proyectado y planificado. Pienso que, como esta carta abierta se está haciendo extensa, en otra ocasión señalaré algunas ideas en relación con esto de las otras artes. Claro está que invito a las personas que son o han sido o quieran serlo de este tipo de organizaciones, platiquen y aclaren sus ideas y las concreten y, claro, de manera respetuosa se las expongan a usted y que usted los escuche.

De lo que sí estoy seguro es de que si despegamos con rehacer nuestra banda de mayores, jamás volveremos a ver desfiles tristes de ella con seis integrantes.

De mi consideración y respetuosamente:

Alejandro García Gómez (pakahuay@gmail.com)

Comentarios

Comentarios