Retroceso en la política electoral en Nariño

Por: David Bohorquez

Las presentes elecciones locales y regionales en Nariño, al contrario de estar marcadas por el entusiasmo y la militancia ideológica, se han caracterizado por ser tediosas, poco creativas, y sobre todo, mecánicas o reducidas en gran medida a lo económico y a alianzas clientelares. Las encuestas han sido reveladoras; pese a que unas y otras apuntan a algún candidato como ganador, la indecisión marca un porcentaje altísimo, que casi nunca se había visto. Sin embargo, más que dudas para depositar el voto por X o Y candidato, mucha gente ha manifestado desinterés o indiferencia por la contienda electoral. En sí se percibe un desaliento por lo que se avecina y una pequeña intuición que las cosas no van a cambiar sustancialmente con las candidaturas que se disputan el primer lugar. Aunque muchos se han vinculado activa y fastuosamente a campañas políticas, pocos son los que expresan convencimiento y fe ideológica en los postulados de los candidatos.

En general, se aprecia un retroceso tanto en las prácticas de los electores, como en las dinámicas de las campañas políticas. En buena parte, los electores han dejado de participar en la contienda con entusiasmo, han mostrado indiferencia en empoderarse de programas de gobierno o banderas políticas y muchos han condicionado su vinculación a determinada candidatura, en función de beneficios personales posteriores. En lo atinente a las campañas, la situación es más lamentable aún. En el caso de la gobernación, además de no contarse con candidatos carismáticos y dotados de suficiente conocimiento técnico y político, se ha observado (como nunca) un descarado encarecimiento de las campañas. Esto obedece a un lamentable circulo vicioso que proviene del vigente sistema electoral colombiano; es decir, las propias reglas de juego electorales fomentan la circulación de ríos de dinero para su funcionamiento.

Aunque este asunto poco se comenta explícitamente, la mayoría de candidatos al concejo, asamblea y alcaldías solicitan insistentemente recursos para definir su apoyo político. Un aspirante a concejal requiere dinero para financiar su campaña, y por ello, lo exige a sus candidatos a la alcaldía, asamblea y gobernación. Un candidato a la asamblea, al tiempo que pide financiación a un aspirante a la gobernación, es conminado a tratar de financiar candidaturas al concejo en diferentes municipios. Ni hablemos de los aspirantes al primer cargo del departamento, que paralelamente tendrían que aportar recursos para todas estas candidaturas. Como es obvio, lo anterior redunda en que los topes máximos reglados para el financiamiento de campañas, se sobrepasen ostensiblemente. Ahí está el cimiento de la siempre condenada corrupción. Pongamos un ejemplo sencillo, el tope máximo para la alcaldía de Bogotá (una ciudad de casi 9 millones de habitantes), está fijado en 4.172 millones de pesos, una cifra muy inferior a lo que una candidatura ganadora puede emplear en un municipio como Tumaco en Nariño (que no sobrepasa los 250.000 habitantes). Según se dice, una campaña a la alcaldía en ese distrito, para ganar debe invertir como mínimo más de 6.000 millones de pesos. Ni hablar de la gobernación.

Estamos ante un juego de hipocresías, muchas candidaturas que declinan y se adhieren a favor de otro aspirante, lo hacen en nombre de supuestos “acuerdos programáticos”, que, si bien pueden ser ciertos, casi siempre incluyen fuertes transacciones económicas para concretarse. ¿Cómo se logran? Todos los candidatos se ven obligados a buscar fuentes de recursos a como dé lugar y es ahí donde aparecen los “inversionistas”, nombre neutral que se le da a las personas que deciden aportar a una campaña con el fin de que en el marco del ejercicio de gobierno, se les devuelva el doble o incluso el triple del monto invertido. Aquí no hay puntos medios; quienes se involucran en este juego “tiran toda la carne al asador”, quien se endeuda, lo hace para ganar, dado que no tiene sentido contraer deudas a medias con miras a perder. De ahí viene el desespero en el día electoral y ya todos podemos imaginar el resultado de esto.

Estas lamentables condiciones del sistema electoral colombiano permean a todas las campañas, incluso las alternativas. Es por ello que hemos observado extraños reacomodos y apoyos de militantes de la centro izquierda hacia aspirantes de la política tradicional que nunca han sido afines con esta ideología; algunos lo hacen bajo presión y como único mecanismo para poder sostener sus propias candidaturas o resolver sus deudas, mientras que otros recurren a esta práctica en función de desavenencias y rencores con sus colegas de militancia ideológica. Pese a todas estas desventajas, es importante señalar que siguen existiendo ciudadanos y candidatos que intentan practicar una política libre y sin ataduras, siguiendo sus causas y creencias. No obstante, lo hacen en medio de una competencia inequitativa.

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