Se arregla la depresión

Por: Oscar Seidel

 Imprima, no deprima

En mi primer viaje a Medellín quedé cautivado con la belleza de la ciudad, el orden, y su gente. Pero, mi mayor asombro fue escuchar el pregón de un antioqueño que desde su bicicleta gritaba: “Se arregla la de presión”. Extrañado, pregunté al familiar donde me hospedaba que si ese anuncio publicitario era otra exageración paisa, y me respondió con la mayor tranquilidad que eso no era nada raro, porque el hombre aquel reparaba las ollas de presión con las que cocinaban los frijoles.                                                                                                 La expresión con que titulamos este primer párrafo no es un grafiti, ni muchos menos es la sugerencia del psicólogo; es la realidad del escritor que está a punto de  enloquecer por el síndrome de la página en blanco, que por coincidencia y debido a  la epidemia del Coronavirus, tiene al borde del desespero a mucha gente. Es una frase sacada del libro “El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz” del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, novela que casi de manera obligada clasificó dentro de mis relecturas en esta época de la peste coronaria.

   El personaje de la obra literaria es el profesor Martin Romaña, quien cuenta todos los sinsabores que sufre un latinoamericano en Paris, y los frecuentes traumas que padece al tratar de escribir sobre su continente de origen. La bendita hoja en blanco que como fantasma aparece a todos los narradores cuando no tienen nada que decir, y que sufren por la desinformación de no hablar con otra persona.

Sandeces que deprimen

Está encerrado en la frase “Imprima, no deprima” la sugerencia para que todos los escritores y periodistas narren la historia y la noticia de una manera verás. Es frustrante para el lector no encontrar sentido a lo que tratan de informarle, y más preocupante es leer y escuchar nimiedades y falsedades que deprimen.

      Por los medios de comunicación sólo se palpa el amarillismo de tener la “chiva” de cuántos enfermos van con la pandemia y cuál es la cantidad de los que se ha llevado la parca. Cada día le dan vitrina a cualquier personaje que dice tener el remedio infalible para exterminar el virus, y quedamos aterrados al escuchar que desde la hoja de mata-ratón hasta el ibuprofeno, son el elixir para acabar nuestras enfermedades y malestares.

                          Estamos igual que Martin Romaña, quien se mantenía con vida por el ejercicio de llenar la hoja en blanco. Los medios de comunicación no tienen la gentileza de seleccionar las noticias, porque el Coronavirus es el pan de cada día con lo que mantienen nuestra espantosa existencia.

Resumen de la novela

La novela narra la depresión de Martín Romaña, profesor en la universidad pública de Nanterre, ubicada al oeste de Paris. La estudiante Florence le habla de él a su hermana mayor Octavia, y le cuenta que la gente se aburría bastante, pero que alguien le había dicho que en el departamento de español había un profesor peruano tan taciturno como loco, un tal Martín Romaña, que no dictaba sus clases, sino que las llevaba preparadas en una grabadora. Entonces, Octavia rompe con sus tres pretendientes: uno en París, otro en Lisboa y otro en Milán, y se va a la universidad de Nanterre para convertirse en alumna del deprimido profesor, y de repente se aparece en su vida una muchacha, que para él es la misma y misteriosa Octavia que conoció en Cádiz, razón por la cual, aunque finalmente nunca se llame así, ella pasa a ser para él “Octavia de Cádiz”, y entre ambos surge una deprimente historia de amor. Instalado en su sillón Voltaire, y en medio del interminable naufragio de su exis­tencia, Martín Romaña abre su bitácora de navegación y nos revela sus aven­turas y desventuras con Octavia de Cádiz. Con ella mantiene una relación que se ve dificultada por una serie de diferencias, que van desde la de edad hasta las económicas, y que finalmente resultan insalvables porque ella es hija de una poderosa familia de rancio abolengo que la aparta de él. El encuentro de estos amantes, y su deprimente diálogo, constituyen el núcleo de esta novela.

El llamado

Me gustó releer la novela “El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz”, por el mensaje que envía a los escritores que entran en ataques depresivos de incomunicación, por el ánimo que impulsa para dialogar, y por la forma normal que lleva al lector por el Barrio Latino de Paris, el ambiente universitario y la ficción.

                  Imprimir y no deprimir debe ser el lema de quienes tienen la responsabilidad de informar a las personas ávidas de noticias agradables que las saque de este infierno de la peste. Hay que tratar de hacer amena la vida, dar noticias veraces para no confundir al lector.

Quienes tenemos el habito de leer, escuchar y escribir sobre el acontecer, nuestra única tabla de salvación que nos saca del naufragio de la desinformación, es el relato verídico. Yo por ahora solo releo y escribo, no veo ni escucho noticias. Tengo en blanco la página de mi mente para no sufrir con la andanada de la desinformacion diarias sobre el mismo virus.

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