Silencio en las alturas, muertes en la tierra. El inicio de la guerra con Drones.

Por: Laura Natalia Moreno Segura*

 

Los habitantes de Kismayo (Somalia) ya se habían acostumbrado al estruendo ensordecedor de las ametralladoras y granadas que a diario dejan los enfrentamientos entre Al Shabab y las tropas de paz de la ONU – African Union Mission in Africa (AMISOM)-, aunque es muy probable que nadie se acostumbre del todo a la guerra. El ruido de la batalla permanente ha sabido traspasar las barreras de la piel para meterse en sus cuerpos, consumir sus células vitales. En muchos casos los ha despojado de su dignidad convirtiéndolos en refugiados que cruzan los caminos secos y desgastados del Cuerno de África para llegar hasta Kenia. Pero un día cualquiera los avances tecnológicos los sorprendieron, no con nuevas vacunas contra el cólera o la malaria, sino con un zumbido insipiente venido desde el cielo que se mezclaba con el trueno de los gatillos en tierra, que al pasar arrojaba el manto de la muerte sobre aquellos que alcanzaba a su paso. Estaban siendo testigos, al tiempo que víctimas, de los más recientes desarrollos de la inteligencia artificial.

 

Esta misma escena se ha venido repitiendo durante los últimos años en regiones de Afganistán, Pakistán, Yemen e Irak, en donde los ataques liderados por las fuerzas militares estadounidenses con Vehículos Aéreos no Tripulados (VANT), más conocidos como Drones, se han convertido en un asunto cotidiano, tras la invocación de la “lucha contra el terrorismo”, creyendo que las grandes palabras hacen más defendible la muerte o que hacen que matar sea más sencillo. A lo mejor simplemente lo hacen más decadente al disfrazar asesinatos injustificables con eufemismos.

 

Vivimos en un mundo en el que la técnica inaugura una nueva política de la vida. Donde las aves de colores tienen que abrirle paso a los Drones en esta civilización de pólvora y radares activos. Una cierta certeza sobre la infalibilidad de las máquinas ignora las trampas de sus desarrollos. Estas nuevas aves metálicas, silenciosas y letales no están exentas de asesinar a civiles no involucrados en el conflicto, mientras buscan acabar con los días de los señalados en las “Kill list” (lista de objetivos militares), a quienes niega completamente la posibilidad de ser sometidos al debido proceso si decidieran no oponer resistencia, puesto que es probable que ni siquiera sepan que han muerto tras un parpadeo desprevenido y silencioso, durante el cual la tierra de pronto se convierte en un valle de muerte.

 

Los Drones son –en ese orden de ideas- un símbolo del ocaso de esta congregación de seres humanos que llamamos civilización, incluso cuando la humanidad creyó que ya lo había visto todo tras las guerras de trincheras y los campos de concentración Nazi. Ahora tenemos que nuestro cielo no es el de otrora símbolo de libertad y vida, sino que además de verse amenazado por el vuelo de sustancias tóxicas y contaminación creciente, también va siendo colonizado por estas nuevas máquinas voladoras cada vez más utilizadas por ejércitos nacionales y fuerzas beligerantes, cuya invisibilidad y rapidez amenaza con destruir el castillo de cristal que el siglo de las luces y de los derechos habían tratado de forjar para que fuese posible el milagro de la coexistencia, del habitar juntos. Cuando el hombre creyó perfeccionar su sistema no hizo más que cambiar el sitio de las cosas.

 

Hay una gran distancia entre ese cielo productor de consuelo eterno con el que soñaban los sobrevivientes de las guerras del siglo XX y aquel bajo el que niños afganos, pakistaníes y somalís, con sus ojos cargados de asombro ven caer cuerpos asesinados por un avión fantasma. Dejan de jugar al Pittu Grem, al Buzkashi y de elevar cometas para empuñar fusiles de asalto en una guerra contra una máquina operada a control remoto sobre la cual no pueden imputarse cargos por violación a los derechos humanos.

 

Así, crece esta sensación desconcertante de que algo se está derrumbando a nuestras espaldas, mientras que la humanidad sigue apostando sus mejores cartas al desarrollo de máquinas que van carcomiendo los débiles cimientos de nuestro mundo común.

 

Ahora esta destemplada serenata de los Drones empieza a sonar por los aires estadounidenses, desplegando sus capacidades de control y vigilancia de la población para evitar un ataque inminente en casa –afirman-, inspirados en el delirio de persecución que ha sido el motor del desarrollo tecnológico e industrial de estos tiempos que corren. La polémica no se ha hecho esperar pero ya antes hemos visto cómo las libertades y los derechos terminan cediendo en las sociedades del miedo.

 

*Investigadora y analista en temas relacionados con cooperación internacional, ayuda humanitaria y derechos humanos. Doctorante en Espacio Público y Regeneración Urbana de la Universidad de Barcelona, Magister en Estudios Políticos y Relaciones Internacionales del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional de Colombia y Politóloga egresada de la misma Universidad.

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