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Simón Bolívar y la Navidad trágica de Pasto

Por: Julián Bastidas Urresty

El mundo pronto va a conmemorar dos siglos de la muerte de Simón Bolívar, sin embargo, en Pasto, aparecieron nuevos historiadores que le acusan de haber ejercido dura violencia en la batalla del 24 de diciembre de 1822, ocurrida en esta ciudad, en las Guerras de la Independencia. Con velas y discursos conmemoran el episodio denominado “la Navidad trágica”. La última vez lo hicieron con ritos indígenas olvidando que éstos fueron víctimas de los españoles en uno de los más graves genocidios que registra la historia de la humanidad. Qué ironía, pues fue precisamente Bolívar quien acabó con la tiranía de la Corona española.

En las redes sociales de internet difunden frases sin contexto alguno, que Bolívar escribió en sus proclamas cuando el pueblo pastuso se opuso tenazmente a la campaña libertadora. En las calles pintan imágenes de “Bolívar asesino”. A las instituciones estatales han pedido conmemorar los “hechos luctuosos” de la Navidad trágica. En el reciente carnaval de Pasto se presentó una artística carroza con una imagen “terrorífica” del Libertador. Los nuevos historiadores, y otros que lo son menos, cuentan los hechos sin objetividad ni veracidad, sin el rigor científico que exige la Historia como ciencia. Es preocupante que, con argumentos que lindan entre el fanatismo y el chauvinismo, han logrado captar muchos seguidores.

Una primera aclaración: Simón Bolívar no estuvo en esa batalla de Navidad. Por las fechas de algunas de sus cartas es fácil comprobar que en esos días se encontraba en el Ecuador. Estuvo en Pasto meses antes, entre el 8 y 10 de junio de 1822. El día 11 viajó a Quito, una vez firmada la Capitulación de Berruecos con el coronel español Basilio García. Esta Capitulación fue aceptada por las autoridades civiles y militares de Pasto, por los más influyentes eclesiásticos y por gran parte de la población que quiso integrarse a la República de Colombia. Los españoles se retiraron para siempre de Pasto. Bolívar entró a la ciudad con todos los honores. El obispo Jiménez de Enciso, considerado el más realista de los eclesiásticos españoles, celebró misa con Tedeum en la Iglesia de San Juan. Basta leer los términos de la Capitulación para entender que fue un gesto noble y magnánimo del Libertador con un pueblo que se rinde. En carta al general Santander, Bolívar expresa gran satisfacción al terminar la guerra en Pasto, “Hasta los niños con la mayor candidez dicen: que qué han de hacer, pero que ya son colombianitos. En este instante me lo está diciendo una niñita, pero con mucha gracia”.

Podemos considerar entonces que hasta aquí se extiende la historia gloriosa de Pasto que luchó bravíamente para defender sus convicciones, pero entendió el valor de la libertad y de hacer parte de la nación colombiana.

 

La Navidad trágica

La satisfacción del Libertador duró pocos días. El 28 de octubre de 1822, estalló en Pasto una rebelión liderada por el teniente coronel Benito Remigio Boves, llamado el “ave negra”, oscuro e irresponsable militar español que había huido de la cárcel de Quito. Le acompañaron Estanislao Merchancano y Agustín Agualongo que había sido liberado de la cárcel de Quito por su condición de “paisano”, dice el documento correspondiente. A ellos se unió parte del pueblo llano en alianza con los indígenas de las aldeas vecinas que se entusiasmaron al emprender una nueva “guerra santa contra los malvados usurpadores de los derechos del muy amado Fernando VII y enemigos jurados de la Religión”. Segunda aclaración: esta rebelión no fue aceptada por buena parte de la población ni por los más importantes religiosos de Pasto. El Vicario Aurelio Rosero la calificó de “infame tumulto y criminal bochinche”. Además, declaró excomulgados a los jefes del “bochinche”. De esta manera se inicia el periodo más violento y cruel que sufrirá Pasto en todos los tiempos, que causará mucho dolor en la población, la ruina de la ciudad y de su Provincia.

Para sofocar el levantamiento, el general Antonio José de Sucre tomó el mando de las tropas patriotas, salió de Quito y marchó a Pasto. En el camino fue atacado furiosamente por los rebeldes. Antes del ataque final, envió una nota intimidatoria exigiendo la rendición, pero su emisario no regresó, fue apresado en Pasto. A mediodía avanzó y encontró al enemigo posicionado junto a la iglesia de Santiago. El combate comenzó a la una de la tarde, el 24 de diciembre, día importante de fiesta religiosa. En hora y media se impusieron los patriotas. En su informe, el general Sucre dice que desde la altura de Santiago observó a las tropas de Boves, Merchancano y Agualongo que huían por los caminos que van a Sibundoy y al río Juanambú, dejando a la población civil de Pasto indefensa, a merced de los vencedores. La ciudad vivió escenas de horror. La soldadesca desenfrenada del batallón Rifles cometió toda clase de excesos y vejaciones. Estos mercenarios ingleses e irlandeses, reputados por su ferocidad, aprovecharon la ocasión para vengar la muerte de sus compañeros en anteriores batallas. Eran comandados por coronel el irlandés Arthur Sandes, veterano de Waterloo. El general Sucre calculó en 300 los opositores muertos pero los nuevos historiadores ya han sobrepasado la cifra de 800.

A pesar de la dura retaliación que sufrió Pasto, Agualongo y Merchancano continuaron la lucha. El 12 de junio de 1823, vencieron al coronel Juan José Flores, apoderándose de 500 armas.  En el ejército de Flores había 200 combatientes de Pasto y de los Pastos, entre ellos los oficiales Tomás Miguel Santacruz y Estanislao Villota. La ciudad era regida por instituciones republicanas.

Animado por la victoria, Agualongo marchó al sur con 1200 hombres. Su osada idea era tomar la ciudad de Quito. Tercera aclaración: es entonces que Bolívar lanza, el 28 de junio de 1823, la proclama intimidatoria que los nuevos historiadores la colocan engañosamente como si la hubiera dicho antes de la Navidad trágica de Pasto: “La infame Pasto ha vuelto a levantar su odiosa cabeza de sedición, pero esta cabeza quedará cortada para siempre […] Esta vez será la última de la vida de Pasto: desaparecerá del catálogo de los pueblos si sus viles moradores no rinden sus armas a Colombia antes de disparar un tiro”.  Bolívar se sintió traicionado por el pueblo de Pasto que rompió los acuerdos pactados en la Capitulación de Berruecos, ahora cuando trataba de organizar, con grandes dificultades, la campaña al Perú. Además, quedaba incomunicado con Bogotá de donde recibía las autorizaciones del Congreso y los recursos económicos para avanzar en la gesta libertadora.

Bolívar esperó a Agualongo en Ibarra. La batalla se dio el 17 de julio de 1823. Peleando valerosamente murieron más de 800 pastusos. En el ejército patriota solo hubo 13 muertos y 8 heridos. Cuarta aclaración: en esta sangrienta batalla fue la primera y última vez que Agualongo enfrentó a Simón Bolívar.

Volviendo a la Navidad trágica, no es un episodio digno de conmemorar. La importante historia de Pasto en las guerras de la Independencia no se puede reducir a esta batalla. Antes de la rebelión encabezada por Benito Boves, hubo jornadas gloriosas donde se destacaron los pastusos por sus victorias, por su incomparable espíritu guerrero, que tuvo valor heroico. Sería más sensato conmemorar los triunfos y no la derrota que tanto se recalca para incitar el odio al Libertador.

Quinta aclaración: los nuevos historiadores dan a entender que la lucha se dio solo contra los habitantes de Pasto ignorando capciosamente que fue contra todos los realistas que ocupaban el continente. Además, miles de colombianos murieron para alcanzar la libertad en los tiempos en que la guerra se hacía a muerte. Un solo ejemplo: la heroica Cartagena fue sitiada en 1815 por el despiadado general español Pablo Morillo. Murieron unos 6000 cartageneros. Cuenta el general O’Leary que los sobrevivientes, para aplacar el hambre, “llegaron a comer ratas, gatos, y hasta cuero de vaca remojado en agua salada de mar”. Cuando se abrieron las puertas de la ciudad “no vieron sino esqueletos; hombres y mujeres, vivos retratos de la muerte, se agarraban a las paredes para andar sin caerse”. Así empezó “El Régimen del Terror” instaurado por Fernando VII, muy amado en Pasto, pero el peor rey de la historia, dicen hoy los mismos españoles. El coronel Basilio García, utilizaba un latón diseñado para degollar a los prisioneros patriotas. En la conquista y colonización, los españoles redujeron dramáticamente la población de Pastos y Quillasingas. Los Sindaguas fueron exterminados y sus cabezas exhibidas en los caminos. Líderes indígenas, hombres y mujeres de la provincia de los Pastos, que protestaron por los abusos del poder español, fueron asesinados y sus cuerpos expuestos en la plaza principal de Pasto a manera de escarmiento. Valientes mujeres de esta ciudad fueron ejecutadas por la misma razón. Guaitarilla hace honor en su plaza principal a las heroínas Francisca Aucú y Manuela Cumbal.

No hay revolución que no presente escenas de sangre y dolor. Es el precio de la libertad, de la democracia, de crear la República con su Constitución e Instituciones, de ver aflorar los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de abolir la esclavitud, de avanzar en el pensamiento Ilustrado. No hay que olvidar que, por esta buena causa, también lucharon y murieron muchos soldados y oficiales pastusos. En la Quinta de San Pedro Alejandrino, donde murió Bolívar, hay un pedestal dedicado a la memoria de pastusos próceres de la Independencia: Prudencio España, Manuel Guerrero, Miguel de Santacruz, Custodio Rivera, Manuel Ortiz Zamora, Francisco Muñoz de Ayala, Dominga Burbano, Luisa Góngora. En mi artículo “Los homenajes de Pasto al Libertador” se puede constatar que, en esta ciudad, hace muchos años se cerraron las cicatrices que dejó la guerra y que hubo demostración pública de admiración y respeto al Libertador desde septiembre de 1823. Estatuas de Bolívar se levantaron en Pasto, Túqerres, Ipiales, Tangua, Gualmatán, La Florida… Aun España, que perdió con Bolívar miles de sus soldados y un enorme y rico territorio americano, le rinde culto con estatuas y monumentos en las mejores plazas de sus ciudades. Bien lo dice William Ospina: “Bastó que muriera para que todos los odios se convirtieran en veneración, todas las calumnias en plegarias, todos sus hechos en leyendas”. En conclusión, es un exabrupto de los nuevos historiadores, inútil e insensato, tratar de revivir viejos odios que sirvieron, durante muchos años, para estigmatizar a los habitantes de Pasto. Peor aún hoy, cuando Colombia se empeña en la reconciliación y en la construcción de una paz duradera.

Fernando VII

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