¿Sobra gente en este mundo?

El biólogo Julián Huxley, primer director de la UNESCO, se formulaba esta misma pregunta en un artículo de su autoría publicado en la revista Selecciones del Readers Digest, publicada en febrero del año 1959. Huxley consideraba entonces que “es en el terreno de la biología humana, y en particular en el de la demografía, donde nos aguardan los problemas más difíciles de resolver”.  Sus argumentos para los hombres o la época en que le correspondió desarrollar su existencia y consignar sus pensamientos quizá no estaban suficientemente preparados para asimilar sus disquisiciones y preocupaciones; el mundo empezaba a moverse menos lento, una nueva revolución tocaba las puertas de la humanidad, la era atómica se consolidaba y la población mundial alcanzaba unas cifras antes impensadas e inimaginables.  En esta nota periodística Huxley afirmaba en una especie de sentencia visionaria:  “En la aurora de la civilización, digamos hace unos 5000 años, la población del mundo no puede haber pasado de  20 millones. Hoy el solo aumento anual es casi el doble de esa cifra. La población, al multiplicarse por sí misma, como el dinero colocado a interés compuesto, alcanzó la cifra de mil millones allá por 1850, y la de dos mil millones en 1920. Más inquietante aún, es el hecho de que el ritmo de crecimiento se eleva también de un modo constante.  De continuar esa marcha ascendente, antes de 50 años la población del mundo se habrá duplicado.”

No se equivocaba Huxley, pues ya para la década de 1990 la población mundial alcanzó la cifra de 5300 millones; en el 2015 se llegó a los 7300 millones; para el 2030 se calcula que ya seremos 8500 millones de humanos; para el 2050 superamos los 9700 millones y en el 2100 sobrepasaremos los 11200 millones de habitantes.  Y poniendo el dedo sobre la llaga Huxley hacia notar como los países empezaban a sentir las contradicciones entre un alto nivel técnico y la gran densidad de población “se ha entablado ya una grave competencia entre los que quieren destinar la tierra a producir alimentos y los que la reclaman para aeropuertos, viviendas y caminos”.  Problemática que en nuestros días adquiere visos de urgencia mundial y que se ve reflejado en la invasión de hábitats y ecosistemas y su consecuente extinción de especies, plantas y recursos hídricos.  La mano del hombre se extiende como un peligro por toda la superficie terrestre, arrastrando o, más bien, destruyendo todo cuanto toca y contamina. En su afán de sostener una población mundial y de ampliar los mercados fundamentados en la industria y la robotización trastoca el orden del desarrollo natural introduciendo cambios o modificaciones genéticas que alteran el curso natural de la evolución.  Miles de especies son sacrificadas, cientos de hectáreas de bosques y selvas son arrasadas o deforestadas, la mano criminal del hombre sustentada en afanes empresariales no tiene recato alguno para acabar con hitos tan sagrados como la selva amazónica.  La agricultura destinada a la cría de animales de consumo humano nos ha llevado a apropiarnos indebidamente de espacios y lugares en los cuales el hombre no hizo presencia a lo largo de su historia evolutiva.

Julián Huxley se atreve a profetizar cual será el destino de la humanidad si continúa creciendo demográficamente de esa forma tan  alarmante e incontrolada: “En mi carácter de evolucionista, me atrevería a vaticinar, sin embargo, que si se duplicase la actual población del mundo, esa tendencia hacía el progreso se vería sustituida por otra especie de atraso. La población del mundo se alimentaría peor, retrocedería en su desarrollo físico y tendría menos probabilidades de satisfacer sus necesidades espirituales”. Y de una manera explicita y contundente afirma la que es una verdad contundente en nuestros días: “De adoptar un punto de vista más pesimista aún, diría yo que si el género humano continúa multiplicándose sin cortapisas, podría llegar a convertirse en el cáncer de nuestro planeta”. Y lo explica así: “Hasta hace poco el agua, el suelo, los recursos minerales, el aire, las plantas y los animales, las bacterias y el hombre, habían estado como presos en una red de equilibrada dependencia mutua. Pero ahora, la multiplicación sin freno de la raza humana empieza a crear un estado que bien puede calificarse de canceroso. En enormes extensiones antes cubiertas por bosques -como en China y en el Oriente Medio- se han talado todos los árboles; el clima se ha modificado, y la capa superior fértil de la tierra laborable de la cual depende nuestra nutrición ha desaparecido barrida por la erosión, natural o provocada”.  En las tres cuartillas condensadas de Huxley podemos avizorar el futuro de la humanidad.  Desafortunadamente su voz, como la de tantos otros visionarios, no ha sido escuchada arrastrándonos ineluctablemente a una guerra por agua, espacios y recursos.  Cosa que no sucedería si nuestros mejores esfuerzos estuvieran encaminados a controlar la población del mundo, a recuperar y preservar los bosques y selvas arrasados y a fortalecer los vínculos entre las diferentes especies para no romper ese equilibrio natural.

La humanidad ya no puede continuar ignorando este problema que se nos crece segundo a segundo, que nos condena a padecer hambre, sed y miseria. Todas las políticas mundiales deben orientase a buscar ese equilibrio natural, se debe propender por métodos de planificación, por consensuar el número de hijos, por preservar hábitats y especies.  El hombre debe bajarse de ese pedestal en que se encuentra antes de que su mismo peso lo arroje contra sus propias desdichas. “Se estima que para el año 2100, el cambio de uso de suelo, el cambio climático, modificación al ciclo de nitrógeno y las especies invasoras serán los principales motores de la pérdida de biodiversidad mundial”.  Pero por sobre todos ello la arrogancia y la estupidez humanas, que en su corto ciclo evolutivo ha  usufructuado la tierra en su propio y único beneficio.

Los políticos tienen aquí una gran cuota de responsabilidad, lo mismo que las iglesias y religiones del mundo entero. Las empresas, las multinacionales, las industrias extractivas y las entidades que no expresan al mundo la urgente necesidad de controlarnos en nuestro desespero existencial  de multiplicarnos, obedeciendo ciegamente a ese precepto bíblico de “Creced y multiplicaos”. Visión le faltó a ese Dios cegatón que con varita en mano nos ordenó multiplicarnos hasta el exceso sin que hasta el momento nos envíe un nuevo profeta para impelernos a detener  en ese absurdo proceder en el cual poblaciones enteras padecen el rigor del hambre, pueblos sufren la ausencia de fuentes hídricas, continentes se consumen en un malestar permanente y continuo mientras los hombres elevamos nuestras plegarias a una divinidad que hace mucho abandonó este planeta convertido en infierno.

También me preguntó cuál es y ha sido el papel jugado por los periodistas y comunicadores sociales que rara o nunca tocamos estos temas por la sencilla razón que no son rentables o no cuentan con patrocinio oficial o privado. Y, concretamente, el de nuestros dirigentes y políticos que saben que no pueden meterse en los intereses de las multinacionales que controlan el poder económico. Nos ha faltado ese valor y esa ética para conducir a la humanidad, para ser esa especie de Prometeo que a pesar de rodar y caer una y otra vez en pago de su atrevimiento ante los hombres desconociendo la voz de los dioses; hemos apagado el fuego de nuestra palabra, convertimos en cenizas esa tea ardiente que trajo luz y memoria a los hombres.  Bien lo sentenció Huxley hace ya sesenta años: “Se trata de un asunto de suma urgencia. Los 2500 millones de habitantes que pueblan el planeta están disipando ya sus recursos. De no hacerse algo ahora para evitarlo, nuestros nietos, que sumarán casi 5000 millones, harán peor uso aún del globo. Y si nos cruzamos de brazos, los nietos de nuestros nietos, a quienes tocará vivir de aquí a siglo y medio, se hacinarán en número de diez mil millones o más sobre una tierra esquilmada y censurarán con más que sobrado motivo nuestra imprevisión”. agregaría humildemente yo nuestra arrogancia, soberbia y falta de humanidad.

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