Sobre el texto Solo los tontos son importantes de Pablo Emilio Obando

Por: J. Mauricio Chaves-Bustos

Debo confesar que le rehúyo a todo libro que tenga que ver con el invento de la sociedad moderna que busca darse formulas dentro de sí misma para poder sobrellevar sus vidas desdichadas, a esto le llaman auto-ayuda. No es el enigmático cuanto llamativo gnōthi seauton –conócete a ti mismo- que engalanaba el frontiscopio a la entrada del oráculo de Delfos, donde acudían los griegos para que una sacerdotisa en estado de trance les advirtiera lo que les sucedería en un futuro próximo.

La denominada auto-ayuda acude a lo más básico dentro de lo que llamamos sentido común, lo cual muchos estiman es el menos común de los sentidos; sin embargo, los dichosos analistas posmodernos venden soluciones livianas, verdades certeras y fortunas alcanzables. ¿Quién se ha llevado mi queso?, la culpa es de la vaca, ama y no sufras, son los sugestivos títulos que se venden a granel, sobre todo en las más importantes ciudades, donde los oficinistas, los ejecutivos y toda clase de empresarios padecen la terrible enfermedad de la modernidad: el estrés.

Cada momento histórico pareciera empotrar unos dogmas que le permiten a unos distinguirse de otros, en la sociedad feudal era el linaje lo que constituía el mayor don que se pudiese tener, idea que se transmitió en América durante toda la colonia, de ahí que los apellidos pesaran tanto y marcaran tantas diferencias, con la salvedad que aún ciudades como Pasto, Popayán o Cartagena, tratan de mantener vivos esos linajes que ya nos huelen a queso rancio. La sociedad moderna ha ponderado la riqueza, el triunfo, los logros y la vanidad como modelos a mantener y a seguir; en los tiempos actuales, ya el esfuerzo y el sacrificio, tan tenidos como dechados de virtud por nuestros abuelos y padres, no significan sino contratiempos para alcanzar el éxito; entre más fácil, mucho mejor; entre más ladinos, más valorados; entre más frenéticos entre sí, más se valora.

Pablo Emilio Obando, en su texto, hace una tasación interesante sobre lo que significa hoy en día ser feliz. Esos exabruptos de la modernidad los destila con ejemplos de personas obsecuentes a los postulados modernos del éxito. No es por tanto un libro de auto-ayuda, ahí se resalta lo difícil y lo engorroso que resulta hoy en día no caer en los marasmos de ese exitismo en el que todos buscan navegar. Se puede decir que es un libro para los vencidos, en el buen sentido del término, es decir para aquellos que hoy en día la sociedad considera como parias, fuera del orden establecido.

Ese cinismo, heredado de Diógenes de Sinope, es el que trae a colación Pablo Emilio, y cuánta falta nos hace, de verdad, en una sociedad donde importa más el oropel que la esencia. Frente a los Alejandros que se imponen con su poder, su riqueza, su belleza y su vanidad, hay un Diógenes que les pide que se quiten porque le están tapando el sol. ¡Cuánta vanidad hay alrededor nuestro!, hoy las distinciones se exigen, cuando no se mendigan; en la pilastra de los curriculum vitae se llenan páginas con las distinciones, medallas, trofeos y premios que se han conseguido, y hacia allá se dirige la mirada de la sociedad para empotrar a sus nuevos héroes y heroínas, ya no importa el cúmulo de obras realizadas, ya que si no se reconocen simplemente no existen.

Un sabio, de esos que al igual a los que describe Pablo Emilio en su texto, ya nonagenario, me manifestaba que el secreto de una vida feliz es pasar desapercibido, pero no inadvertido; para lo primero, no es necesario llamar a grito entero la atención frente a lo que se hace, como la adivinanza del silencio, cuya pregunta es ¿qué que es, ya no es cuando se lo pronuncia?, para ello se requiere mucha humildad y sencillez; y frente a lo segundo, que lo que se hace tenga una importancia verdadera para alguien, implica el trabajo, de la índole que sea, como una función social.

El filósofo Marschall Berman postuló la celebérrima frase de que “todos los sólidos se desvanecen en el aire”, buscando mostrar con ello el fracaso, o mejor la desorientación, de la modernidad como fundante de un progreso democrático y de una emancipación colectiva; aquí todo cambia, todo es fluctuante, nada tiene intención de duración prolongada en el tiempo, por eso vivimos en una sociedad que fácilmente puede ser clasificada como reciclada. Lo que hoy es, mañana ya ha pasado de moda. Pablo Emilio nos muestra esas fluctuaciones, sobre todo en valores, donde lo que se impone es el éxito, manifiesto en cuentas bancarias, carros lujosos, celulares de última gama, compañías celebres y premios que mostrar.

En alguna ocasión me llamó un paisano, de esos que buscan honores a granel, sumamente disgustado porque una entidad gubernamental le había negado una distinción que él consideraba la merecía; escuche sus tristezas y sus frustraciones, lo único que atiné a decirle es que los honores llegan cuando deben llegar. Y como lo anota Pablo Emilio, hay quienes viven soñando en esos honores fatuos, o en acumular riquezas y propiedades, en vivir vidas al son del celular y el reloj, quienes les marcan sus derroteros y sus destinos. Mis vanidades, como la de muchos amigos con quienes comparto mis debilidades, son otras: escanciar buenos vinos, mojar la palabra con ellos y perder el tiempo hablando de lo que nos gusta. Es que solo los tontos son importantes.

Bogotá, D.C., 9 de junio de 2019.

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