Sobre la Casa de Aduanas de Rumichaca en Ipiales

Preservar nuestros patrimonios, tangibles e intangibles, una obligación de todos los ipialeños.

Las fronteras entre pueblos son artificiales, éstas no existen, por eso se tienden puentes para intercomunicarse permanentemente; los puentes también pueden ser artificiales, lo curioso es que nuestro Rumichaca es un puente natural, tejido de mitos y leyendas, ahí habitan nuestros dioses telúricos Pastos –diablo le llamaron los españoles invasores-, ese paso natural permitía a nuestros ancestros ir y venir constantemente, hijos de un mismo pueblo, necesitaban transitar para visitarse, hijos de una misma familia, el puente les era más que necesario y la naturaleza les hizo ese gozne perfecto para ese perpetuo tránsito. Luego, con la llegada del Inca y su ejército, reforzaron nuestro puente, la intención no era marcar un mojón limite, como muchos deducen de lo escrito por los Cronistas, más bien era seguir trazando un camino que les permitiera avanzar más y más, sin embargo, el arribo de los europeos los conminó a dejar su expansión y los llamó al ombligo del mundo para defenderse de quienes serían nuestros verdugos.

Durante la Colonia, Rumichaca permitió tejer los puentes de comunicación entre las católicas Popayán, Pasto y Quito, cruzaban los artistas para realizar encargos de conventos y familias que ostentaban blasones inventados en tierra de Pastos; es posible que nuestro Juan Chiles también cruzara el puente, recogiendo ideas de los taitas con posibilidad de desaparecer, así se mantuvo, de una u otra forma, la tradición oral y los saberes ancestrales que poco a poco fueron mutando, hasta formar un sincretismo que se representa en apariciones católicas donde antaño se veneraban a nuestros dioses tutelares, entonces lo religacional, en el templo de Las Lajas, se manifiesta como posibilidad de peregrinaje ante la mujer, como fuente de vida y de esperanza para un pueblo que, si bien no desaparecía, se fundía en el entramado de cruces de sangres y de deseos, ahí, como dice el poeta, “todo es singular y poesía”, reconociendo la vitalidad de la geo-estancia en donde se plasman en piedra tanto vírgenes como símbolos vitales del pueblo Pasto.

Rumichaca también permitió el tránsito de las ideas libertarias que se sazonaban en Quito, la relación de los Marqueses con Francisco Sarasty y Ante está más que demostrada, antes que las batallas dieran paso a la gesta de la Independencia en la región, hubo un permanente cruce de ideas, de intereses que buscaban un verdadero auto-gobierno, las misivas con seguridad alimentaban el puente que comunicaba la idea de lograr debilitar a la fuerza española, primero con ideas, para luego pasar a las armas; no en vano la primera batalla en la entonces Nueva Granada se dio en la Tarabita de Funes en 1809, pocos meses después del grito libertario dado en Quito en agosto de ese mismo año; y como si esto fuese poco, en septiembre de 1810, la Provincia de los Pastos firma un acta creando su propia Junta de Gobierno; Carlos Montufar debió influenciar a los Pastos antes de continuar su viaje a Quito, entonces las ideas libertarias se van fraguando y Rumichaca es testigo fiel de los avatares que deberían enfrentar, especialmente con la terquedad de los pastusos, para convertirse en enclave fundamental de la Independencia Americana, recibiría así entonces a Bolívar, a Sucre, a Obando, para finalmente cimentar la independencia continental.

El cielo y el suelo de Rumichaca fueron testigos del cruce de ese ser que debió huir de su patria para salvar su vida, pero por sobre todo, para seguir ejerciendo su papel de libre pensador: don Juan Montalvo, el mismo a quien Ipiales lo recibió durante años en su suelo; fue él quien, como dice Julio Goyes, nos invitó a levantar la cabeza y divisar nubes verdes en nuestro firmamento, sus ideas cayeron en suelo fértil, y pese a todas las condiciones propias de una aldea enclavada en los Andes a mediados del siglo XIX, Ipiales le fue digna en su grandeza, gracias a él nos llegó la imprenta, así las ideas cruzaban en hojas sueltas nuestro Rumichaca, iban y venían ideas que acusaban y recusaban, pero el ilustre proscrito hizo de este rincón su Tebaida, nunca antes el puente había permitido el cruce de tantas ideas, las mismas que terminarían de definir el ideario de un pueblo y de una región.

Los hijos privilegiados del entendimiento humano, los forjadores de cultura, sus perseguidores y sus detractores también han pasado por nuestro puente; cómo no hacerlo, es parte de la dialéctica humana, invasores de uno y otro lado, como se puede apreciar en nuestra historia; pero también las ideas en cabeza de sus forjadores, en hojas sueltas y en imprentas, todo, todo esto ha sido dado en andar por nuestro Rumichaca, nuestro verdadero puente comunicativo, físico y simbólico, fuerza capaz de romper los candados de los portezuelos que han intentado impedir nuestra comunicación, pero aún más allá, las ideas mezquinas de quienes desde la distancia tratan de marcar nuestros recorridos, encontrando una resistencia en nuestra sangre, en nuestro espíritu, en nuestros sueños, que fueron, son y serán eminentemente uno mismo: Pasto.

Por ahí, y por otros espacios, nos hemos acostumbrado a contrabandear los sueños, hijos de un mismo origen, la frontera imaginada no puede contra nuestra realidad; la clandestinidad no obedece a nuestra naturalidad, trazando un muro imaginario sobre un mismo pueblo, lo natural es que se busque por todos los medios superar esas barreras y logran el tránsito que históricamente se ha dado; las Nubes Verdes cruzan sin ningún permiso el límite impuesto, los poetas Bustos y Pozo así lo cantaron en diferentes voces, la tierra que se arrastra con los pies del tránsito es uno mismo, ahí no hay impuesto que valga ni aduana que superar.

Todos los Rumichacas son puentes de cultura, son 586 kilómetros que nos mantienen en permanente contacto, cruza el verde del suelo y del cielo, cruza el conglomerado humano que ha tejido su familiaridad de uno y otro lado ancestralmente; seguiremos permanentemente la trashumancia de un territorio que nos es común a los dos países, porque somos una misma nación, ahí no caben los muros físicos ni ideológicos, seguiremos filtrándonos con nuestros lazos perpetuos de encuentro para afianzarnos en lo que somos y en lo que queremos ser: puentes permanentes de cultura.

En 1824 se demarca las divisiones territoriales de la Gran Colombia. En 1880 se instaló en Rumichaca, por parte de Colombia, la Aduana Nacional, ya que antes funcionaba en Carlosama; en 1916 se demarcan los límites entre Colombia y Ecuador; entonces una vieja casona, construida en cal y canto, con tejar de barro, servía para tales oficios; por parte del Ecuador, también una vieja casona funcionaba como tal, fueron éstas testigos del estrecho abrazo que se dieron los Presidentes Marco Fidel Suárez y Alfredo Baquerizo Moreno el 4 de marzo de 1920.

En 1932 se inauguró el Edificio de la Aduana Nacional en el puente de Rumichaca, siendo el administrador de aduanas de entonces el Sr. Paulo Emilio Padilla y Alcalde de la ciudad el Sr. Joaquín Revelo, quienes promovieron la construcción de aquel bello y romántico edificio que muchos nos dimos el placer de pasar cuando viajábamos hacia el Ecuador y que ahora ha sido recuperada, después de décadas de descuido y abandono. Los datos recogidos el periódico El Derecho de Pasto son los siguientes:

“Inaugurada la Casa de Aduana en Rumichaca, que regenta el Administrador de Aduanas Pablo Emilio Padilla. Se inició la construcción el 1º de julio de 1931, bajo la dirección de ingeniero bogotano José Francisco Cortes. El 25 de diciembre del mismo año se dio al servicio el edificio. El Ingeniero Mecánico Willy Fleischman, encargado del montaje del servicio higiénico, cuya obra finalizo el día sábado 30 de abril de 1932. El montaje para el servicio de agua está dotado así: Un motor de 2 caballos de fuerza, marca Deutzz, alemán de 1ª clase; una bomba de la misma marca y un dinamo de corriente continua de 110 voltios, 400 watios, 1.100 R.P.M., con su respectivo tablero y demás accesorios. Con este dinamo se puede dar un correcto servicio de luz para el edificio. La casa vale 6.000 pesos oro (1931); sus cimientos son de piedra y cal, los muros de ladrillo y solo para las divisiones se ha utilizado el ladrillo crudo. El edificio tiene 4 salones creados para su objeto en el 2º piso; en el piso bajo esta el servicio sanitario, aparentemente para cocina y comedor, un salón de recibo y un pórtico.”

El hermoso edificio de la Aduana fue posible gracias a la intervención acuciosa ante las entidades nacionales del alcalde de entonces, Sr. Joaquín Revelo, cuñado del reconocido parlamentario e intelectual ipialeño Dr. Guillermo Chaves Chaves, quien, por demás, fue miembro de numerosas fundaciones culturales y sociales, como la de El Carácter, Caro, Lírico Musical Bolívar, y quien como Alcalde municipal o como Secretario de Hacienda del Departamento siempre buscó el progreso de su ciudad nativa, Ipiales.

En 1936, la hermana República de El Ecuador inaugura el bello edificio de Aduanas, que junto con el de Colombia, demarcan románticamente la línea que nos une, desde los lejanos tiempos de Huayna Cápac. En 1953, ya son éstos testigos del estrechón de manos que se dieron Gustavo Rojas Pinilla y José María Velasco Ibarra, así como en 1966 entre Guillermo León Valencia y la Junta Militar del Gobierno del Ecuador, quienes se proponen modernizar el puente, dado el auge económico que se movía entre las dos naciones, puente que fue inaugurado en 1973, desde entonces las viejas casonas de estilo republicano pasaron a ocupar un segundo plano, en especial la de Colombia, que fue abandonada a su suerte. En 1988 se inaugura el horroroso e inoperante edificio de Aduanas que sirve en la actualidad. El 25 de noviembre de 2013 se inaugura el moderno puente que conecta a los dos países hermanos, sobre todo al Ecuador, que modernizó sus vías y construyó otras más.

El 20 de octubre de 2006, el Ministerio de Cultura de Colombia, declara el conjunto Puente Natural Rumichaca y Antigua Casa de Aduana,  como bien de interés cultural de carácter nacional; las remodelaciones, con ingresos de la Nación, la Gobernación de Nariño y la Alcaldía de Ipiales, fueron finalmente inauguradas y puestas al servicio público el 22 de octubre de 2009, funcionando la Oficina del Centro Binacional de Cultura y Turismo.

En octubre de 2010 se inauguró en dicho edificio la Casa de Montalvo núcleo de Ipiales, iniciativa del intelectual ipialeño Julio Cesar Chamorro, quien fue designado como su Director, la iniciativa contó con el apoyo decidido de los Consulados de Ecuador y Colombia en Ipiales y Tulcán, con el decidido apoyo del historiador Pablo Núñez Endara, del Alcalde de Tulcán Julio César Robles Guevara y de Ipiales Gustavo Estupiñán, además de la Alcaldía de Ambato dirigida entonces por Fernando Callejas Barona y por la Casa de Montalvo de Ambato dirigida por Mario Mora Nieto, entidad que donó, entre otras cosas: manuscritos originales, trajes del libelista ambateño, así como fotografías y otros elementos. Por su parte en 2011 se hizo en dicho espacio un homenaje a los poetas Gonzalo Pozo Álvarez de Tulcán y Florentino Bustos Estupiñán de Ipiales, ubicando en las vitrinas del museo Montalvo tanto manuscritos como fotografías de los bardos en mención.

La actual administración municipal inauguró en 2016 la Casa de Los Pueblos, ubicando un necesitado y pedido busto de Bolívar en tal espacio, además de la construcción de una plazoleta de banderas, donde flamean los estandartes de los 20 países que constituyen Latinoamérica. Ahí funciona un hermoso escenario, propio para encuentros académicos y culturales que nos hermanan con el Ecuador, la Casa de Montalvo, la Biblioteca Binacional, la Casa de los Pueblos, hoy bajo la mirada escrutadora del busto de Bolívar, son testigos fidedignos de un lugar que ancestralmente nos une, hace años que se rompieron esas feas y toscas cadenas que impedían el paso de uno y otro lado.

Nos dicen que los jóvenes, y los no tan jóvenes habitantes de Ipiales, llaman hoy en día a dicho lugar El voladero, y que en las noches el bullicio de los automotores que llegan, con la pantomima de saberse exclusivos, remedando modas pasajeras de otras latitudes, irrumpe el silencio de un lugar que otrora fuera sagrado; las botellas de licor, el ruido ensordecedor de la música con que acompañan las juergas, son ahora los testigos de ese bello espacio que constituye uno de nuestros más importantes patrimonios culturales y biográficos.

Y hoy, 11 de julio de 2019, nos llega la noticia que se está construyendo una especie de marquesina, sostenida por una estructura metálica, cuya finalidad desconocemos. Los medios locales manifiestan que dicha intervención no tiene el aval del Ministerio de Cultura para hacer dichos cambios. El Artículo 3º de la Resolución que declara este espacio como Bien de Interés Cultural de Carácter Nacional, estipula: “En aplicación a lo dispuesto por la Ley 397 de 1997, todas las construcciones, refacciones, remodelaciones, y obras de defensa y conservación que deban efectuarse en el Conjunto Puente Natural Rumichaca y Antigua Casa de Aduana, ubicado en el municipio de Ipiales, departamento de Nariño, en su área de influencia, deberán contar con la autorización previa por parte del Ministerio de Cultura.”.

Habiendo logrado dicha declaratoria, que implica tanto beneficios como obligaciones, es necesario mantener el espacio para la cultura del Sur occidente colombiano, armonizando de esta manera con la recuperación que hiciera el Ecuador del también hermoso edificio de la Aduana. Un museo que contenga piezas representativas de nuestra cultura y de nuestra historia, elementos que hablen de nuestra identidad, un auditorio donde todos tengamos oportunidad de departir nuestros saberes, nuestras artes, nuestras creaciones, pero por sobre todo un espacio que manifieste abiertamente los lazos de hermandad que existieron, existen y existirán entre Colombia y Ecuador, ese viejo puente, testigo no mudo, sino manifiesto en su fuerza consustancial, del arribo del Inca a nuestras tierras, pero también de la resistencia y coraje de nuestros ancestros Pastos; el Rumichaca, nuestro viejo puente de piedra, que no separa, sino que une a un mismo pueblo, hermanado en sus singularidades y causas comunes.

Bogotá, 11 de julio de 2019.

Comentarios

Comentarios