Sobre la vejez

-EL ABUELO-

Por: Pablo Emilio Obando A.

El escritor nariñense radicado en Madrid (España) Arturo Prado Lima al respecto de la novela “Sobre la vejez -El abuelo- “, comentaba en el año 2014: “El abuelo -Sobre la vejez-“no es una novela de una sola lectura. Es de dos o tres, y quizás, más. Quién quiera adentrarse en el laberinto fangoso de esta obra, y no dejarla tirada al leer las primeras páginas, pues es el impulso inicial, tendrá que armarse de otras herramientas, otras interpretaciones, otras visiones o filosofías para llegar al asunto de la vejez, al asco que le produce al personaje anónimo, a la repugnancia anunciada en sus renglones, al desprecio que se merecen nuestros viejos…”.  Y en verdad que se requieren otras herramientas para abordarla sin sentir esa misma repugnancia que discurre a lo largo de cada una de sus páginas. Pero ese rechazo no debe dirigirse hacia el autor sino hacia la sociedad, hacia ese actuar colectivo que nos identifica y nos convierte en una red de miradas y perspectivas.

Nuestra sociedad actúa equivocadamente en varios frentes. Uno de ellos es el trato o la actitud asumida hacia nuestros viejos, hacia nuestros abuelos, hacia aquellos seres que sobrepasan los ochenta y tantos años hasta convertirse en un objeto más de la casa. Es, la manera perfecta de sentirnos buenos hijos, gratos familiares de un ser que se escurre en la molicie de un sofá o la intemperancia de una cama; el abuelo permanece ahí, sentado o acostado mientras la vida familiar transcurre lejos de sus ideas, de sus pensamientos o de sus verdaderas necesidades.  Se lo tiene ahí por pena disfrazada de amor, por lástima que aparenta afecto, por conmiseración teñida de amor.  Y entonces se convoca asamblea familiar para otorgarse el derecho y la potestad de unos horarios en los que toca lidiar al abuelo.  Días que se convierten en tediosas jornadas en las cuales nos volvemos a la fuerza enfermeras, nutricionistas, terapistas o simplemente hijos o nietos resignados a la triste suerte de lidiar los últimos -y quizá- largos días de ese ser que nos evoca la tristeza y la melancolía.

Es la sociedad la que ha permitido este despropósito emocional y generacional. Nos hemos negado sistemáticamente a ser civilizados, a pensar tan solo que quizá ese espacio en el hogar no es el más adecuado. Que se necesita un ambiente nuevo y renovado en el cual ese abuelo cuente con profesionales especializados, con terapistas preparados y acondicionados, con espacios que les permitan compartir sus propias añoranzas y nostalgias. Hemos entendido equivocadamente, como colectividad, que tenerlo sentado o acostado, sin hacer nada, silente, viendo el vacío, contemplando sus vacíos, abrazando la nada, es preferible a brindarle una oportunidad de vida.

Cuantas veces nos hemos sorprendido al ver a ese abuelo o abuela en pensamientos maquinales y repetitivos: “Que mi Dios lo conserve unos añitos más con vida”, “Que viva como estampita siquiera”, “Que, aunque enfermo nos conceda unos añitos más de vida cono nosotros…”.  Se hace entonces necesario hacer un alto en el camino y empezar a pensar en el verdadero sentido de la vejez, de nuestros abuelos, que mueren inexorablemente ante la fatuidad y necedad de nuestras acciones irracionales e inmaduras. Se requiere repensarnos como sociedad y, concretamente, en la manera en que abordamos la vejez de nuestros viejos.

Nadie duda del amor que existe en el abrazo o en el beso profesado a ese abuelo en condiciones para él tan inocuas. Lo censurable es el tenerlos así, siendo víctimas inofensivas de nuestros arrebatos afectuosos y amorosos, inconscientes ante ese esfuerzo que más genera dolor que alivio. Y que termina afectando a los integrantes de la familia, muchas veces diezmándolos y convirtiéndolos a su vez en unas nuevas víctimas de su misma impotencia y dolor.

Ese repensar supone y presupone la disponibilidad familiar de desprenderse de las falsas imposiciones y responsabilidades en el cuidado de nuestros abuelos, ese condenarlos a su perpetua mirada al vacío o o la estúpida manera de sentirlo cercano dejándolo frente a un televisor que ni ve ni entiende ni le interesa. El verdadero amor, la verdadera responsabilidad consiste en buscarles un ambiente cálido y acogedor donde encuentre además del afecto, las condiciones necesarias para finalizar su vida. Sin que ello implique abandono o desamor.  El verdadero amor es esa capacidad de desprendernos para ofrecer verdaderas alternativas de alivio, tanto físico como emocional.

Será por ello tan difícil la lectura de esta novela. Porque nos retrata en nuestra verdadera estupidez, en esa estolidez que nos hace sentirnos buenos o mejores pero que en el fondo sabemos inocua y perversa.  Ahí radica el valor de esta novela, en que nos lee y nos interpreta a nosotros mismo en nuestro trato con nuestros viejos y abuelos. Y, como siempre, se mata al mensajero pretendiendo así ignorar el mensaje. Algo que ya no nos es permitido ni aplaudido, pues va en contra de los mismos derechos humanos que nos obligan a una verdadera solidaridad y no a una insana y estulta apariencia amorosa. Debemos dar este paso, debemos obligarnos a repensar definitivamente el real y verdadero sentido de esa etapa de la vida en que los pensamientos ya huyen hacia el insondable misterio de la frontera con la muerte.

En Colombia se han dado pasos importantes en las políticas sobre el tratamiento médico, social y asistencial a la población que se encuentra en la etapa de la vejez o, como se denomina eufemísticamente, en la tercera edad. Pero a pesar de todos los esfuerzos aún es mucho el camino que nos queda por recorrer en esta materia.  Por ejemplo, aún se desconocen sus derechos en las áreas urbanísticas y arquitectónicas. En la primera por cuanto en las ciudades son pocos los espacios destinados a la lúdica y recreación de nuestros abuelos, son contados los escenarios en los que pueden encontrarse, conversar, vivir un momento de esparcimiento y estar en contacto con la naturaleza. Cada vez son más prisioneros de las ciudades, de las calles, del alto tráfico vehicular; se convierten en presos del cemento y de la falta de planificación y políticas urbanas. Vemos con mucha frecuencia zonas destinadas a los jóvenes, a los deportistas, a los animalistas o a las personas que se pueden movilizar por sí solas, sin compañía ni aditamentos quirúrgicos. Pero nuestros abuelos no cuentan con las garantías necesarias que les permita desplazarse tranquila y cómodamente por la ciudad. Y entonces viene el encierro y las consecuentes enfermedades por falta de ejercicio o la sola oportunidad de moverse y desplazarse.

A lo anterior se suma el hecho que las nuevas construcciones son cada vez más pequeñas y estrechas. Los apartamentos y condominios o conjuntos residenciales se hacen pensando en poblaciones jóvenes y maduras, pero no se diseñan para las necesidades y requerimientos de nuestros abuelos. Cada vez se hace más notoria su soledad en estos espacios; se los deja encerrados y al cuidado de un televisor o, en el mejor de los casos, de una mascota que comparte sus olvidos y angustias.  En nuestro país se debe implementar políticas arquitectónicas que piensen en sus verdaderas y reales necesidades.  Miré hace poco un conjunto habitacional en el que se anunciaba “Zona para mascotas”, pero no he visto hasta el momento una zona o un espacio dedicado a quienes ya nos dieron lo mejor de su vida y se encuentran imposibilitados de desplazarse autónomamente. Excelente que se piense y nos preocupemos por nuestros niños y mascotas, pero que necesario que esa misma preocupación la llevemos a nuestros viejos.

La vida debe vivirse hasta el ultimo momento en condiciones dignas, de respeto y afecto. Y esto únicamente será posible cuando dejemos de ver al adulto mayor como una carga familiar y social.  Ya es hora de ponernos a tono en Colombia con las políticas internacionales en las cuales se construye y se diseña pensando siempre en los adultos mayores, el respeto y el amor que pregonamos con tanta frecuencia por ellos debe traducirse en hechos reales y concretos.  La vejez no debe ser un problema, por el contrario, debe constituirse en la forma más noble y generosa mediante la cual retornemos sus afanes y preocupaciones y que nos han permitido vivir y desarrollarnos de una manera más tranquila y confortable.

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