Sur, donde las rocas secretamente florecen. Crónicas. Alejandro García Gómez

Por: Mauricio Chaves-Bustos

García Gómez, Alejandro. Sur, donde las rocas secretamente florecen. Crónicas. Pasto: Alcaldía Municipal de Pasto. Colección Autores Nariñenses, 2018. 159 p.

La crónica, es quizá uno de los ejercicios literarios que mayor desprendimiento exige del escritor, toda vez que se piensa detenidamente en el publico al cual va dirigido, de tal manera que la voz del cronista muchas veces se pierde, voluntariamente, en la historia misma que se está narrando; ahí no hay protagonismo, o cuando lo hay, obedece a reforzar el sentido de lo que se va diciendo.

En el libro de Alejandro García, es la experiencia del propio autor la que nos permite adentrarnos en lo narrado, su voz es pausada, detenida en los sucesos que estima importante destacar, pero realmente la historia se cuenta por sí misma, el autor opera ahí como un intermediario. En este libro encontramos un trabajo meditado y detenido que permite adentrarnos, casi que como protagonistas, en lo que va narrando en sus historias; además, el método del paralelo comparativo que hace, en este caso en tiempos distintos, permiten no solamente una lectura fluida, sino que aún más allá, es un método que permite comprender la historia como un proceso y no como simples hechos aislados.

Interesante sumergirnos en las cinco crónicas que contiene el libro con la metodología planteada, una oportunidad, por demás, para reflexionar sobre el acontecer histórico del sur, buscando mostrar el sustrato que nos ha perfilado como pueblos dentro de diferentes regiones que convergen en un mismo departamento, rompiendo así el odioso molde del centro-periferia, para valorar el quehacer social de las otredades, desconocidas voluntariamente por el oficialismo histórico nacional y departamental. Baste esto para reconocer la importancia de esta importante colección de Autores Nariñenses emprendida por la Alcaldía de Pasto, pagando así, en cierta manera, la deuda histórica que la ciudad tiene con los demás municipios del departamento, esperando que la actual administración la refuerce y continúe.

La primera crónica nos lleva al hermoso territorio sabanero de Túquerres, donde el escritor muestra una de las características del habitante de estos territorios, como es la rebeldía frente a las injusticias que se acometen contra el pueblo, de tal manera que los Comuneros del Sur, con la revuelta contra los Clavijos (1800), revive su perfil en el Paro Cívico de 1978; en el primero la causa del descontento es el impuesto sobre los estancos, en el segundo la pésima calidad en el servicio eléctrico de Cedenar -Centrales Eléctricas de Nariño, aún en manos de una politicastra, cuyo nombre no queremos recordar-, pero en ambos es el descontento popular el axioma para iniciar una revolución; en el primero son los hermanos Clavijos los expurgados, en el segundo son los miembros de la Fuerza Pública y la propia alcaldesa de entonces. Bravo por Túquerres, tierra de empuje y de descontentos, tierra de “Hacheros”, como los llamó el propio Jorge Eliecer Gaitán en una de sus campañas por el Sur-Sur.

La segunda crónica nos lleva al santuario ubicado en el cañón que forma el río Guáitara, llamado en ese punto Pastarán: Las Lajas, donde se venera la imagen de la Virgen del Rosario. Nuevamente recurre el autor a su experiencia personal, cuando aún niño su familia hacia el peregrinaje desde su natal Sandoná a tierras ipialeñas. Interesante el retrato social que hace de una época, máxime cuando es la voz del peregrino, ya que quienes hemos crecido en esta ciudad, tenemos una experiencia más de asentamiento que de peregrinaje; sus palabras nos llevan a sentir tanto la incomodidad del viaje como el asombro al divisar el templo en el fondo del abismo. Y entonces, recurriendo el método empleado, aparece algo de historia sobre este sitio de peregrinaje religioso, inclusive se anotan algunos mitos frente a la aparición de la imagen, así como a la obra humana del dominico Pedro Bedon, a más de narrar algo sobre la construcción del actual templo, fruto precisamente de las dádivas que hacían los peregrinos, así como los propios habitantes de Ipiales para hacer semejante obra, hoy admirada por propios y extraños, por creyentes y no creyentes.

La tercera crónica nos lleva a la histórica ciudad de Barbacoas, tan cerca de los nariñenses en los afectos, pero tan lejana en cuanto a compromisos sociales se refiere; no en vano, el autor vuelve a relatar las peripecias de un viaje que a todas luces parece un despropósito, ya que siendo el centro aurífero más importante de Colombia durante tantos siglos, recién ahora se está terminando de pavimentar y adecuar la carretera que conduce de Junín a la ciudad del oro. García Gómez hace un vivo retrato de la geografía humana que hay a lado y lado de ella: Awás y negros, dejados casi que al abandono de su triste suerte. Sobre todo, con el imperio de la coca y del narcotráfico que aparecen en los años 80, además del escabroso Plan Colombia, que terminó por darle a los gringos lo que no pudieron llevarse antes, además nos narra brevemente la aparición de los grupos guerrilleros que durante tanto tiempo estuvieron ausentes del suelo nariñense. Lástima grande que la crónica se corte abruptamente, hubiese sido interesante conocer algo más sobre el oro y las piezas adquiridas para su posterior venta en tierras antioqueñas.

La cuarta crónica nos conduce hacia el oriente, a tierras del Putumayo, poblada por colonos nariñenses y con costumbres y tradiciones que nos asemejan. Nuevamente aparecen los retratos sociales del abandono y la desidia estatal, ese que es algo que hay que denunciar permanentemente, quizá el ejercicio de nemotecnia le sirva a algún politiquero por lo menos para sentir sangre en el rostro; el caucho, el petróleo y la coca, trinidad maldita que envolvió este territorio en un manto de sangre y de saqueo, nos narra brevemente el autor.

La quinta y última crónica nos lleva a la capital del departamento, Pasto, pero el viaje es metafórico, en la medida que el tema es el chiste sobre los pastusos y el realismo pastuso; arranca la crónica con la historia de una tutela interpuesta, no se si para garantizar el derecho al buen nombre, o para que no haya burla contra los pastusos, esto no queda muy claro. Lo cierto es que García recurre a la historia para encontrar las causas del encono nacional contra los pastusos -entendiendo que allende el río Mayo, todo nariñense es pastuso-, especialmente al realismo de sus gentes durante el proceso de Independencia de España y algo más allá. Aparece algo sobre el papel jugado por Agualongo en este proceso, su fusilamiento en Popayán y la improcedencia de la acción de tutela interpuesta, luego de un rifirrafe de jueces que no querían esa papa caliente.

Respecto a la última crónica, quisiera agregar algo. No todos los territorios del actual Nariño fueron afectos al realismo pastuso, así lo demuestra la provincia de Los Pastos, luego Obando y hoy Ipiales y 12 municipios más, a más de la hoy provincia de El Carchi en Ecuador, en donde, con excepción de Pupiales, desde 1809 hubo un apoyo decidido a la causa de la Independencia, a tal punto que los quiteños lograron el apoyo de éstos para invadir Pasto en 1809, poniendo los primeros mártires en la Tarabita de Funes; además, se firmó un acta de autonomía y autogobierno en septiembre de 1810, lo que constituye todo un hito dentro del marco de la Independencia en lo que fuera la Nueva Granada. La comunicación del Sur-Sur con el Ecuador, especialmente con Quito fue constante, de tal manera que nada de raro tiene que se influenciara a la gente de Ipiales, especialmente a Los Pastos, para que apoyaran aquello a lo que los pastusos, mediados por una casta añeja, tanto le temían, es decir perder sus prebendas económicas y sociales. Y ni qué decir de las revoluciones en Barbacoas, Tumaco e Iscuandé, lugar éste último donde se llevó a cabo la primera batalla naval de la Independencia, del accionar de Juan Vicente de la Cruz en Tumaco o el asesinato de los patriotas quiteños Rosa Zárate y su esposo en Tumaco, donde fueron decapitados.

Agradecemos mucho a Alejandro García Gómez el habernos permitido leer este libro de crónicas, que sin duda alguna constituye un aporte histórico y literario importante para el reconocimiento y valoración del quehacer social de las diferentes regiones del departamento de Nariño.

Bogotá, en el Bosque Popular, a los 20 días del mes de marzo de 2020

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