Todo lo que digas puede ser usado en tu contra

Es muy frecuente que las personas se expresen con palabras lastimeras, de manera especial aquellos que buscan que les tengan compasión y les regalen unas monedas. Difícilmente un mendigo bañará su cuerpo o se cambiará su ropa, pues, es la manera de convencer que es un menesteroso, y por ende sus palabras, a tal punto que él mismo se convencerá de sus supuestas limitaciones.

Pero no solamente ocurre esto con los mendigos. Mucha gente tiene la costumbre de vivir quejándose, aun disponiendo de lo esencial para sus vidas. Le preguntan, ¿cómo le va? “Como cuando usted era pobre”, responden. Se viven quejando de su mala suerte: “Por qué me sucede a mí esto”. Sólo tienen en cuenta los sucesos negativos, echando de menos los logros, cuando nada es resultado de la casualidad. Facundo Cabral aseveraba: “Nunca digas no puedo, ni en broma; el subconsciente no tiene sentido del humor y te lo tomará en serio”.

Todas las palabras al repetirlas se van enquistando en el hemisferio cerebral derecho, y al formar las ideas en conjunción con el hemisferio izquierdo ya hemos creado un patrón negativo. Por lo tanto hemos establecido pensamientos negativos que conducen a los sentimientos negativos: “me siento mal”, “es imposible”, “no soy capaz”. Y de tanto repetirlo se ha formado una conducta, la que se enraíza en nuestro ser, generando un programa de hábitos. Todos los seres humanos somos esclavos de los buenos o malos hábitos.

De esta manera las demás personas reconocerán un carácter: “Esa persona es eficiente” o “esa persona es muy pesimista”. Pero si tu carácter es positivo tu destino será promisorio. Son patrones de conducta que no se pueden transformar de la noche a la mañana, son producto de un posicionamiento mental que se ha forjado a través de los años.

Atraemos la prosperidad o la ruina de tanto repetir una condición hipotética. Repita todos los días “soy pobre”, y terminará con los bolsillos silbando. Nos convencemos de lo que le dictamos a nuestro cerebro. En cambio, si a nuestra mente la inundamos de palabras positivas, le estaremos dando orden para que actúe como tal.

Las palabras tienen poder. Es necesario hacernos cargo de nuestro propio destino, empezando por el lenguaje que utilizamos. Si a un niño le repetimos constantemente que es un tonto, es posible que su autoestima decaiga y termine convenciéndose de esas palabras. Luego renegamos de nuestro destino y vivimos esperanzados a un golpe de suerte que posiblemente nunca llegue.

En la expresión del lenguaje tenemos que ser claros de lo que queremos o anhelamos, para ello se requiere cumplir con algunas condiciones, nuestras expresiones deben ser personales, es decir: “yo quiero”. Se debe hacer en presente, de lo contrario estamos aplazando: “Estoy bajando de peso”. Agregarle la postura positiva: cuando decimos “por qué no me acompaña”, remplazarlo por un “por favor, acompáñeme”.

Si estamos convencidos de lo que queremos, tenemos que hacerle  frente hasta lograrlo. Para ello tenemos que fracasar muchas veces para tener éxito una sola vez. La persistencia es fundamental a la hora de lograr los objetivos propuestos, por algo dicen que “la constancia vence lo que la dicha no alcanza”.

Ahora bien, la persistencia te otorga el poder, las palabras son poder. Para ello se necesita la autoridad de haberlo intentado. Nadie habla tan bien cuando lo hace con convicción. El lenguaje asertivo otorga poder.

Es importante revisar el modelo mental que manejamos, sacando de nuestro lenguaje palabras o frases que nos imponen límites. Podemos hacerlo con la ayuda de otra persona que nos haga caer en cuenta de nuestras negativas expresiones y que nos conduzca a la construcción de una personalidad edificante. Todo lo que digas, el cerebro lo utilizará a tu favor o en contra.

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