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Un aeropuerto abisal

Por: Édgar Bastidas Urresty

El aeropuerto de Pasto, situado en Chachagüí, nombre de origen quechua, que quiere decir “aguas buenas”, un municipio situado a unos cuarenta y cinco minutos de Pasto, causa una profunda impresión, por el contorno de que está rodeado, y la circunstancia de haber sido construido por la explanación de un cerro contiguo al profundo abismo del cañón del río Juanambú, por el norte, y sobre el cañón del río Pasto, por el suroccidente.

El cañón del Juanambú, sobre el que corre el río del mismo nombre, que significa río caliente, se ha constituido en una muralla natural, casi infranqueable, que en el pasado impidió las invasiones guerreras a Pasto, procedentes del norte. Las del sur, debían afrontar los desfiladeros del río Guáitara, y las alturas que rodean a Pasto.

Se dice que sólo los cóndores podían volar libremente y vivir tranquilos en estos abruptos lugares, hasta que fueron diezmados o emigraron.

En la década de 1480, en el abismo del Juanambú, los Quillacingas y los Pastos, dirigidos por Capusigra y Tamasagra, derrotaron a los Incas, comandados por Auqui-Tuma, hermano de Huana-Cápac. El sitio del segundo combate, se conoce con el nombre de Guajansanjo, “llora sangre”, donde los defensores apabullaron a los invasores incas con una lluvia de piedras.

En el Juanambú, las tropas republicanas comandadas por el general Nariño, en 1814 se vieron en serias dificultades para franquearlo, y continuar su camino a Pasto, donde serían derrotadas para desgracia de la causa independentista. Se cree que si Nariño hubiese ganado la batalla de los Ejidos de Pasto, habría anticipado la liberación del Sur.

El lugar donde se construyó el aeropuerto, había pertenecido a la antigua y extensa hacienda ganadera de Simarronas, de propiedad de los jesuitas, una de las tantas que tuvo la compañía en el Nuevo Reino de Granada en el siglo XVIII, y que perdió cuando fue rematada por la expulsión en 1767 de la compañía de los territorios del Imperio español, decretada por Carlos III, según el libro Haciendas de los jesuitas en el Nuevo Reino de Granada: siglo XVIII, del historiador Germán Colmenares.

Se construyó allí, según el testimonio del historiador Sergio Elías Ortiz, “el historiador de historiadores”, como lo llama el escritor Alberto Montezuma Hurtado, porque los jesuitas, que habían fundado el colegio Javeriano en Pasto en 1712, invitaron en 1952 al ministro de Obras públicas, Jorge Leiva, durante la presidencia de Laureano Gómez, a su finca de “Villa Loyola” situada en las cercanías para comprometerlo en esa obra.

En el artículo mío Un aeropuerto abismal, publicado el año pasado, se hizo referencia a las circunstancias en que se construyó el aeropuerto, y que dadas las dificultades geográficas y atmosféricas para las operaciones aéreas, debería buscarse un lugar más apropiado.

Pero como el gobierno ha decidido remodelar el actual terminal, y se ha anunciado su cierre para intervenir y mejorar la pista deteriorada, no queda otra opción que exigir que sea dotado con ayudas técnicas que permitan el aterrizaje de los aviones cuando haya mal tiempo – lluvia, niebla, en invierno, o fuertes vientos en verano -para que no se cierre 60 o más veces durante el año, ocasionando graves pérdidas a la economía regional, y perjudicando el turismo.

La ampliación del aeropuerto “San Luis”, de Ipiales, nombre poco adecuado para una terminal aérea, solo explicable por la influencia de la virgen de Las Lajas, para operaciones de aviones con capacidad para 150 pasajeros, lo convertiría en un aeropuerto alterno al de Pasto, muy cercano cuando se construya la doble calzada Rumichaca-Chachaguí, una obra importante para el mejoramiento de la movilidad terrestre, el turismo, y que va a impulsar los planes de integración económica de la región, y de comunicación de Nariño con el interior del país y el exterior.

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