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Un fusilamiento y un parque

Por: J. Mauricio Chaves-Bustos

Pocos saben que un 14 de noviembre de 1817,  junto con La Pola, cayó asesinado por las balas españolas de la reconquista el subteniente Francisco Arellano Sandoval, nacido en Ipiales. Los antecedentes quizá se remontan a la presencia de don Francisco Antonio Sarasty, quien en 1810 proclama la Independencia de Ipiales, y quien favoreció a los Quiteños, que desde 1809 proclaman la Independencia y reciben el apoyo de los ipialeños y de los municipios de la ex provincia de Obando, con excepción de Pupiales, para invadir a los realistas de Pasto. Quizá la figura del patricio payanes influyó para que Francisco Arellano siguiera las huellas patriotas dejadas por muchos otros y entonces embarcarse en la nave de la lucha revolucionaria, en donde conoció a Alejandro Sabaraín y a otros patriotas, quienes daban información a La Pola para actuar en favor de la causa libertadora. Participó activamente en la Campaña del Sur, donde fue hecho prisionero, junto con Alejandro Sabaraín, en la Cuchilla del Tambo, luego fueron conducidos a Bogotá, para ser finalmente puestos en libertad.

Arellano conforma la red de espías que, junto con La Pola, brindaban información estratégica a los patriotas que se estaban agrupando en los llanos, desde la casa de doña Antonia Ricaurte, donde trabajaba la Pola como empleada, se entretejía el entramado para conocer con detalles los pasos del ejército realista, finalmente parte en grupo hacia los Llanos, sin embargo son delatados por un espía venezolano y finalmente son capturados en septiembre de 1817, a los pocos días es detenida La Pola. El cruel Sámano, saltándose todas las leyes y los protocolos militares y civiles, condena a la heroína y a 8 militares más, entre estos el ipialeño, al patíbulo. En los claustros del Colegio de Rosario compartió capilla junto con La Pola, Alejandro Sabaraín, José María Arcos, Jacobo Marufú, Manuel Díaz, José Manuel Díaz, Joaquín Suárez y Antonio Galeano. Finalmente, el ipialeño Francisco Arellano, es fusilado por la espalda y luego ahorcado en  el costado Sur de la Plaza Mayor, para pasar a engrosar el listado del martirologio a causa de la libertad de la patria.

Hasta aquí lo poco que sabemos del mártir de la patria, el ipialeño Francisco Arellano Sandoval. Extraña sí, que ni en el colegio, ni en la ciudad siquiera se tenga memoria de nuestro coterráneo. Mientras en Pasto corren ríos de tinta para demostrar que por el territorio nunca hubo muestras de independencia, mientras se busca a toda costa desconocer la labor emancipadora del Ejército Libertador, en cabeza de Bolívar, nosotros, los del sur – sur, ni siquiera tenemos en nuestro registro los nombres de aquellos que, de una u otra forma, lograron que la causa libertadora se regara como pólvora por el territorio del pueblo Pasto, especialmente por lo que luego formaría la Provincia de Obando.

Pero ahí no queda el asunto. Siempre me pregunté por qué siendo la Pola socorrana, no se levantó en Ipiales un monumento a Antonia Josefina Obando, la niña mártir, sacrificada en noviembre de 1822 por las fuerzas realistas de Boves. El noviembre fatídico, el noviembre donde hace 5 años había ofrendado su vida Arellano. Armando Oviedo trata de dar una respuesta cuando anota que en 1860 la entonces calle Real pasó a denominarse La Pola, en recuerdo también de Arellano, aunque debería precisarse que lo justo hubiese sido llamar a la calle con el apellido de uno de los ipialeños sacrificados. En 1816, por ley nacional, se honra la memoria de La Pola, y se escoge a Ipiales para tal fin. Antes se había pensado levantar el monumento en honor a Josefina Obando, pero anota Oviedo lo siguiente: “primeramente se quería levantar una estatua de la heroína Antonia Josefina Obando en pleno corazón de la ciudad, pero por no contravenir la relación histórica de los ipialeños con la Pola, la ley nacional de 1916 que la honraba y no encontrar consenso sobre las facciones de la Obando en las niñas y mujeres de su descendencia, se optó por la Salavarrieta”. Claro, los historiadores de la comarca, con la imaginación a cuestas sobre un prontuario heroico, buscaron blanquear a nuestra Josefina, a tal punto que la muestran como una europea en tierra de Pastos. De ahí la afirmación de Oviedo.

Es así como finalmente se constituye una junta y se inaugura la estatua de La Pola en el parque que ahora lleva su nombre, un 14 de noviembre de 1917. Es lo más gustoso ver la programación para dicha inauguración, era le época de oro de nuestras agremiaciones, donde los artesanos, zapateros y carpinteros hacían gala de su estro, con obras de teatro, con arreglos y carrozas para conmemorar la efemérides, de igual manera las familias ipialeñas eligiendo a sus representantes para engalanar las calles, y los poetas y escritores dándose gusto con la palabra para no dejar desapercibido el día, junto a ellos las Sociedades Caro y El Carácter, en debates intelectuales de altura para afianzar sus creencias, incluso en asuntos tan comunes como el de la libertad.

El parque La Pola, así lo conocemos. Ya no está el claustro del centenario colegio San Felipe, los balcones republicanos han cedido al gusto bizarro de ajenos que se apropian de la memoria local, ya no se bocean sucres sino dólares, con su sino trágico en cuanto territorio cubre. El Parque La Pola, hoy escenario de contiendas de microtráfico, donde se contrabandean como mercancías tanto los cuerpos como las almas. Y las Josefinas y los Arellanos siempre ausentes, como tantos otros, como tantos otros.

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