Un modelo de desarrollo insostenible

Por: Germán Ponce Córdoba

El cinco de junio es el día mundial del medio ambiente. Este año Colombia es el país anfitrión y la celebración tiene como tema la biodiversidad.

Entendemos por medio ambiente, utilizando el reduplicativo en español que le da mayor fuerza y trascendencia, según Sunkel, “El entorno biofisico que conforma la sociedad humana” como un gran sistema integral dividido en dos subsistemas principales: el subsistema natural no antrópico y el subsistema socioeconómico. Entre los dos subsistemas existen fuertes interrelaciones de dependencia. La existencia de estas cadenas de procesos sociales-naturales-sociales ilustra la complejidad del problema ambiental.

Enfrentamos una mezcla compleja de problemas entrelazados que están alcanzando niveles de crisis en el hermoso planeta azul, blando y verde que es el único hogar para nosotros y para una rica diversidad de otras formas de vida. Cada año, desaparecen más bosques, praderas y tierras húmedas del mundo, y los desiertos crecen conforme mas gente aumenta el uso de la superficie de la tierra y sus recursos. La vital capa superficial (topsoil) del suelo es deslavada o arrastrada por el viento, desde las tierras de cultivo y los bosques talados y obstruye ríos, lagos y embalses con sedimento. El agua subterránea se extrae en muchas áreas más rápido de lo que se repone. Se estima que, cada hora, cuatro de las especies silvestres de la tierra son conducidas a la extinción permanente, por la población, que crece velozmente, y por el desarrollo agrícola e industrial. Hace cincuenta años, la mayoría de los problemas ambientales y de recursos estaban localizados. Ahora, nuestros impactos sobre los sistemas naturales de la tierra son cada vez más regionales y globales. En 1950 había 76 ciudades con más de un millón de habitantes, y hoy hay 417. Hoy casi el 70% de la población vive en ciudades. En los últimos 60 años se experimentó un significativo avance de la urbanización en el mundo. El porcentaje de población residente en zonas urbanas pasó de representar el 29% de la población total en 1950 a equivaler al 51% en 2010. Esta tendencia tuvo lugar con una alta asimetría. Mientras los países desarrollados lograron un grado de urbanización cercano al 75% en 2010, aquellos en desarrollo llegaron al 45%. Una excepción dentro de este último grupo lo constituye América Latina y el Caribe, en donde se alcanzó un promedio de urbanización cercano al 80%. De acuerdo con las proyecciones de las Naciones Unidas (2008), el proceso de urbanización se profundizará en las próximas décadas, y en 2050 el promedio mundial ascenderá al 69% y en el caso de ALC al 89%. La tendencia a la urbanización va a continuar, y con ella, el impacto ambiental que representa el gasto ambiental de las ciudades lo que en plata blanca nos dice que la situación va a empeorar si continuamos por este rumbo en un mundo con más personas, más industrias, más construcciones, más consumo, más despilfarro, más contaminación, en síntesis, el espectro fantasmagórico de la insostenibilidad.

La “era del combustible fósil” y la sociedad del despilfarro en que vivimos ahora, es claramente insostenible porque esta basada en el agotamiento rápido de esta parte del capital energético de la tierra, y en el proceso de contaminación de la atmosfera, agua y suelo, y la destrucción de sitios para la vida silvestre. Nuestra construcción social con este modelo de desarrollo ha transformado la tierra de manera vertiginosa y hemos llegado hasta tal punto que la actividad humana es responsable de incidir en los procesos de las temperaturas planetarias, modificándolas de manera tal, que se pone en grave riesgo la vida en el planeta y, junto con la nuestra, la de innumerables especies vivas; el cambio climático es una realidad incuestionable a pesar de que existen sectores reaccionarios negacionistas como el actual presidente de los estados Unidos, Donald Trump, país que más energía consume y no cree en el cambio climático y sus nefastas consecuencias. Es preocupante que nuestros hijos, nietos y generaciones venideras no podrán disfrutar de la calidad de vida ni de los recursos naturales que hoy disponemos. Y es francamente triste observar cómo nuestros gobiernos se desviven por succionar y vender con desesperación nuestros recursos energéticos fósiles para alimentar un modo de vida basado en el derroche irracional y que está dañando el planeta.

El reverendo Jesse Jackson decia “Debemos dejar de hipotecar el futuro al presente. Debemos detener la destrucción del aire que respiramos, del agua que bebemos, de la comida que ingerimos y de los bosques que inspiran temor reverencial en nuestro corazón…. Necesitamos impedir la contaminación en la fuente, no tratar de limpiarla después…. Es tiempo de recordar que la conservación es la forma de energía menos costosa y menos contaminante…. Necesitamos reunirnos y elegir una nueva dirección. Necesitamos transformar nuestra sociedad en una en que la gente viva en verdadera armonía: entre las naciones, entre las razas humanas y con la naturaleza…. Debemos reducir, reutilizar, reciclar y restaurar o pereceremos.

Este cambio cultural empieza por comprender que no somos dueños de la tierra. Que el dominio de la naturaleza por la “civilización” no es el concepto de desarrollo. No podemos seguir adelante sin la tierra, pero la tierra si puede seguir fácilmente sin nosotros. Nuestro poder puede destruir especies y la nuestra propia, es tan grande ahora que debemos hacer la paz con el planeta, tratar de comprender y cooperar con sus magníficos ritmos y ciclos, y reparar mucho del daño que hemos ocasionado en nuestro único hogar. Es imperativo superar el eterno dilema: a nivel individual, queremos, pero no podemos. A nivel colectivo, poder, podemos, solo nos falta quererlo.

El mayor problema que tenemos es la falta de voluntad política y por eso depende de cada uno de nosotros crear la consciencia para que se vuelva una prioridad en la agenda política. En vez de continuar una carrera inalcanzable por el llamado progreso, podemos repensar que es el desarrollo, crear nuevos imaginarios colectivos y, en el proceso, construir sociedades igualitarias. Es indudable que el mundo cambió. Una nueva realidad nos espera después de la pandemia, pero está en nuestras manos y en la de los políticos decidir si este cambio nos ayudará a sobrevivir como especie o nos condenará a seguir dependiendo de un modelo extractivo y contaminante que únicamente le sirve a unos pocos. Existe un gran potencial para optar por un modelo económico más sostenible, que posibilite acceder a los beneficios ambientales y económicos de una economía baja en carbono. La diversificación de la base económica y el uso sostenible del capital natural, permitirán explorar nuevos rumbos que impulsen un crecimiento sostenido, a la vez que reduzcan la vulnerabilidad a los efectos del cambio climático.

La defensa de la vida y la diversidad es una lucha que debemos incorporar en nuestra agenda permanente porque compromete nuestra propia existencia y condición humana. Por esto debemos perseverar en sensibilizar y concienciar a quienes aún no se han percatado de la gravedad del problema y generar lazos de solidaridad práctica que ojalá nos permitan revertir la actual tendencia histórica que nos está llevando hacia el abismo de la autodestrucción como especie, es decir, hacia el verdadero fin de la historia.

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