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Un mundo nuevo es posible

Por: Aníbal Arévalo Rosero

Nos encontramos en un punto de deslinde para la humanidad. El mundo entero debe tomar una decisión: ¿continuamos destruyendo la fuente nutricia de la vida o buscamos formas sostenibles que permitan garantizar en el tiempo la alimentación, el aire puro y el agua limpia? La naturaleza ha sido muy generosa con la humanidad, pacientemente le ha entregado lo más exquisito, le ha dado calor y le ha calmado la sed.

La reciprocidad es una quimera, no hemos sabido compensar tanta generosidad. Somos benefactores de un zumo de los más dulces frutos. Decimos ser espirituales pero no materializamos nuestros propósitos, hemos retribuido muy poco, por ello es que nuestros ecosistemas y la biosfera, que es la matriz de todas las formas de vida, vive el menoscabo.

La gran diversidad cultural del mundo debe conllevarnos a pensar en la unidad. Somos una sola familia, y como tal debemos tener propósitos comunes: hacer causa común en la defensa del ambiente. Respiramos el mismo oxígeno por más que hablemos idiomas distintos; nuestro corazón pulsa 65 veces en un minuto sin importar nuestra religiosidad; la misma agua fresca calma nuestra sed sin considerar nuestro color de piel; y la sangre de todos nosotros es roja y tibia a pesar de nuestros métodos políticos.

Somos una misma esencia enriquecida con folclor, somos habitantes del valle o la montaña, poseemos una ilimitada inteligencia que nos ha permitido viajar por el espacio, hemos encontrado la cura para grandes enfermedades, hemos hecho la guerra y también pactado la paz tantas veces sea necesario, pero no hemos parado de polucionar el ambiente. El ser humano trata a la madre biosfera como si fuera un leviatán.

Pero olvida que en ella se encuentran formas vitales que, como en el arca de Noé, viajamos a través del espacio sideral. El hombre respirando igual que las plantas y los animales, por eso debería adoptar mayor grado de humildad, abandonar la soberbia y dejar el ego que él es el amo y señor de todo, que puede disponer a su antojo al mejor estilo de un bufet.

En eso se equivocan los ciudadanos de todas partes del mundo, creyeron que se les otorgó la patente de Corso para convertirse en asaltantes de selvas, bosques mares y llanuras. Ya es hora de un juicio de responsabilidades por el saqueo inmisericorde que han hecho los llamados humanos.

Si existiera una civilización superior a la nuestra, con plena seguridad habilitarían sus tribunales para determinar el dolo y la culpa. Cuántas especies animales desaparecieron por el maldito orgullo de posar para la fotografía con el cadáver del animal cazado; cuantos árboles se derribaron con la finalidad de verlos hechos trizas o tener lujos y confort en los hogares.

El hombre llegó de último como habitante de la tierra, sin embargo, se siente el amo y señor de lo que le antecedió. Transcurrieron millones de años para que una microscópica alga evolucionase en repollo o en el más resistente roble. Pasaron miles centurias de evolución para que los animales salieran del agua a colonizar la tierra. Si evolucionan las plantas y los animales, por qué no tendría que evolucionar la mente humana.

Debemos asumir el compromiso real de respetar los derechos humanos universales, llevar a la práctica la equidad de género reconociendo en la mujer el potencial ilimitado en la construcción de sociedad, y que las niñas sean niñas y respetadas en su integridad.

Nos oponemos al tráfico de químicos peligros y al uso de armas nucleares que ponen en riesgo la vida de miles de personas. Requerimos de estrategias gubernamentales que contribuyan a reducir la brecha entre ricos y pobres; que el acceso a la salud y a la educación contribuya a reducir los niveles de pobreza.

Por una causa noble, los convocamos a un Día de Ayuno por la Tierra.

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