Un soberano rábano

Por: Aníbal Arévalo Rosero

Para muchos puede resultar un término exótico, para otros tantos una palabra en desuso, otros más dirán que no saben o no responden. Pero definitivamente, la ética es una completa desconocida en nuestro país; ya nadie responde por sus actos, empezando por lo ‘malejempleros’ que son los políticos. Desafortunadamente en Colombia político es sinónimo de ladrón.

En otro tiempo, que le dijeran a una persona “ladrona” era motivo de injuria y no soportaría un solo momento antes de reaccionar iracunda, pero ahora ya nos hemos acostumbrado a que a los políticos les lancen improperios de toda índole (sobre todo a través de las redes sociales). Es común ver eso, ya nadie repara en ello. A ellos no se les cree porque perdieron la decencia y el honor.

Hoy se duermen azules y mañana amanecen rojos, todo porque los partidos ya no son de ideologías, sino empresas electoreras que como prostitutas se entregan al mejor cliente (y perdón por las prostitutas). Y si el partido al que pertenecieron en la última temporada está muy desprestigiado, se lanzan por firmas y así se evitan el rubor (si es que aún les produce). Era de suponerse que si dicen ser políticos, debería tener una posición filosófica, un criterio social, una visión político-económica, en últimas unos principios mínimos.

La política no es mala, tenemos malos políticos, degenerados, ladrones, pillos, mentirosos, incumplidos, falsos… un santiamén de cosas les podemos endilgar, porque efectivamente son así. Pero si entre tanta indignidad hay uno que sea correcto, cumplido, trabajador, honesto, que dice la verdad, no exagera, no insulta, no soborna, no jode… pasa desapercibido, porque la bondad es silenciosa.

En Colombia se ha vuelto ‘in’ robar, engañar, manipular, traficar con conciencias, por eso nos importa un soberano rábano uno más. Ya robó, engañó y traficó el que tenía que evitar esto que nos ocupa y nos preocupa: el fiscal anticorrupción. ¿Quién falta por robar en este país? Creo que de ellos ya todos han robado, han mentido, han falseado, no queda títere con cabeza: el presidente, el ex, el ministro, el gobernador, el alcalde, todos.

Pero lo más preocupante de todo es nuestra indiferencia; el pueblo se ha vuelto cómplice de tanto malhechor de cuello blanco, es cómplice y se alimenta del mal ejemplo. Y no creo que seamos todos, porque el país estaría en la banca rota. El pueblo es culpable cuando les cree, cuando escucha el canto de sirenas de los que dicen ser inocentes a pesar de tener el elefante en sus narices, cuando no analiza, cuando cree en las mentiras, cuando no confronta la realidad.

¿Y cómo vamos a transformar ésta realidad? Pues con el trabajo honrado, con la entrega, evitando los atajos, siguiendo los procedimientos al pie de la letra y no creer que siempre haya sido así. Ya lo habría dicho el gran científico del siglo XX Albert Einstein: “La única manera de educar es dando ejemplo, a veces un ejemplo espantoso”.

Pero si tiramos la piedra y escondemos la mano, no estamos haciendo nada. Debemos ser coherentes con los tres elementos fundamentales de la personalidad, aplicar el triángulo equilátero del equilibrio entre el pensar, el decir y el hacer. Si uno de estos tres elementos falla, se cae el trípode, y así seguirá flaqueando la sociedad.

Si bien la corrupción de los gobernantes de turno es monstruosa, también reconozcamos nuestra cuota de responsabilidad. Vemos en el día a día que hasta por los fracasos familiares y personales culpamos al gobierno. Asumir nuestro grado de responsabilidad es nuestro deber ético. Indudablemente que hay corrupción en las esferas gubernamentales, pero la corrupción del individuo sumada con todos puede ser mayor, aún por complicidad.

Comentarios

Comentarios