Una amistad imprevista que se ganó mi corazón.

Por Nina Portacio.

Tengo una amiga que conocí en la calle por casualidad, vive por el barrio y, desde entonces, viene a visitarme. Me agrada mucho esta amistad. A veces llega relajada y otras tantas llega con prisa; tengo la impresión de que se vuela de su casa para venir a verme. Con frecuencia viene a tomar onces, a cenar o a almorzar. Cuando no viene seguido la extraño. Tal véz, extraño su forma efusiva de saludarme. Una vecina me comentó: «Su amiga viene cuando Usted está. Pero cuando Usted no está nunca asoma por estos lares. Es como si ella supiera que Usted no está en la casa».

Al principio venía sola, hasta que un día trajo a un amigo, que a primera vista se mostraba desconfiado e inseguro y de mal genio, luego al ver el ambiente amigable entre nosotras se relajó. Desde entonces, vienen juntos y se quedan un rato de visita en la puerta. Siempre los invito a pasar pero son muy delicados; aunque les dejo la puerta abierta no pasan, se quedan ahí sentados en el andén esperando a que yo salga a saludarlos.

El otro día llegaron como de costumbre, y cuando salí a recibirlos me sorprendieron sobremanera, ya que traían a dos acompañantes más. De algún modo, percibí que querían enseñarles a sus nuevos compinches que tenemos confianza. Y así lo demostré, los atendí a los cuatro como se merecen. Deduzco que les gustó la atención, porque ahora vienen casi todos los dias. Sonrío al verlos llegar. Tomo café negro amargo mientras los observo, entre tanto ellos disfrutan el menú del día. Compartimos un rato en silencio, escampan de la lluvia, se protejen del sol o disfrutamos un poco del aire y después se marchan por el mismo camino que suelen llegar.

Por momentos me pregunto, si cada vez traerán más amigos o si volverán sólo los cuatro. En cualquier caso, me gusta ese lapso del día en que vienen a saludar como fugados del mundo. Es algo auténtico y tiene cierta complicidad.

En la foto: Mi amiga Pelusa fantástica en el Centro. A la derecha Gepeto, el amigo gruñon de cejas gruesas. Adelante Tin Tin, que es pequeño pero su ladrido se escucha mucho más, que la campana de un carro de helados que cruza a lo lejos por la playa. A la izquierda está Granizo con su personalidad tierna y cuidadosa. Son los cuatro personajes que desde hace un tiempo interrumpen ese espacio breve de vida y el afán de escribir, y a mi me encanta esta curiosa visita que se ha vuelto muy formal. En algunas ocasiones escucho a mi madre gritar: ¡Llegó Pelusa!

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