Una biblioteca desechada

Por Édgar Bastidas Urresty

A comienzos de 2013 hice donación de la biblioteca de mi padre y de buena parte de la mía a la universidad de Nariño, conformada por casi cuatro mil libros, de diversas disciplinas pero fundamentalmente de ciencias humanísticas y sociales,

con la condición de que llevara el nombre de Emilio Bastidas, para enriquecer los fondos bibliográficos de la biblioteca central de la universidad y ofrecer a los estudiantes más fuentes de lectura.

Mi padre empezó a formar su biblioteca en Bogotá, Samaniego, Tulcán, Ipiales, Quito, Pasto, Medellín, Cali, y la mía durante mis estudios de filosofía y letras en la universidad Nacional de Colombia, en la época de profesor de la universidad de Nariño, y en mis estudios de posgrado en París. Las dos bibliotecas representan dos generaciones, dos épocas, en cultura y educación.

Yo tuve el cuidado de traer la biblioteca de mi padre y la mía a Bogotá en 1993, porque hacía parte de mi legado, para que me acompañara y me deleitaran espiritualmente.

Al rector de la universidad de Nariño, José Edmundo Calvache, le propuse la donación de la biblioteca, que acogió con entusiasmo, y se protocolizó en un documento público firmado por las dos partes.

La universidad de Nariño, envió dos funcionarios de la biblioteca central, Segundo Burbano, lamentablemente fallecido, y Jesús Quiñonez para hacer el inventario de la biblioteca donada, durante dos semanas y preparar su traslado a Pasto, a lo que se dedicaron con fervor.

Una de las cláusulas del contrato de donación, especifica e indica el lugar donde debía ser colocada la biblioteca, a la entrada de la biblioteca central, ocupado temporalmente por la sección de Sistemas. Pero cuando esta se trasladó a un nuevo edificio el espacio destinado a la biblioteca fue ocupado por otra sección de la universidad, con lo que se incumplía una de las cláusulas del contrato.

Han pasado seis años y medio de la donación y la universidad no da señales de abrir la biblioteca, que confirma el incumplimiento del contrato, agravado por la pérdida de los manuscritos de los libros escritos por mi padre, de sus novelas El hombre que perdió su nombre, escogida como texto de estudios por el profesor Claude Couffon en la universidad París IV, La Sorbonne, en sus cursos de literatura latinoamericana, en 1978; El Testamento, del Diario de viajea Europa en 1973, de Viaje interior, que incluye el ensayo El burlador de Sevilla, con el que él ganó el premio al mejor trabajo sobre Tirso de Molina, en 1948, cuando se celebró en Colombia el tercer centenario de la muerte del genial dramaturgo español. El libro también incluye cuentos, artículos periodísticos y pensamientos.

El testimonio de la pérdida de los manuscritos, que hacían parte de la donación, lo ha dado Adriana Medina Montes, directora de la biblioteca de la universidad de Nariño, lo que es gravísimo, y me obliga a pedir la devolución de la biblioteca y a una demanda contra la universidad, para que reconozca el valor intelectual, moral y material de los manuscritos y la indemnización correspondiente.

Durante los tres años y medio de la rectoría del doctor Carlos Solarte, he tratado de que la biblioteca se abra en las condiciones del contrato de donación, pero las promesas del rector no se han cumplido, y en las últimas semanas no ha dado respuesta a un derecho de petición, referente al tema.

La de la Biblioteca ha sido una donación frustrada, que demuestra el desinterés por la cultura representada en los libros, acorde con la tradición de la pérdida de las bibliotecas privadas y públicas en Pasto.

La universidad de Nariño, pierde una biblioteca donada con generosidad y altruismo.

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