Una carrera desigual

Por: Maycol Rodríguez

Hace algún tiempo vi en internet el video de un profesor que formaba a sus alumnos en el punto de partida de una pista de atletismo y acto seguido, pedía que aquellos alumnos que cumplieran ciertos requisitos (convivencia con sus padres, mínimo de comidas diarias, plan de salud, nivel educativo de la familia, casa propia, etc) dieran un paso hacia adelante antes de iniciar la carrera. Al término del interrogatorio, había quienes ya iban por la mitad del recorrido mientras que unos pocos no habían dado el primer paso o se encontraban aun muy cerca del punto de partida. Desde luego que alguien muy talentoso o con mucho esfuerzo puede iniciar de último y terminar primero; pero seamos sensatos, ¿qué probabilidad real existe de que esto ocurra?

Así es la vida: Una carrera que todos corremos en diferentes ocasiones y empezando en diferentes puntos. Un nacimiento deseado, un bonito hogar, un buen colegio, una deliciosa comida en la mesa o un techo digno para dormir son un lujo o al menos un sueño para aquellos que no han tenido las mismas oportunidades que el puñado que aventaja en la partida de la carrera.

En esta época de cuarentena obligatoria, hay quienes desde la comodidad de su sofá, sentados frente a su enorme Smart TV, con la tranquilidad que brinda un ingreso fijo o una abultada cuenta bancaria, juzgan severamente a aquellos que, movidos por la necesidad, se ven obligados a salir de sus hogares con el fin de conseguir dinero para poder poner pan en su mesa, costear un medicamento o pagar el arriendo. No necesariamente en el orden mencionado.

Pero, ¿por qué algunos están cómodos en sus viviendas, mientras que otros no pueden darse ese lujo? Sin duda, es probable que el ejercicio de la carrera atlética sea un símil de la vida: Algunos (muy pocos) habrán heredado la casa y la cuenta bancaria. Otros habrán dado lo mejor de sí, y habiendo empezado atrás, llegaron lejos y ahora lo están disfrutando (o al menos no están padeciendo el no haberlo hecho). Algunos más, sin importar que tan adelante empezaron la carrera, perdieron interés en ella y se dejaron a su suerte (ya podemos imaginar su situación).

Pero hay un grupo de corredores que me preocupa enormemente: ese grupo que sin importar su lugar en la partida, pese a todas las adversidades, siempre da lo mejor de sí, a la espera de que sus condiciones cambien, para su bien y el de los suyos, pues están convencidos que de su esfuerzo depende que los suyos inicien su propia carrera en mejor posición o en mejores condiciones.

Este grupo siempre espera y lucha por una oportunidad. Pero tristemente, nuestra sociedad no ofrece muchas; frecuentemente prima la recomendación sobre el mérito y, en muchos casos, quienes administran esas oportunidades desconocen que en toda empresa exitosa debe primar el interés general sobre el interés particular.

Duele saber que en nuestro país, mientras aún esperamos lo peor de la pandemia, aquellos políticos que compran votos con tamales o incluso con bultos de cemento, hacen fiesta con el presupuesto de la emergencia comprando mercados cuya valoración y destinatarios solo compiten con la imaginación de Verne; pues sin duda, los precios vienen del futuro y los destinatarios del pasado, e incluso del más allá.

Duele saber que mientras los médicos[1], enfermeras y personal de la salud se esfuerzan al máximo, poniendo en riesgo a sus familias y a sí mismos, los presupuestos estatales no contemplan los elementos mínimos de bioseguridad; así como hasta hace poco, nuestros soldados eran enviados a una guerra pasando hambre y enfermedades, mientras el presupuesto oficial no necesariamente llegaba a ellos.

Y así, cuando el rasero cambia, nos damos cuenta de lo importantes que son nuestros maestros, nuestros médicos, nuestra fuerza pública y todos aquellos que a diario y en forma casi invisible, permiten que nuestras vidas continúen. Esas personas que “desconocen” forzosamente la cuarentena para recoger nuestras basuras, limpiar nuestras calles, hacer domicilios, surtir mercados o movilizar a otros, y que cuando no están cumpliendo con estas labores (pues están ad portas de iniciar o ya han finalizado su jornada laboral) son objeto de censura y reproche por “no respetar la cuarentena”. Irresponsables, diría más de uno.

Bastaron una o dos semanas de clases virtuales, para que nos diéramos cuenta que la educación es una labor fundamental en la sociedad, y quizá como muchas otras, está pesimamente remunerada. No es fácil hacerse cargo de 15 o 20 niños (en algunos colegios 40 o más) ajenos y tratar de hacer buenos ciudadanos de ellos, sin considerar el tipo de ejemplo que reciben en sus casas.

Volviendo al ejercicio atlético, están quienes con mucho esfuerzo han logrado posicionarse en la carrera y hacen lo imposible para que otros no desfallezcan o no se queden atrás. Un Arturo Calle, un Mario Hernández, por citar un par de ejemplos. Del mismo modo, otros empresarios que en forma más anónima pero igual de efectiva, han puesto su grano de arena para que sus empleados pueden seguir recibiendo un ingreso y tratando de cumplir con las restricciones de movilidad que aconseja el sentido común y que ha impuesto el Gobierno.

Ya habrá de tiempo de ir de compras, ir a cenar, ir a cine… pero lo más importante es que habrá tiempo para abrazar un ser querido, besar al ser amado, y disfrutar de las cosas simples que la vida nos regala a diario y que damos por sentadas, hasta que aparece un virus de la nada y nos recuerda las verdaderas prioridades de la vida. Por eso, ahora cuando la pandemia ha golpeado fuertemente las rutinas del mundo y ha evidenciado la importancia de que todos gocemos de las mismas oportunidades, mi invitación es a luchar y aprovechar cada oportunidad que nos regala la vida, pues cada oportunidad bien aprovechada es un nuevo comienzo.

Y aquí, empezamos de nuevo!

[1] A la hora de escribir estas líneas ya se ha confirmado el deceso de un par de médicos, a los que los medios de comunicación llaman héroe, y de esta manera disfrazan que son solo victimas de una guerra que han ido a pelear sin armas.

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