publicidad

Una Nariñense ganó premio nacional a Mejor Crónica

La Ipialeña, Lady Diane Palacios Chamorro, obtuvo el primer puesto en la categoría Mejor Crónica en el contexto de los premios de periodismo “Distintas maneras de narrar el Patrimonio del Pacífico Colombiano” que promueve la Dirección de Comunicaciones del Ministerio de Cultura, Gobernación de Nariño, y Gobernación del Valle.

De este modo, en la categoría de Mejor Crónica Escrita se reconoció el texto ‘No traiga machete que aquí le damos’, de Diane Palacios, un bello relato que recoge una tradición poco explorada de las comunidades afrodescendientes del norte del Cauca. Para el jurado, se trata de “una crónica con buena escritura e investigación periodística, personajes claramente definidos y excelente uso de técnicas narrativas propias del periodismo narrativo”. El texto apareció publicado en la revista Ciudad Vaga de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle.

El evento se realizó en Buenaventura, donde el Ministerio de Cultura premió los mejores trabajos de crónica escrita, reportaje fotográfico, franja o conjunto de programas radiales y producción audiovisual.

A continuación se presenta la crónica ganadora de Diane Palacios:

¡NO TRAIGA MACHETE QUE AQUÍ LE DAMOS!

En Puerto Tejada, Cauca, sobrevive una de las tradiciones más antiguas de los pueblos negros de Latinoamérica. Anclada a historias de libertad e independencia, la esgrima de machete y bordón, que bien podría ser el arte marcial de Colombia, se sostiene gracias a un grupo de hombres y mujeres que luchan para que la valentía de su pueblo algún día se reconozca en la Historia oficial.

Por: Diane Palacios

Fotografía: Juan Camilo Cruz

 

Thomas, un foráneo nigeriano hace estiramientos en medio de un gran salón: se inclina hacia atrás, su columna se dobla formando una c y alarga los brazos al frente cargando un machete. -¡Ufff! Respira. Luego se inclina sobre una de sus rodillas formando con ella un ángulo de noventa grados mientras estira la pierna contraria hacia atrás. Miguel, uno de los tres maestros de esgrima presentes en el entrenamiento, aprueba los movimientos con el monosílabo más usado entre ellos para dar aliento a sus discípulos: -¡Eeeso! Thomas resbala. ¡Uy! Ríe. Cada domingo, los fantasmas africanos de los esclavos negros, antepasados de Thomas y Miguel reviven a través de sus cuerpos. Las batallas de egipcios de hace siglos, se repiten hoy en la Casa del Cacao en Puerto Tejada, Cauca.

Libres

Dos horas atrás, una mujer negra se asoma desde la terraza de una casa de tres pisos. Un ritmo tropical domina la cuadra. – ¡Pasáme café!, grita la mujer mientras baila y mira a Alicia Castillo, la esposa de Miguel, que desde la calle le devuelve el saludo con una mueca burlona. Son las siete y media de la mañana, pero en el pueblo parece ser casi medio día. Hombres y mujeres recorren caminos empolvados que desembocan en la calle principal, La 20, esa que pavimentada anuncia la llegada al casco urbano y sobre la que se sostiene la plaza de mercado. No hay rastro aún de los machetes y los bordones que distinguen el particular tipo de esgrima que se practica en la zona, pero sí de la historia de los antepasados de estos hombres.

Las casas de Puerto Tejada están sobre el lugar en el que las antiguas levantaron el palenque de Monte Oscuro, un lugar de resguardo desde el que los negros cimarrones, los libres, ofrecieron resistencia al régimen esclavista de la Colombia del siglo XVIII y XIX, aprovechando las bondades del fértil valle del río Cauca, a orillas de los ríos La Paila y Palo.  La oscuridad del monte ahuyentó a los esclavistas, quienes debieron acomodarse a saber que al interior de sus propias haciendas, los hombres del cacao se sabían nuevamente honorables, dignos y hermanos. En Monte Oscuro, recuperó el aliento la mística de las pieles y las almas negras; los saberes de los libres sobrevivieron a través de la mezcla de lo ya conocido y los nuevos recuerdos que se gestaron en la tierra nueva.

Hoy Puerto Tejada parece un pueblo extraño y a la vez común. Como en los demás pueblos, la iglesia en el centro; pero sólo aquí, esa iglesia siempre abierta, pues las puertas no son puertas sino rejas por las que hombres y mujeres asoman la cabeza desde muy temprano para echarse la bendición. Como en todos los pueblos, pan en las esquinas; pero aquí, con el horno sobre la acera, dándole forma a la masa con apenas una cuchara y el dedo tiznado que retira los sobrantes. Como en todos los pueblos, hombres obreros; pero aquí, esos que llevan siempre la camisa dentro del pantalón, con una elegancia indescriptible que exalta sus cuerpos torneados por el trabajo en el campo. Como en todos los pueblos, un monumento en la plaza; pero aquí, ningún prócer, aquí una iguana.

Guerreros 

Miguel Lourido es un hombre de buena altura y mejor peso. Una frente amplia, casi siempre tensionada, es el rasgo distintivo de cada uno de sus gestos. Posa una de sus manos sobre mi espalda e intenta conducirme al interior de su casa. Las paredes blancas del lugar se ven interrumpidas por cuadros de dignidad y herencia negra. En el cuadro más grande, una mujer vestida con una gran túnica y un turbante lava su ropa de rodillas frente a un río, rodeada por una vegetación espesa de árboles de cacao y platanales, que enmarcan un fondo de cultivos bajos junto a una modesta casa de paredes de cal. Parte de ese cuadro se reproduce en la parte trasera de la casa: en el umbral que conecta al patio, que parece más una porción de selva, Alicia se mueve ágil envuelta en una túnica roja que también tiene a juego un turbante. Su abundante cabello rizado se halla recogido herméticamente, tal como lo lleva la mujer del cuadro más pequeño.

Thomas Desch Obi, un historiador africano que llegó aquí en busca de la historia de los Maestros y su Arte, se ve inquieto. Miguel y Luis Vidal, otro de los maestros, se han entretenido con el regalo que él les ha traído y hojean animados, como dos niños, las imágenes de Figthing of honor, un libro en el que el historiador va tras las huellas africanas de  técnicas de defensa personal que se practican en Latinoamérica. ¡Está en inglés! dice Miguel mientras arquea las cejas. Thomas asiente y comienza a moverse por la sala cargando y descargando su maletín. Su silenciosa pero obvia insistencia arrastra a Luis hacia la calle. Los sigo a la casa de enfrente, a la Casa del Cacao. Allí compruebo que en Puerto Tejada, las fachadas ocultan la conexión selvática que pervive en sus gentes, pues una huerta con grandes árboles de hojas anchas y tropicales ocupa la mitad del terreno.

Situados en el salón más grande de la casa, Thomas y Miguel inician una serie de estiramientos: sobre una banca, espalda contra espalda, todo el cuerpo hacia el frente y  la cintura a los lados sostienen dos bordones o compases, uno en cada mano. Los palos se ven ligeros y muy delgados, pero con la fuerza suficiente son capaces de abrir la piel de un contrincante.

-Los compases se llaman así porque acompasan con la peinilla. El nombre científico es bordón. Un hombre anciano, negro y muy delgado atraviesa la habitación, mientras da la explicación. Erguido, altivo, imponente. No desprende la mirada de una esquina a la que llega para desabotonarse una camisa azul que con cuidado cuelga de un clavo. Su pantalón es de blanco inmaculado, lleva un sombrero negro de fieltro, una mochila tejida y una peinilla que deja sobre una mesa. El hombre es el maestro Héctor Elías Sandoval, el esgrimista de machete más reconocido de Puerto Tejada.

Según el diccionario un bordón es un bastón o palo más alto que la estatura de un hombre, con una punta de hierro y en el medio de la cabeza unos botones que lo adornan; pero también es una persona que guía y sostiene a otra. Los bordones utilizados por los maestros no son tan altos como ellos, ni tienen puntas de hierro o botones, porque ya no se usan para cazar, pescar y guiarse en el monte como antes; ahora se usan para jugar. La segunda definición es una metáfora ajustada a la dinámica de estos hombres, pues los maestros son para sus discípulos un bordón que los guía no sólo en el aprendizaje de la técnica, sino también en el de su Historia.

Mientras Héctor Elías los observa atento, Thomas y Miguel practican varios movimientos ¡La Cosquillosa! Maestro ¡La Vista! Clack, clack, los bordones chocan entre sí. En un movimiento rápido Miguel ataca el costado izquierdo de Thomas con el bordón de su mano derecha, mientras que el de la mano contraria busca la cabeza. La Cosquillosa y La Vista son dos paradas, me explican después. En la grima, nuestra grima, hay cruzas y paradas. Digamos que el juego tiene unos niveles. Un nivel básico, que es el manejo de las armas, eso es las cruzas. Y ya paradas, ya es aprender a moverse manejando el machete propiamente dicho y lo que entra es el juego de malicia, la cantidad de trucos y pendejaditas que uno tiene.

Héctor Elías que ha estado observando en silencio, toma un compás y desplaza a los jugadores con solo avanzar dos pasos. Un ánima pícara lo rodea. Luego de introducir suavemente el compás entre uno de sus brazos y las costillas, lanza un chillido con una voz casi infantil y encoje su cuerpo como si un escalofrío entrara por sus costados y le recorriera el cuerpo.

Se dice La Cosquillosa porque ¡Uuuyy!

El salón es inundado por las risas. Thomas pregunta si La Cosquillosa hace parte del juego Español Viejo. Los entrenamientos son también clases de historia y debate acerca de los orígenes del arte, sus estilos, las variaciones que han sufrido en el tiempo y sus similitudes. Hay más de veinte estilos que se diferencian entre sí por la cantidad y forma de las paradas y cruzas; algunos llevan nombres que sugieren el lugar donde fueron modificados, sombra caucana, venezolano moderno, el juego costeño;  y otros, denominaciones que aluden a su base, español viejo, el juego francés, el granadino. Los que predominan el juego en esta escuela son el Español Viejo, el Español Reformado y el Remonte Relancino; en este último la autoridad es Luis Vidal.  Los jugadores siguen moviéndose.

Thomas ha quedado en jaque y, arrinconado por Miguel, tambalea un poco. En algún momento la posición de los jugadores se invierte, ahora el atacante es atacado. Miguel retrocede. Clack, clack, clack, clack. El maestro propone un cambio de parada. ¡La Vista, de la misma gallada! Español Viejo. Y luego, La Mocha. ¡Maestro, la Mocha! Los pies abiertos a manera de zancada, una mano tras la espalda y la otra sosteniendo el bordón por encima de la cabeza. Defensa a una sola mano.

Siglos atrás la defensa no era tan sencilla, ni la práctica de la esgrima tan inofensiva. Los machetes, en época de esclavitud y guerra, pasaron de ser simples instrumentos de trabajo a convertirse en las extremidades de cuerpos explotados que lograron la libertad de sí mismos y de otros. Pero ese tramo de la historia pocas veces se cuenta en los libros y nunca se refleja en la plaza de los parques de los pueblos y ciudades de Colombia, donde solo reposan bustos de blancos y criollos, que no hubiesen llegado muy lejos si no hubiesen  contado con la tenacidad y la fuerza del negro.

Las Guerras de Independencia todas se libraron a machete, lo mismo que la Guerra de los Mil Días. Esa tuvo las famosas cargas de macheteros donde los ejércitos eran de negros armados con palos y machetes. Es que en ese tiempo habían era armas de un tiro, no armas de repetición, entonces cuando una persona hacía un tiro y se ponía a recargar la pólvora, al negro ya lo tenía encima. ¿Qué hacían los generales? Era que a los del machete los mandaban sigilosamente y cuando esos de allá estaban dando bala, los otros ¡zua! Cuando sentían era que veían treinta, cuarenta, cincuenta con machete.

El relato de Miguel puede constatarse en las memorias de abuelos campesinos del Valle, Chocó y Nariño, que no olvidan que fue Sebastián de Belalcázar el que trajo al Cauca a los esclavos junto a la semilla de la caña de azúcar en 1536. Ocupando un deshonroso primer lugar en el comercio de esclavos, Popayán y Cartago, se convirtieron en los centros desde los que miles de hombres y mujeres negros fueron distribuidos y vendidos, primero para el trabajo en las minas y las haciendas, y luego para luchar en los campos de batalla. En los dos casos llevaban siempre, sin pedirlo, la marca real impresa en el lado derecho del pecho.

Enrique Monsalve, campesino de Restrepo, Valle, contó en un encuentro regional de historias populares, que en una de las batallas de la Guerra de los Mil Días, el General Uribe Uribe, armó un ejército de negros a los que les indicó quitarse las camisas antes de atacar al enemigo horas antes del amanecer. El pecho descubierto funcionaba como rasgo de reconocimiento: en medio de la oscuridad solo se atacaba todo aquello que tuviera ropa.  La estrategia, que en aquella ocasión no funcionó porque la luz sorprendió al militar antes de lo planeado, fue implementada con éxito años después por los negros que libraron la Guerra con el Perú. De esa pocos saben que Colombia no ganó del todo y que lo ganado se consiguió gracias a los macheteros caucanos. Esos sí supieron medir la salida del sol.

¡Uhhh! Es que nosotros como afros venimos peleando todas esas guerras desde la Independencia. Primero se peleó al lado a los españoles porque fueron los primeros que ofrecieron la libertad a cambio de ayudarles. Ahí está el caso de las Guerrillas Patianas. El mismo Simón Bolívar decía que si el negro quería la libertad que se la ganara. Y eso se volvió un botín, ganaba el que más negros tuviera a su favor. Otra frase célebre, creo que fue de Santander, decía: Si nosotros como criollos seguimos matándonos, enfrentándonos ¿a quién le va a quedar el país? Pues le va a quedar a los negros y a los indios; entonces vinculémoslos a la Guerra. O sea prácticamente a los negros y a los indios los tiraban de carne de cañón. Por eso es que fueron tantas deserciones en los ejércitos, porque la gente se dio cuenta. Pero todo, todo eso se pelió fue a machete.

¿Y es que no les daban espadas o bayonetas? Le pregunto a Miguel, al sentir que mi recuerdo de las pinturas de la Independencia, me traiciona. En ellas creía haber visto a hombres luchando con armas de fuego, enfundados en sendos trajes militares o vistiendo humildes harapos blancos. Pero no traiciona el recuerdo, traiciona la forma en que ha sido retratada la Historia. Cuadros como La Batalla de Boyacá de Martín Tovar y Tovar o la mismísima Batalla del Río Palo de José María Espinosa, no muestran un solo rostro negro. Apenas, cuando es muy evidente o se pone empeño en la tarea, se logra distinguir uno que otro indígena. La honra se hizo exclusiva para ciertas tonalidades de piel.

-Los ejércitos de Arboleda, López, o de Tomás Cipriano estaban llenos de negros. El ochenta por ciento del ejército de Bolívar eran negros, porque ellos fueron a hacer la conquista al sur. Asegura Miguel. -Y nunca aparecen en ninguna pintura, le digo. -Por allí aparece uno en un billete ¡pero como un bobo! Remata.

Las inevitables carcajadas atraen a Luis, que con caminar pausado entra al salón, calzando unas sandalias negras y empolvadas. Un tejido blanco ha comenzado a invadir sus ojos, que miran con cierta desconfianza y parecen estar a punto de llorar de alegría todo el tiempo. La malicia de la que me hablaron antes está encarnada en esa mirada. La misma que tenía en vida el Maestro Ananías Caniquí, otro reconocido machetero que enseñaba el arte en las veredas cercanas a Santander de Quilichao.

– Don Luis, grita Miguel contemplándolo por un momento. ¿Y en qué íbamos?… Claro, es que el machete era para el que no tenía más nada, porque era más barato. Hay tantos escritos… como de lo que pasó en Haití. Es que los europeos le tenían miedo pavoroso al machete. Cuando Pétion llega… cuando sacan a los franceses de la isla… eso lo puede leer en Alejo Carpentier, a los franceses los sacaron a machete ventia´o. Y si no vea también en Venezuela, en muchas partes de Latinoamérica.

Y tiene la razón, al no contar los negros con ningún otro instrumento para pelear por la libertad o por la independencia de las repúblicas que comenzaban a formarse -incluso antes de que se gestara la Revolución Francesa-, el machete fue el arma con la que los esclavos se levantaron en contra de los colonos en Haití, Cuba, y lo que se pretendía sería La Gran Colombia. Las memorias de esas batallas, individuales y colectivas, se encuentran consignadas efectivamente, aunque ficcionalizadas, en El Reino de este mundo, de Carpentier; o en La Mala Hora, un cuento del ecuatoriano Leopoldo Benites, que narra la lucha de Nicasio Ronquillo, un campesino negro que evadía a la policía rural y la muerte, esa que lo perseguía en forma de hacendados explotadores y animales furiosos. Como los primeros pobladores de Monte Oscuro, Nicasio huye siempre entre la espesa selva.

-Y también hay en Cuba ¿cómo era que se llamaba? Interrumpe Andrés Lemos, un joven estudiante de geografía de la Universidad del Valle, que llegó hace poco menos de un año a practicar el arte de sus ancestros y hoy no deja de asistir a uno solo de los entrenamientos.

-¿Usted qué mi señor? ¡Bienvenido! Y venga, que eso que usted está hablando es de Avelino Rosas. Lo que pasa es que en la Guerra de Los Mil Días, se cree que él fue el que trajo el famoso Venezolano Moderno que usan los haitianos, porque es que él participó al lado de Maceo en la Independencia de Cuba. ¡Juuuumm!  El tipo aquí anduvo en el Palenque de Monte Oscuro.

El extenso saludo da paso a que Miguel vuelva al centro del salón para enfrentarse a Héctor Elías. Suena el filo del machete contra el piso. El mayor de los maestros inicia una danza con el arma, mueve los brazos alrededor de su cuerpo lentamente, encoge uno hacia su torso y alarga el otro. Suelta el lance. Él se sabe admirado. Su contrincante lo mira fijamente y va describiendo en voz baja: Se cubre. Héctor Elías repite: Me cubro y entro. Otro lance. Plim, plim, plim, plim, plim, plim. El chocar de las armas no da tiempo a pestañear.

Thomas contempla la escena con emoción. No se ha dado cuenta, pero su cuerpo quedó rígido: con las manos apuñadas y un pie adelante lucha contra cada músculo que le pide entrar a la contienda. Andrés lo nota y lo invita a jugar, buscando inducir la práctica de un movimiento que aún no acaba de dominar, La Puerca Flaca. Listo para ensayar Thomas pregunta si se trata de una cruza o una parada.

– Esa es parada. Pero es que no se distinguía tampoco. Es que antes sólo se decía pare y vamos a jugar tal cosa. Responde Héctor Elías.

– Lo que es español, lo que le llamamos español, español, interviene Miguel, eran pocas paradas

-Pero eso sí, bien sembradas. La contundente conclusión de Héctor Elías deja a los demás en silencio.

De malicia y empauta´os

Los rostros de los maestros de mayor edad no han librado el paso del tiempo, pero a la hora del juego sus cuerpos se desenvuelven con la agilidad de un adolescente. Como las iguanas, detrás de la piel escamada y con pliegues, se esconden seres vitales y de movimientos rápidos, que casi nunca se agitan y jamás sudan.

-El Maestro Luis se cuida, él se cuida. Tiene 84 u 85 años y tiene más vitalidad que cualquiera de nosotros. Y Luis tieneeee ¡Luis! ¿Cuántos abriles?

-¿Cuándo?

-Por ahorita, pues.

-Setenta y siete

-Setenta y siete ¡Oiga! Cuidado y nos miente.

De esos abriles, más de la mitad han transcurrido en la práctica de la esgrima.  Las academias acompañan la mayoría de los recuerdos de los maestros. La de Manuel María, la de Domingo Palomino, la de don Luis, son enumeradas una a una por Miguel. Desde jóvenes han recibido la instrucción de un maestro que en ningún caso debía ser su padre, así este fuese un experimentado machetero. ¡Así se conserva la tradición del zuncho! Porque cada discípulo es un refuerzo que mantiene el arte en pie. Eso sí, aclara, también había muchas academias secretas. Usted podía ver que la gente llegaba como a hacer visita a una casa y resulta que era academia.

El aprendizaje en secreto fue una constante. Los esclavos la escondieron en las danzas frente a los ojos de sus amos y los libres la escondieron en la oscuridad del monte o en las salas de sus casas a puertas y ventanas cerradas, para no ser perseguidos por la Iglesia o la Ley; porque está claro que cuando la necesidad de armar a los negros con machetes se disolvió con el fin de las guerras, ante los ojos de los hacendados y los curas, los valientes guerreros se convirtieron en criminales y herejes. Lo otro es que algunos maestros eran muy celosos. Cuenta Héctor Elías. Pasa es que cuando hay alguien que sabe algo y sabe que usted está aprendiendo comienza a mirar a ver qué sabe, a tantiar o buscarle problema para él ensayarse. Por eso era secreto. Parte del celo de algunos macheteros llega al punto de fingir o de cambiar su postura al andar, porque los conocedores del arte pueden descifrar las técnicas de juego de un hombre con solo verlo caminar. Siempre hay una forma característica de pararse. Allí –Miguel señala los pies de Héctor Elías- está preparado para cualquier ataque.

Esa lectura y conocimiento del cuerpo del otro tras un solo vistazo, fue la prueba que le bastó al hombre blanco para acusar a los negros de los palenques del Cauca de pactar con el diablo y los duendes. Siempre en Occidente aquello que no se comprende se persigue, se somete, se sataniza o se exotiza. A favores de espíritus malignos fueron reducidas la alegría y vitalidad al bailar y tocar un instrumento, al igual que la ferocidad en tiempo de pelea; mientras que para los nortecaucanos sus habilidades no son más que parte de la malicia que debe tener un hombre para desenvolverse en la vida.

La malicia parece cobrar para estos hombres un significado que es trascendental en las palabras, pero concreto en la práctica. Pocas veces alcanzan a definirla, y cuando lo hacen, la explican de maneras distintas. La malicia es saber moverse dicen unos, la malicia es adelantarse a lo que se le viene dicen otros, la malicia le salva a usted la vida, concuerdan todos. En la esgrima, esa habilidad inexacta comprende el poder de descubrir cada detalle del contendor, su peso, estatura, movimientos e intenciones con solo una mirada.

Precisamente todas aquellas cosas que eran capaces de saber los empauta´os u hombres históricos del Patía, hombres negros que según las indagaciones del historiador Francisco Zuluaga, estaban dotados de gran fuerza y astucia, y que contrario a ser temidos, eran respetados por la población.

El más reconocido de esos hombres fue Rufino Angulo, una especie de Hércules Patiano, célebre por cazar venados utilizando únicamente sus manos. Las leyendas cuentan que él mismo reconocía que su fuerza provenía de las ánimas. Cosas similares se oyen de Graciliano Balanta en la vereda de Buenos Aires. Él, un experto machetero, convirtió a Ananías Caniquí y a su hermano en maestros, en sesiones que tenían lugar en un terreno circular que escondido entre cañaduzales, tiene grabado el piso con marcas y números de color blanco. Ese sitio fue bautizado como El Circo ¿Qué hombre no temería entonces de ver a tres sujetos reunidos al anochecer encandillando sus machetes y hablando en una jerga extraña de La Parada del Diablo?

De los empauta´os se dice que saben rezos que los esconden de quien se atreva a perseguirlos, y que en su mayoría, al igual que los maestros celosos de la grima, niegan tener algún tipo de poder o conocimiento particular. Un campesino llamado Silverio, sin embargo, le confesó a Fransisco Zuluaga que él mismo, a punta de rezos, se hizo invisible a los ojos de dieciséis policías rurales que habían llegado a apresarlo por orden de un político del partido liberal.

Pero los rezos a la Vírgen, el empeño del alma al diablo o las plegarias del Justo Juez y el Gallo Negro, no fueron suficientes para evitar que la Guerra con el Perú se llevara a los últimos hombres históricos. Algunos creen que los caucanos que fueron a la guerra eran empauta´os que prefirieron no volver al ver llegar extraños construyendo carreteras; otros prefieren pensar que sus antepasados eran guerreros natos, herederos de las técnicas de defensa de los egipcios. Las leyendas de esos hombres parecen haber quedado en los nombres de las paradas.

-Eso es difícil de decir así a ciencia cierta. Tienen que ver más con una parte psicológica del juego, porque hay personas que dicen por ejemplo: ese señor se le paró a este en La Parada del Diablo, ya eso le da como miedo a uno; o se le paró en La del Muerto, o en La del Espíritu Santo o en La del Ángel. Y si el otro ha oído hablar de eso, dice no, eso es terrible…

Para los maestros de Puerto Tejada, la malicia, atada o no a leyendas de brujos, les ha venido de golpe incluso antes de aprender a manejar un machete. Héctor Elías cuenta que él aprendió por la necesidad de defenderse, luego de vivir en Pereira, a donde había llegado con la intención de unirse a un equipo de fútbol. Allí, tuvo que trabajar en una hacienda en la que él dice se le presentó un pequeño problema. Por la forma en que ríen sus compañeros se advierte que fue una pelea buscada. La picardía de su sonrisa lo confirma.

– En una ocasión de un sábado, jugando que me gustaba el juego de azar, le gané la pareja a un fulano y ese señor se enojó y me dijo: ¡No, no, no! y que negro no sé qué, y a que me enojara. Y yo pues no me enojé del todo, pero sí le hice caso. Le dije: no, no hay problema paisa. Me fui y saqué un machetico que yo tenía y me le paré. No sé cómo, porque él era maestro de esgrima allí en el ingenio. Y sacó una peinilla larguísima y ahí mismo se me airó. ¡Me mandó uuuuun machetazo! Yo por instinto me agaché y la peinilla se le incrustó en una guadua. Entonces yo le mandé el machetico que tenía en la mano y ¡Bumm! él voló por allá. Ahí mismo cogí la peinilla que estaba incrustada y se la tiré, le dije: tome paisa. El paisa se quedó viendo ese machete, me veía a mí, veía el machete. Y yo no sabía qué hacer ¡¿A qué hora lo coge?! Y entonces me dice: Negro, no peliemos. Como quiera paisa, como quiera. Y cogió la peinilla y la enfundó y me dice por la tarde nos vamos a Pereira a tomar trago. Y así fue. Cuando yo llegué al ingenio, los discípulos que tenía el maestro me decían: usted le ganó al maestro de nosotros, enséñenos. Y yo noooo, a mí no me gusta enseñar ¿Yo qué iba a enseñar si no sabía? Como a los cinco meses, me vine. Y apenas llegué lo primero que hice fue buscar un maestro.

El sonido de una alarma que inunda todo el pueblo, interrumpe el relato. Son las doce del mediodía.

Forjar la historia sobre lo que se robaron

Una lluvia densa cae sobre los árboles que hay en la huerta. Son de cacao, me explica Angélica, una economista cartagenera que junto a Alicia lidera las actividades y proyectos con los que los macheteros pretenden proteger su arte. La resistencia que antes era política, hoy también es cultural y está cimentada en las mujeres. En este espacio son protagonistas, y los maestros no dejan de recordar que ellas han sido también grandes macheteras desde la época de los libres. Durante la guerra, las mujeres defendían sus hogares, sus propiedades y sus cuerpos a punta de machete porque el arte se enseñó a hombres y mujeres por igual, conscientes de que debían luchar juntos para no ser sometidos nunca más. Mire, en La Serafina, ahí no más, hay una señora que tiene 104 años. El papá era uno de los macheteros más reconocidos de por acá. Ella se llama Saturia Caycedo y juega esgrima mejor que cualquiera. Es que cuando el hombre no estaba, la mujer podía sacar la cara por él. No era que llegaban a sabotearlas como ahora, antes las mujeres eran muy duras.

La conclusión de Héctor Elías llena de orgullo a Alicia, que explica la gran inspiración que es para Puerto Tejada la figura del maestro; porque además de esgrimista es músico, bailarín, docente, cacaotero, agricultor y poeta. Por eso, Miguel, Alicia y Angélica luchan para que el Ministerio de Cultura reconozca al maestro Héctor Elías como un Portador de Comunidades Afrodescendientes y para convertir la Casa en un museo. Los tres se han dado a la tarea de encontrar aquellas historias relacionadas con el cacao y la esgrima, que reposan en viejos documentos como las cartillas que los maestros denominan El Arte, y que son el regalo que se entrega a los discípulos cuando estos han culminado su proceso de aprendizaje.

La cartilla más antigua de los maestros vivos es propiedad de Luis Vidal. Un papel amarillo del tamaño de un pliego, contiene aún los nombres de quienes fueron sus maestros y compañeros de estudio, además de la fecha de entrega: 18 de septiembre de 1976. Otra cartilla mucho más antigua data, de acuerdo con Alicia, de 1856. Cada uno de los manuscritos es personalizado. La de Luis está escrita a mano, la que porta Héctor Elías en máquina de escribir, pero ambas tienen dibujos hechos a pulso porque cada maestro hace con sus propias manos las figuras que explican el paso a paso de las cruzas y las paradas. Las cartillas son un lazo que une al discípulo con su maestro y con siglos de historia; un legado que sirve de guía en los entrenamientos para que la técnica no se corrompa. Héctor Elías es un gran defensor de la técnica tal cual la conoce, por lo que sus ojos recorren una y otra vez las indicaciones de ese libro viejo de color rojo que echa todos los domingos en su mochila.

La resistencia al olvido y la desatención del Estado a la cultura, saberes y supervivencia de los pueblos nortecaucanos, se libra desde varios flancos. El monstruo verde de la caña de azúcar, que desplazó al cacao, planta que hizo tan rica a la región en los años treinta, se combate desde las pequeñas plantaciones de los afiliados a la Federación Nacional de Cacaoteros. El arte del cultivo se ve reflejado en las más de veinticinco nuevas especies que experimentalmente crecen al lado de los macheteros y que son una forma de enfrentarse a las decisiones gubernamentales que hace algunos años les arrebataron unas 49 hectáreas de terreno en el sector de El Cortijo, donde los cultivos del germen del chocolate fueron remplazados por el basurero municipal. El lugar donde caben aproximadamente 98 canchas de fútbol solo produce lixiviados que van a parar al río que abastece a la población.

Aquí ha pasado de todo: la pérdida de la granja, el despojo de tierras, el monocultivo de caña… y eso nos duele, nos duele, nos duele; pero seguimos luchando, me dice Alicia con una sonrisa. La misma que recuerda con decepción que este pueblo le regaló al liberal Eduardo Santos un palo de cacao en oro como muestra de apoyo en su campaña presidencial La estatuilla que medía unos veinticinco centímetros, y que llevaba consigo el peso de los sueños de los hombres negros y la bonanza de sus tierras, jamás se volvió a ver.

¿Eduardo? ¿Eduardo quién?

Comentarios

Comentarios