Una visión diferente sobre el papel de Simón Bolívar en las campañas libertadoras del sur.

Por: Juan Manuel Noguera.

En ejercicio de la justicia y de la libertad de pensamiento que a bien tiene por ejercer esta tribuna de Página10, es saludable presentar una visión diferente respecto del papel de Simón Bolívar en las campañas libertadoras del Sur, y específicamente en nuestra ciudad de Pasto.  Esta “versión” la hacemos no con el objetivo de imponer una idea, como en el actual contexto polarizado de nuestro país en donde se presentan las opiniones e ideas como verdades absolutas, sino con el fin de plantear una visión diferente sobre un hecho histórico que ha sido objeto de análisis y discursos, disonantes algunos, donde se exclaman desafortunadas arremetidas contra el Libertador llamándolo incluso asesino y genocida.

Ahora cuando se acaban de conmemorar los 200 años de nuestra independencia de aquel imperio Español, se observa, aún más que antes, que en Nariño, en Pasto, muchos continúan pensando como actos genocidas los hechos ocurridos en la batalla llevada a cabo en las calles de Pasto el 24 de diciembre de 1822 y que ha sido llamada “La Navidad Negra”, en donde el General Antonio José de Sucre retomó a la fuerza la ciudad, la cual, habiéndose rendido previamente ante los ejércitos patriotas, volvió a rebelarse ante la naciente República, asesinando a las recién instaladas autoridades de la ciudad y jurando nuevamente lealtad a España y a su Rey Fernando VII.

Estos hechos, sin duda sangrientos y violentos, propios de la época y de la guerra, no constituyen base suficiente para instigar rencores a Simón Bolívar, ni a la campaña de la Independencia, ni tampoco pueden ser vistos y examinados desde una perspectiva actual, pues se caerán en graves imprecisiones, así como también, se partiría de una base de análisis incorrecta, pues claramente las actuales conquistas sociales hace totalmente injusta cualquier conclusión sobre aquellos hechos ocurridos en la famosa calle 23.

Así, el lector debe conocer y comprender cuál era aquel escenario de la nueva República, quiénes eran las personas que influían en el accionar del pueblo, y cuál era el pensamiento de las personas que habitaban la “Numancia de América[1]”, en donde predominaba un fanatismo religioso absoluto que determinaba la figura del Rey como una manifestación de voluntad divina.

Así lo narra uno de los grandes biógrafos de Simón Bolívar, Gerhard Massur:

“Pasto es la única ciudad grande entre Popayán y Quito, y toda la región toma el mismo nombre.  Pasto fue la Vendée de la Revolución Sudamericana. Era un país interior, sin comunicaciones ni comercio, en donde se había desarrollado una raza de hombres fuertes, porfiados y fanáticos. El clero mantenía un dominio absoluto sobre el pueblo y había fomentado la formación de muchas supersticiones primitivas y en desuso. Los habitantes de Pasto creían que el rey de España y Dios constituían una sola persona y que la República era obra del demonio[2]”.

Es pues en este escenario de aislamiento y de fanatismo religioso es que las gentes de aquella Pasto observan las nuevas realidades de la sociedad y de una naciente República, se trataba en efecto, de una región totalmente incomunicada, y dominada por el disonante púlpito de los pastores de la Iglesia, y sobre todo por la poderosa figura del Obispo de Popayán Jiménez de Enciso, quien, desplazándose a Pasto presionado por las victorias patriotas, lideró la gran campaña ideológica y militar en contra de la independencia, tal como lo  narra el escritor Mauricio Vargas en uno de sus recientes libros[3]:

“Monseñor se vistió esta vez de ingeniero militar y, de manera directa y personal, supervisó la construcción de las defensas del paso del río Juanambú, el profundo y árido cañón de tierra roja, gigantesco foso natural que protege a Pasto por el norte”.

Y añade más adelante:

“Durante meses, Jiménez de Enciso gobernó la ciudad y sus alrededores con mando elegante pero firme, y machacó en sus sermones el mensaje de lealtad al rey absoluto don Fernando VII y su sabiduría emanada de Dios”.

Ante semejante escenario, y con un ejército diezmado por el paso de la tropa por estos climas que pasaban de lo árido a las nieves perpetuas en algunos kilómetros, avanzó Simón Bolívar en busca de la Libertad de América, la cual ya contaba con las grandes victorias de Boyacá y Carabobo, faltando sin embargo, la independencia del alto Perú, un virreinato que constituía un bastión vital para consolidar la independencia del continente.

Así pues, fruto de este difícil avance se da la famosa Batalla de Bomboná, que por supuesto también tiene su debate aparte sobre quién fue el victorioso, lo cierto fue que los pastusos, enterados de la gran victoria del General Sucre en Pichincha y la posterior rendición de su gobernador Aymerich, entendieron que no podían sostener la ciudad a dos fuegos, por lo que hábilmente negociaron una muy favorable capitulación aprovechando que el Libertador desconocía la liberación de la provincia de Quito, en la cual se pactó respetar la vida de toda la población rebelde, y abrazar en amistad a Basilio García, a quien se le había encargado la ciudad.

A pesar de ello, Simón Bolívar se comportó grande en la victoria, pues incluso después de haberse enterado de la victoria del Mariscal Sucre, por supuesto después de suscribir las capitulaciones, el Libertador mantuvo incólumes sus compromisos e hizo todos los actos privados y públicos posibles para probar su irrefutable intención de integrar a Pasto a la nueva nación:

“Bolívar entró a Pasto el 8 de junio. Se comportó en su encuentro con don Basilio como si García fuera un cruzado, devolviéndole su espada y su insignia de mariscal e invitándolo a sus cuarteles.

(…)

Bolívar prestó atención a la fe fanática de los habitantes de Pasto haciendo ostentación de su asistencia al tedéum que se cantaba en la catedral en celebración a la victoria.  En seguida se dirigió al obispo de Popayán, un hombre que había hecho cuanto le fue posible para incitar a esta región y que había ofrecido su renuncia[4]”.

Inclusive frente a la renuncia del fanático Obispo después de la victoria patriota, Simón Bolívar le respondió negativamente en una misiva:

“¡Qué! – objetaba -, ¿el eminente Pastor abandonaría el rebaño que el propio Dios le había confiado? ¿Y por razones políticas? ¿Quién atendería entonces la viña del Señor?

El Libertador demostraba así, por todos los medios respeto en todos los niveles, y de manera auténtica a las creencias y convicciones de la gente, contrario al fanatismo de las gentes de Pasto, quienes a pesar de las capitulaciones firmadas, continuaban en todos los escenarios conspirando frente a las nuevas autoridades republicanas, pues claramente las arengas y sermones de los obispos y clérigos no cayeron en tierra árida, sino que muy por el contrario, la creencia de la divinidad real continuaba siendo la máxima ideológica y religiosa del pueblo, quien incluso, atentó contra el mismísimo obispo por su recomendación de firmar las capitulaciones con los impíos.

Creyendo haber cobijado a Pasto con el calor de la independencia, Bolívar avanza entonces a encontrarse con Sucre, sin embargo en noviembre, después de liberar las provincias de Guayaquil y Cuenca, se entera en Quito del levantamiento de los Pastusos, quienes liderados por Agustín Agualongo y Benito Boves, sobrino de aquel sangriento militar realista de la época del Decreto de Guerra a Muerte, consolidaron una guerrilla de más de dos mil hombres, quienes estaban dispuestos a entregar su vida por su majestad el Rey.   Así pues, Pasto se convertía nuevamente, en una isla, en un país interior ubicado en el corazón de la nueva República, el cual amenazaba en convertirse en el permanente refugio de los realistas, quienes constituyendo un importante número, ponían en peligro la independencia del continente recién liberado, haciendo inútiles los años de lucha y los cientos de sacrificios de héroes anónimos de la campaña.

Frente a esta sublevación, Sucre avanza raudo desde Quito a reprimir el nuevo alzamiento, que lo vino a encontrar cerca de Yacuanquer iniciando una batalla en la cual los realistas de Pasto hicieron llover piedras y balas sobre las filas patriotas causando terribles bajas a los batallones Rifles y Bogotá, liderado este último por José María Córdova, los cuales sin embargo, lograron la victoria haciendo retroceder a los rebeldes hasta Pasto.

El famoso día veinticuatro de diciembre, Sucre se comportó como el gran Mariscal que fue, y a pesar de la cruel batalla en la cuchilla de Taindala, dio nuevamente una oportunidad a la ciudad para que se rindiese, enviando varios emisarios para exigir la entrega pacífica de la ciudad antes de una toma militar, mas sin embargo, el fanatismo triunfa y pone en riesgo nuevamente a la toda la población:

“El veinticuatro en la mañana, Sucre envió tres emisarios para exigir la rendición de la ciudad.  La negativa llegó rápido[5].”

La batalla inició al medio día, a pesar de su inferioridad numérica, el ejército patriota se abre paso a la ciudad, la cual era defendida por la guerrilla realista que se componían de civiles firmemente adoctrinados, en donde el grueso de la tropa no eran soldados, sino gentes convencidas de la divinidad real, y de una gloriosa muerte defendiendo a su majestad absoluta. Ese ejército se componía de múltiples mujeres quienes aún más aguerridas que los hombres, intentaron infructuosamente detener el ataque de los batallones patriotas.

Ante este escenario de guerra, en varios sitios de la ciudad, y en la famosa calle del “Colorado”, sin duda se dieron abusos de los ejércitos, los cuales, también conformados por patriotas sin mayor formación, se dieron al saqueo y al castigo de la ciudad rebelde, a la cual sin embargo, nuevamente se le decretó un indulto a los realistas que todavía se encontraban en la ciudad, con la condición de su sometimiento a la República, sin embargo algunos prefirieron la inanición antes que aceptar una nueva forma de gobierno.

Este hecho de guerra es todavía una herida abierta para muchos habitantes de Pasto, quienes incluso celebran carrozas y arengas despectivas para referirse al Libertador de América, encumbrando en su lugar la figura de Agualongo, quien no pasa de ser un rebelde valiente, eso sí, pero inundado y cegado por un fanatismo absoluto que le impedía aceptar el nacimiento de la República, prefiriendo el sometimiento colonial que había reinado durante más de tres siglos, que incluso, lo llevó a gritar ¡Viva el Rey! en su última proclama frente al pelotón de fusilamiento en Popayán, después de negarse a recibir perdón con la condición de jurar fidelidad a la República.

Se trató en efecto, de una acción militar que debía, por todos los medios, reprimir cualquier amenaza de sublevación, puesto que el destino de un país, de un continente estaba en juego, por lo cual no se puede pretender, doscientos años después, que los ejércitos patriotas en aquel escenario de guerra total, se prestara a tratamientos blandos y ligeros a una ciudad que ya había demostrado su total y absoluta negación a cualquier intento de integración y a la idea de la independencia de Colombia.

A pesar de ello, hoy muchos no pueden aceptar, que aquella Pasto estaba habitada por gente fanáticamente adoctrinada a la religión y a un Rey lejano, que no podían entender una nueva forma de gobierno ni a la idea de una República, los llevó a tomar decisiones y posturas absurdas, tratando de preservar un estado de sometimiento religioso, y a unas ideas, las cuales, como la historia lo ha demostrado, no pueden ser la base de una sociedad moderna, generándose así una curiosa contradicción, pues los hoy tildan de genocida a Simón Bolívar, son los que hoy también reivindican su ideología.

Ya el Libertador había hecho evidentes y sinceros gestos de nobleza al respetar capitulaciones firmadas en clara desigualdad de condiciones, respetando también todos los símbolos y líderes religiosos, los cuales no fueron valorados por aquel pueblo, sin duda, también debido a la irresponsabilidad de los jefes y clérigos de la ciudad, quienes victimizaron a la población machacándoles la idea diabólica de los patriotas creando así un fanatismo que fue sin duda el combustible del castigo militar, que debió lamentablemente, darse.

En este sentido, seguir abriendo heridas y resentimientos hacia la figura del Libertador de América, no hace más que alimentar, tal como lo hizo el nefasto obispo Jiménez de Enciso, sentimientos que van en contravía de la integración de Nariño a Colombia, dejándola doscientos años después, y con la ayuda de la desidia de los gobiernos locales y nacionales, como una región todavía alejada de la patria grande que nos dejó Simón Bolívar y los patriotas que se sacrificaron durante la campaña libertadora.

JUAN MANUEL NOGUERA, Abogado de la Universidad Externado de Colombia, Especialista de la Universidad del Rosario de Bogotá, y Máster de la Universidad Complutense de Madrid.

[1] Así fue llamada Pasto por el Libertador al hacer un símil sobre aquella provincia de la actual España, en donde sus gentes prefirieron la inmolación antes que aceptar la conquista Romana.

[2] Gerhard Masur. Simón Bolívar. Círculo de Lectores 1984.

[3] Mauricio Vargas. Ahí le dejo la gloria. Editorial Planeta 2013.

[4] Ibidem Gerhard Masur.

[5] Mauricio Vargas. El Mariscal que vivió de prisa. Editorial Planeta 2009.

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